lunes, 4 de noviembre de 2013

RECUERDOS DE HILDA O CRÓNICA DE UN HURACÁN SUREÑO

En Peto sucede como en Chetumal con Janet: muy pocas mujeres se llaman Hilda
En un libro memorable sobre los mexicas y sus descendientes, Eric R. Wolf los llamó como “Sons of the Shaking Earth”. Su traducción sería como los hijos de la tierra que tiembla. En el Valle Central de México, es cierto: la tierra humea, la tierra tiembla, la tierra se mueve y los terremotos han moldeado su silueta y han definido los temores profundos de las sociedades que han habitado esa extraña geografía, desde las sociedades prehispánicas hasta las modernas –y no tan modernas- sociedades actuales. En un trabajo reciente, Brígida von Mentz acotó que:
Todos los seres humanos tenemos temores profundos, pero ellos se visualizan en el imaginario de cada cultura de manera distinta. Si en el altiplano mexicano pensamos con angustia en un terremoto, en otras latitudes causan pavor los huracanes, provocan sobresalto los ataques de ciertas plagas a los cultivos o la crueldad de un invierno, entre muchos fenómenos” (Mentz, 2012: 97).
En la Península de Yucatán, zona asísmica, uno de los temores profundos son, es cierto, los huracanes. Antes, en sociedades de “Antiguo Régimen” (es decir, me refiero a las sociedades agrarias que dependían en exclusiva de las cosechas de maíz; situación rota hasta bien entrado el siglo XX), así como la presencia de los huracanes, los peligros a los que hacía frente el estrato agrario de la Península radicaba en las recurrentes sequías, las presencias de langostas y enfermedades de todo tipo. Hoy esos peligros hacen poca mella, pero el huracán persiste. Podemos definir a los habitantes de estos rumbos, y siguiendo a Wolff, como los hijos de la tierra de los vientos.
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Desde los orígenes míticos mesoamericanos, el huracán (aparecido en el Popol Vuh guatemalteco, algunos estudiosos lo identifican con el dios K’awil) era el corazón del cielo que dio vida a los cuatro balames que sostenían el mundo de los hombres; y esta fuerza superior, genésica y divina, ha recorrido, trillado y rastrillado innumerables veces a la Península. La historia peninsular, arguyo, comienza con ese enorme Huracán que Landa registró en su Relación de las cosas de Yucatán, porque con ese inmenso huracán la era del declive maya se había acentuado hasta la llegada de los castellanos.
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Antes, los huracanes no tenían nombres. Seres innombrados, pero no innombrables, eran fuerzas terribles que no suscitaban ni apodo alguno para los antiguos pobladores de estas tierras. Fue sólo a partir del siglo XX en que el espíritu de empresa de los gringos, esos seres visionarios y enamorados del Progreso, puso de moda el bautizarlos. El 13 de septiembre de 1955, el Diario de Yucatán (DY), publicó el pequeño articulito “Pepe, el ciclón”, de un madrileño espantado porque “desde algún tiempo, ya no se habla del ciclón de las Antillas o el tifón de las Filipinas, porque estos devastadores fenómenos han comenzado a tener nombre propio” gracias a los infelices meteorólogos de Miami. El madrileño preguntaba cuál era la inspiración de los meteorólogos para nombrar a estas calamidades, ¿sus esposas, sus hijos, la enamorada en turno?
Los primeros aletazos de Hilda: devastación en Felipe Carrillo Puerto y Vigía Chico
El caso es que para esas fechas de septiembre de 1955, un huracán, el octavo de esa temporada candente de 1955, Hilda, un nombre femenino de origen germánico que significaba la heroína que lucha, o aquella que combate en la batalla, había destrozado la provincia oriental de Cuba, azotando con fuerza durante toda la noche del día 12 de septiembre esa región, y ocasionando 4 muertos, numerosos heridos y daños valuados en 5 millones de dólares en los cafetales y las plantaciones de cacao al oriente cubano. Un boletín del Observatorio Meteorológico de Miami, del 14 de septiembre, decía que Hilda se presentaría en la Península “con lluvias intensísimas, marejadas, turbonadas y vientos huracanados”. Hilda había hecho aparición en la historia sureña, y este huracán femenino sería recordado por luengos tiempos por los pueblerinos sureños. La tarde del día 14, Hilda se encontraba a 900 kilómetros al este Sureste de Cozumel. Un reporte de la United Press de ese mismo día, decía que después que Hilda azotó a Cuba, el huracán había recuperado “velocidad y violencia”, y escoraba ahora su proa destructora directo a la Península. Todo indicaba que Hilda tocaría tierras yucatecas el jueves 15 de septiembre por la noche. Hilda, mujer voluble al fin y al cabo, cambió el pronóstico, retrasó su llegada de Minerva tronitonante, y arribó a Yucatán el viernes 16 de septiembre entrando en la costa oriente de la Península, entre los paralelos 19º 10’ y 20º 10’ de Latitud Norte a las primeras horas del día 16 de septiembre de 1955, por el rumbo del pequeño puerto de Vigía Chico, lugar donde sabríamos que se dio el casi total de muertos en la península (11 se contarían).
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Ese mismo día 16 de septiembre, el DY, mientras el ciclón ya se hacía escuchar desde la mañana con sus tronidos en varios pueblos sureños como Peto, Tzucacab o Teabo, a ocho columnas informaba a sus lectores encerrados a piedra y lodo en sus casas, que “Hoy entrará en la Península de Yucatán el Huracán Hilda”. Los reportes de Miami establecían que la trayectoria comenzaría en un punto de la costa oriental entre el camino de Cozumel y Chetumal, e Hilda estaría dando el primer guantazo eólico entre las 5 y 7 de la mañana. Hilda, mujer combativa, era un huracán diurno, matutino. Sus vientos, para las 11 de la noche del día 15, ya rebasaban los 175 km/h. En esas rachas violentas, sin duda estábamos ante la presencia de un huracán ya desbridado, ya encarrilado.
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En Corozal, ciudad hermana de Chetumal, Hilda había clausurado antes de tiempo las fiestas de Independencia, pues a lo largo de las costas de Belice se habían colocado señales de alerta. Frente a esa respuesta rápida de los beliceños ante el peligro, la irresponsabilidad de las autoridades de Felipe Carrillo Puerto de ese entonces se hace patente, prístino, y uno no puede sino admirarse de la ética anglicana de los negros de Belice, frente a la ética católica y de francachelas de los habitantes de suelo mexicano. Momentos antes de que Hilda pegara a Felipe Carrillo Puerto, las autoridades de esa capital mestiza de la zona maya, mexicanas e indígenas, la noche del 15 celebraron como si nada un aniversario más de la Independencia de México en el parque Zaragoza de ese lugar, engalanado con lámparas alimentadas de gasolina. Las autoridades de ese punto de la geografía peninsular hicieron una tramoya nacionalista real maravillosa mientras los vientos al oriente comenzaban a rugir:
La animación [en el parque Zaragoza] era general, pero la inclemencia del tiempo hizo que la concurrencia se trasladara a los salones de la Delegación de Gobierno, donde continuó la fiesta, y a hora oportuna el Secretario de la Delegación de Gobierno, Tiburcio May Uh, previos honores a la bandera, con su escolta de honor, formada por elementos de la Cía Fija al mando del Sargento Primero Valentín Terrazas, leyó el Acta de Independencia y en manos del representante del gobierno del Territorio, Juan de la C. Centeno C. flameó nuestra enseña patria, mientras vitoreaba a México, a los acordes del Himno Nacional por las bandas de guerra y la orquesta dirigida por el maestro David Amaya M. El baile se prolongó hasta cerca de las 3 de la madrugada. Este fue el único día de fiesta, pues el tiempo deslució la del 16, día que marcó una era de desolación y miseria a causa del furioso ciclón que azotó esta zona de las 6 a las 12 horas.
¿No era una crasa irresponsabilidad de las autoridades y personeros de la dictadura de Margarito Ramírez en el Territorio de Quintana Roo, el llevar a cabo actos cívicos en medio del peligro y permitir bailes horas antes de que Hilda cimbrara a los lugareños con sus vientos?
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El domingo 18 de septiembre, el DY enmarcaría su primera plana con la siguiente leyenda:
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Hilda tocó tierra el día 16 ensañándose contra los bailadores nacionalistas de Felipe Carrillo Puerto y descocando los cocotales por la región de Vigía Chico. Seis horas haría sentir sus rachas de viento en Felipe Carrillo Puerto. En esa ciudad, el ciclón destruyó casas, hizo volar techos de zinc y guano, y los frondosos laureles sembrados 17 años antes (si no es que más) frente a la iglesia de los antiguos rebeldes de Chan Santa Cruz, fueron arrancados como tiernas mazorcas por Hilda. “Una lluvia pertinaz” comenzó a regar las calles polvosas de Carrillo, y en el transcurso de la mañana sería un continuo arremolinar de vientos desatados. Los macehuales del lugar, algunos todavía congestionados por el guaro y la charanga, fueron arriados como vacas sin cencerro por el sargento Terrazas y su soldadesca, poniéndolos a cubierto en la iglesia de la Santa Cruz, en el Cuartel Federal, en la Delegación del gobierno y en las casas más seguras de los blancos del pueblo. Todas las milpas se perdieron, y los viejos del pueblo manifestaron que no habían visto tanta desgracia en muchos años, que no se había “dado un caso como el de ahora que deja en la miseria a muchas familias”.
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En Vigía Chico, el pequeño puerto perdido entre la manigua feraz del oriente de la Península, la cosa fue más terrible, pues mientras en Carrillo Puerto fue un susto desaforado, aquí hubo pérdidas de vidas. Vigía Chico no tendría ninguna casa en pie, un día después de que Hilda lo pulverizara. Solamente se podría apreciar los cimientos de la bodega de la Federación de Cooperativas chicleras: era como un cuerpo descarnado. A lo largo de las playas se veían la caída de casi todos los cocotales. El día 17 de septiembre, un lacónico telegrama (la naturaleza de los telegramas es su laconismo) de Chetumal decía que “En esta ciudad no causó estrago alguno el ciclón. Durante el día de ayer estuvo nublado y hubo lluvia constante”. Días después, los telegramas no dirían lo mismo cuando otro huracán femenino entrara a hachazos a la ciudad de los Curvatos.
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El día 21 de septiembre, el DY noticiaba que los choceríos de pescadores ubicados en la bahía de la Ascención y Punta Herrero, fueron barridos por el viento. Cocales ubicados en Hualastock y Río Temporal en el mismo territorio de Quintana Roo, también fueron arrasados. En Punta Pájaro, los despojos de las casas fueron comidos por el mar embravecido, y lo mismo pasó en Punta Estrella y en Santa Rosa. La situación de los cocales del oriente de la Península eran terribles, y no habían ni víveres ni en donde refugiarse. El 20 de septiembre se comunicaba que Carrillo Puerto había quedado aislado del Servicio Postal aéreo desde el día 14 de septiembre.
Hilda en la villa de Peto
Hilda tocó tierra el día 16 de septiembre de 1955. Desde Peto, el corresponsal del DY haría una de las crónicas más detalladas del paso del huracán por los pueblos de la Península. Junto con Muna, Yaxcabá, y Tzucacab, Peto sería uno de los lugares más afectados. Reproduzco in extenso el reporte del corresponsal en la villa de Peto:
Ayer [16 de septiembre de 1955] amaneció aquí con una llovizna muy fina, pero conforme fue transcurriendo el día el mal tiempo se fue acrecentando, al grado de que a las 13 horas ya nadie podía permanecer en las calles porque el viento huracanado era insoportable. A las 4 de la tarde, cuando escampó el temporal unos 15 minutos, pudimos apreciar los destrozos que ya había ocasionado. En la plaza principal fueron derribados la mayor parte de los árboles de ornato y el mercado público quedó totalmente destrozado; también sufrieron graves averías el garaje de la Dirección Nacional de caminos, el Cinema Libertad y la casa de mampostería de Librado Mugártegui Cámara; la cual fue horadada por los impactos del techo del cine. La veleta de la estación ferroviaria fue destrozada y la estación misma en parte. Al reanudar su empuje el huracán Hilda, cometió nuevos daños, hasta las 3 de la madrugada, en que amainó.
El corresponsal establecía que numerosos vecinos llegarían a esa corresponsalía a decir que habían quedado sin sus casas (de guano y bajareque en su mayoría). Casi todas las sementeras de la región de Peto fueron arrasadas. En la finca Aranjuez, propiedad de Ramiro Sánchez Espinosa, Hilda arrancó de cuajo docenas de árboles y pulverizó sementeras. Los viveros y la veleta de Aranjuez, Hilda los hizo volar por los aires. Como había señalado el Diario de Yucatán, el Diario del Sureste apuntó la caída del techo del mercado municipal (construcción que databa de la década de 1920), y que al caer el maderamen, éste destrozó todas las mesas, inclusive las de granito donde vendían los matarifes. Los apicultores de Peto habían perdido todos sus apiarios, y en la villa se vieron algunas colonias [cajas de madera donde se encuentran los colmenares] de abejas flotando en las aguas que corrían a torrentes por todas las calles de la población. El corresponsal del DY en la villa de Peto, sumamente compungido, no se le vino a sus mentes otras palabras, que decir que con el paso de Hilda por la villa de Peto destrozando el bello mercado con techos de madera, “Peto retrocedió 35 años, pues hoy como antes, los vendedores de carnes y legumbres se instalaron sobre la calle 30”, y calculaba las pérdidas en más de un millón de pesos, y clamaba por una ayuda efectiva para abrir los caminos vecinales que quedaron intransitables por los árboles que cayeron. De estos árboles que Hilda hizo sucumbir en la villa de Peto, don Raúl Cob recuerda a los 3 arrogantes y centenarios cipreses que adornaban la entrada a la nueva colonia de los “Cifres”, al norte de la villa. En Santa Rosa, todas las casas de los trabajadores no aguantaron los vientos, y los residentes tuvieron que refugiarse en la casa principal de esa hacienda.
Hilda en otros pueblos de Yucatán
En Muna, los heraldos de Hilda, como en Peto, habían llegado desde temprana hora con ligeros vientos y chubascos frecuentes, pero a las 8 de la noche de aquel viernes 16 de septiembre, “se desató fortísimo viento huracanado que duró más de tres horas, causando estragos de tal magnitud de que no se tiene memoria”. Las milpas de Muna, todas, fueron fulminadas por los vientos. Los hombres y mujeres “vivieron horas de verdadera angustia y no obstante la oscuridad reinante muchas familias con sus pequeños hijos abandonaban sus hogares que amenazaban derrumbarse”. Las casitas de paja “trepidaban como si estuvieran bajo los efectos de un temblor de tierra”.
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Al día siguiente, Muna sería escenario para otro Guernica, pues los árboles arrancados por Hilda cubrían casi todas las calles de ese pueblo crecido bajo la Sierra del Puuc. Las albarradas fueron votadas, las matas de ramón inundaban con sus frondas caídas la tierra, y los rozagantes almendros de la plaza principal fueron defenestrados por los vientos intensos. El corresponsal de DY rememoraría que las matas de almendros que embellecían el pueblo, y que “simbolizaban la Independencia Nacional, fueron sembradas el 15 de septiembre de 1910 (hace exactamente 45 años) con motivo de las fiestas del Centenario. Los vecinos de Muna no perdieron el tiempo en lamer sus heridas como gatos pusilánimes, y al día siguiente de que Hilda pasara con su sombra de tragedia sobre el pueblo, se dedicaron afanosos en limpiar el pueblo.
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Una de las múltiples anécdotas que se contarían del paso de Hilda en Muna, fue la de una casa de paja que estaba en la gotera Noroeste del pueblo. Ahí, la familia que la habitaba vio cómo la furia de Hilda la dividía de un tajo certero, y presa de espanto, el padre abrazó a su hijo pequeño y salió corriendo. En su desesperación, el hombre tropezó con una pila y el niño se fue al agua, pero su padre lo logró rescatar en seguida. Los árboles que caían se fueron contra un sinnúmero de casas y aplastaron animales domésticos y de corral. Innumerables veletas del pueblo rodaron con los vientos, y las pérdidas de las milpas significaron una grave pérdida para una zona exclusivamente maicera. La escasez de grano ya oteaban los agricultores. Pero en Muna, como en Peto, no hubo ningún muerto.
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Las noticias que llegarían de los pueblos en el transcurso de los días después de que Hilda ya impactaba las costas de Tampico –en ese estado golfeano, Hilda fue más fúnebre, causando 12 muertos, 350 heridos y con el 90% de los edificios dañados-, indicaban que en Teabo, Hilda dejó 2 muertos y 35 casas derribadas. A una anciana y a su hija ciega se les cayó la casa, matándolas al instante. El reloj público de Teabo voló en mil pedazos por los aires, dejando sin tiempo a ese pueblo.
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En Mérida, Hilda fue más benévola, pero el viernes 16 paralizó el comercio de la capital yucateca. El primer aviso llegó a las 3 de la mañana, cuando los nocturnos de toda laya comenzaban a abandonar los clubes, y cuando todavía se escuchaban las notas de las orquestas que animaron los bailes que los meridanos hicieron “por el cumpleaños de la independencia nacional”. A esa hora, “un violento chaparrón anunció la presencia de Hilda”. Toda la mañana del viernes 16, lluvias encaramadas sobre lluvias bañaron la ciudad que se encerraba a cal y canto. A las 8 de la tarde los vientos agarraron su mayor grosor y se volcaron contra una ciudad que no tuvo mayores problemas con Hilda. Entre la una y dos de la mañana del día 17, Hilda abandonó la Península y se internó al Golfo, planeando a 100 km/h. El desfile del 16, los meridanos lo realizarían el domingo 17.
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En Ticul, todas las casas fueron machucadas por los árboles que caían, y al caer uno de estos en el techo de las oficinas del Registro Civil y de la Agencia de Hacienda, gran parte de los libros del archivo se mojaron. En Umán, en Acanceh, en Tecoh, en Maxcanú, en Hoctún, en Tixkokob, en Tekit y en Hunucmá, noticias de caídas de árboles y destechamientos de casas de paja fueron la tónica del día.
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En los pueblos cheneros de Campeche, Hilda pasaría arrastrando con el monte. En Calkiní, Hilda nuevamente cosecharía antes de tiempo todas las milpas de la región. De 8 a 10 de la noche del 16, y de 1 a 3 de la mañana del día 17, Hilda se pasearía por Calkiní, retumbando y llenando de espanto a sus habitantes. En Hopelchén, el pluviógrafo o pluviómetro midió 49.0 mm de agua durante el paso de Hilda, y las primeras noticias vaticinaban los destrozos de cientos de hectáreas de maíz próximas a sazonar.
Hilda en la región de Peto
Tzucacab y sus contornos como el pueblito de Ek Balam, Dzi, y los ingenios Catmís y Kakalná, desde las 12 del día fue azotado. Hilda derribó muchas casas en Tzucacab, como la del corresponsal Alejo Sosa Rodríguez. Los cines Abimerih y Regis, funcionando desde principios de siglo en aquel pueblo ex chiclero, fueron rapados de láminas. La pequeña parroquia del pueblo, donde en la guerra de castas dio misa el cura Vela antes de las firmas de los famosos y malogrados tratados de Tzucacab, sufrió daños de consideración. En Kakalná, “no solamente destruyó el local de maquinaria”, sino que Hilda causó la muerte de un fulano llamado Luis Garma. Cuando Hilda se ensañaba lo más tupidamente posible contra Tzucacab y sus contornos, el malogrado Garma “salió al patio de su domicilio, a soltar un cerdo de su propiedad, con tan mala suerte que le cayó encima un árbol, ocasionándole una muerte instantánea”. Todas las milpas de los agricultores del pueblo quedaron completamente destruidas.
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En Chacsinkín, pueblo de la región de Peto, Hilda sembró el pánico y causó graves destrozos. La cola de Hilda había rozado a Chacsinkín desde las 5 de la mañana en forma de una “pertinaz lluvia”, pero a las 9 de la mañana “rugieron los primeros vientos y de las y de las 12 a las 4 de la tarde las lluvias y los vientos” ya eran huracanados. A partir de las 4, una calma chicha que sobrevino en el pueblo –señal de que el ojo se encontraba encima del caserío – fue aprovechada por el presidente y secretario del ayuntamiento para inspeccionar los daños causados. Dos horas después, los vientos comenzaron a rugir de nuevo, y a las 9 de la noche el pánico se desbordó entre los pueblerinos. Centenares de árboles fueron arrancados de cuajo. El maderamen del techo de la iglesia, al ceder, hizo que volaran las láminas, se rompieran los vidrios de los santos, y quedaran destruidos cinco cuadros del vía crucis. El molino de viento que servía desde años atrás como ornato a la plaza del pueblo fue doblado como como plastilina y los caballetes del palacio municipal salieron disparados con los vientos crepitantes. Corpulentos árboles destruyeron varias casas de mampostería, chozas, sembradíos de plátanos y elotes a punto de jilotear. Un jumento fue aplastado por un árbol y sus tripas ensuciaron las aguas traídas por Hilda.
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En el ingenio Catmís, el meteoro comenzó a barrenar la maquinaria del azúcar a partir de las 11 de la mañana. Hilda, una mecánica volante, desmanteló los taches, los filtros y la parte que cubría la caldera del alambique. Las pérdidas en Catmís se calcularon en más de $ 30,000 mil pesos. El viento huracanado voló el techo de láminas de la bodega de Antonio Palomeque, destruyó algunas casas antiguas que bordeaban al ingenio y sacó de raíz corpulentos árboles. Hilda avanzó no solamente contra los plantíos de caña, sino que se ensañó contra los maizales que habían resistido la canícula de agosto y en menos de 24 horas, puso el pluviómetro a 85 milímetros de agua registrada.
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En el pueblo de Sabán, el paso destructor de Hilda podó árboles, derrumbó los pocos edificios que no habían sido quemados por “la tea del bárbaro” cuando la guerra de castas, e incomunicó el pueblo cerrando con lodo y ramas todos los caminos. El hambre y la miseria se habían cernido contra esos repobladores, que desesperados pedían al presidente y al gobernador del Territorio de Quintana Roo [Margarito Ramírez] la creación de fuentes de trabajo, porque sin esos auxilios se verían forzados a emigrar a otros lugares. 5,822 mecates de milpa (233 hectáreas) con un valor promedio de $ 174,750 pesos, fue el saldo negro dejado por la furia de Hilda.
Hilda en Yaxcabá: como si de un bombardeo se tratara.
El 19 de septiembre, el DY informaría a sus lectores malas noticias, malísimas noticias venidas del pueblo de Yaxcabá. Yaxcabá, o el centro de Yaxcabá, fue casi arrasado por Hilda. El domingo 18, el corresponsal del DY en ese pueblo describía una situación pavorosa en ese punto de la geografía peninsular:
El ciclón arrasó casi por completo esta población, destruyendo en su gran mayoría todos los árboles, albarradas y casas. En la noche del viernes, al llegar a su apogeo el período de 24 horas de vientos furiosos y continuas lluvias, la gente ya no hallaba donde alojarse y el viento zarandeaba peligrosamente a las personas que se aventuraban a las calles en busca de otros refugios. Se vino abajo casi toda la arquería de los que fueron corredores del palacio municipal y las calles quedaron totalmente obstruidas por la gran cantidad de muros, albarradas y árboles caídos. La desesperanza y la amargura se reflejan en los semblantes de los campesinos que retornaban de sus milpas, pues la tormenta las destruyó por completo.
Sin duda, las imágenes de Yaxcabá aparecidas en el Diario de Yucatán decían más que las palabras del corresponsal. El centro de Yaxcabá amaneció después de Hilda como si hubiera salido de un bombardeo.
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Saldos de un huracán sureño
El día 21 de septiembre, el Diario de Yucatán, que todavía ni había terminado de hacer la relación de la tragedia dejada por Hilda en buena parte del sur del estado y el centro del Territorio de Quintana Roo, en una pequeña nota, insignificante casi porque fue puesta en la parte izquierda, abajo, de la primera plana, informaba que había surgido el décimo huracán de esa movida temporada de huracanes del año de 1955. Lo habían bautizado como Janet, que al contrario de Hilda, era un nombre de origen hebreo que significaba “Dios es propicio, o Dios se ha apiadado”. Con el paso de los días, Janet no sería para nada propicia, pues con su violencia atlántica intentaría arrancar de cuajo de la historia de los hombres, al Chetumal de las casitas. Janet, o la tragedia de Chetumal como la bautizaría el ilustre etnógrafo y periodista yucateco Santiago Pacheco Cruz, calentaba motores a 350 millas al suroeste de la isla de la Martinica, en las Indias Occidentales francesas. El día 22 de septiembre, el DY apuntaba que la Agencia General de la Secretaría de Agricultura y Ganadería en Mérida, estimaba las pérdidas agrícolas en un 41% de la superficie sembrada en Yucatán. El Diario del Sureste lo mismo informaba ese día, el cual insertaba un mapa para apreciar mejor los daños causados por el huracán Hilda, que sin duda podemos denominar como sureño.
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Los cultivos de maíz, frijol, y caña dulce fueron los más afectados. Hilda corrió por toda la parte central de la Península, y la parte más castigada –sin contar a Vigía Chico, donde se registró la casi totalidad de muertos, 11 de 15- fue la zona de los municipios sureños de Tzucacab, Teabo y Peto, y el malogrado Yaxcabá. En Yaxcabá, Cantamayec, Tzucacab, Teabo y Peto, el 95 % de la superficie sembrada (maíz, frijol) fue aniquilada; y en Tahdziu, Chacsinkín, Sotuta y Tixmeuac, el daño a los cultivos llegó al 90%. Hilda, hemos dicho, fue un huracán sureño, pues casi no tocó la parte norte y oriental del estado como Tizimín, Panabá, Sucilá, Espita, Valladolid y Chemax.
Fuentes:
Diario de Yucatán y Diario del Sureste de septiembre de 1955. Y la foto del mercado municipal de Peto, pertenece al Archivo Fotográfico del cronista de Peto, Arturo Rodríguez Sabido.

1 comentario:

Enrique Burgos Solórzano dijo...

Muy buena relación de hechos. Felicidades por el blog.

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