domingo, 29 de diciembre de 2013

FILIBERTO CHI UCÁN: EL CUSTODIO DE “SAN IS”

Voy en la mañana a entrevistar a Filiberto Chi Ucán, el custodio de San Isidro Labrador (o "San Is") para 2014, y me entero que no hay uno, sino dos santos: dos señores del monte que hacen crecer las milpas, jilotearlas, y que cuidan al milpero cuando éste hace sus faenas en el monte. El santo a que pertenece el gremio de Filiberto, me diría don Pablo, vino de Vigía Chico hace muchos ayeres, y el otro santo de otro gremio, vino de la lejana Colombia. El hombre, Filiberto, me pasa a su casa humilde (no “humilde casa”, es casa de pobres, don Filberto Chi es milpero, albañil y tricicletero), le digo qué es lo que pretendo, saber un poco de los gremios, platicamos, le inundo de preguntas, me responde pausado, hablamos de otros gremios ya extintos, sale al acecho la memoria de un bisabuelo suyo que fue del "partido liberal" y que estuvo saqueando los ranchos de los socialistas y se confunde esta parte de violencia política de los primeros años revolucionarios, con los recuerdos de la guerra de castas.
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Decido pasar nuevamente a lo de San Is, señalarle que qué bien se le ve a San Is su perrito de barro, y Filiberto me cuenta algo de las tres cruces de Dzonotchel, que eran de su abuela, que son las auténticas, o unas primas de las otras cruces de Dzonotchel que están en una capillita cercana a su casa. Nuevamente, le atosigo con las preguntas al pahautun de San Is, la forma como se organizan los pocos integrantes del gremio, sus fiestas de mayo (el 15 de ese mes es el santo del santito, y por lo tanto, hay vaquería y hay tronadera de voladores y uno, estando entre los enfiestados campesinos del pueblo, se prende con tragos de más y hasta saca a bailar a la más caderona de las mesticitas al son del 3x4 o del cerdito koy koy), sus “vigilancias de velas” –o kanan ki-, que son unos bailes que se hacen en los rumbos del pueblo a fines de año y a los que acuden, gustosos, el pueblo llano, los “subalternos” de por estos rumbos.
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Filberto me habla del gremio en resistencia de San Is, me dice que varios gremios, con el correr del tiempo, han ido desapareciendo, y habla del gremio de chicleros. Le pregunto si los chicleros tenían a un santo especial a quien encomendarse, y que no, que no tenían, pero que ellos participaban en las fiestas a San Is rogándole para que les diera abundante lluvia en “La Montaña chiclera” para que así los zapotales rindieran más en la picada. Filiberto me dice que el 2 de enero era el día de la entrada a la Iglesia del gremio de los chicleros, que el vistoso estandarte que entraba ese día tenía, bordado “con hilos de oro”, el dibujo de un frondoso y enorme árbol de zapote con el tronco cortado en cruces por las picadas del chiclero. Era una cosa que habría que ver, “no nomás contártelo”, pues esa noche, en el Sindicato Chiclero, el chiclero no paraba de bailar en el kanan kí y, desde luego, no paraba de libar botella tras botella de guaro o lo que haya al alcance de su mano. Era otra cosa esa fiesta cuando los chicleros andaban por estos rumbos alejados de Dios.
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De un ropero desportillado y con el azogue del espejo casi extinto, Filberto extrae un álbum de fotos y me muestra algunas imágenes de años atrás cuando San Is visitó por primera vez su casa (porque habría que decir, que San Is es un santo, no de la iglesia aunque entra a la iglesia para diciembre, sino el santo trashumante de los milperos del pueblo, el que visita a cada rumbo del pueblo, como un vigilante del pueblo). Filberto, más joven y fuerte, aparece en la fotografía a un lado de San Is, y al otro, su esposa Aurelia, vestida con el huipil. Yo le digo que si es efectivo don Is, y él contesta que con el cambio climático, hace lo que puede, pero que sí, sí ayuda, no tan abundante como la cosecha que hacía su padre antes de la entrada de “los fertilizantes” en los años 1960-1970, pero que a veces la cosecha sí da para el atolito y los pibes, pero uno no puede vivir nomás del monte, tiene que tricicletear e ir a la obra, a Cancún o Mérida o en el pueblo si hay la ocasión. Me despido de San Is, con la promesa de entrar algún día a este gremio, y Filiberto y yo nos dirigimos a ver a don Pablo, un chiclero que me contaría nuevas historias pueblerinas.

martes, 24 de diciembre de 2013

sábado, 21 de diciembre de 2013

DE “CATRINAS” Y “MESTIZAS” : ALGUNOS APUNTES SOBRE LOS GREMIOS EN UNA “LEJANA VILLA”

A propósito de fiestas de pueblo, apunto un dato para una posible etnografía total: en "la Villa" de Peto había una forma muy llamativa de organización de los gremios, que señala directamente las relaciones interétnicas en Yucatán. Un nonagenario me contó, que hace muchos ayeres, cuando era niño, recordaba que los gremios se dividían, además teniendo como base el hacer referencia a los trabajos de los participantes (había gremios de abastecedores, gremios de agricultores y gremios de chicleros), a otras situaciones que han significado bastante para las divisiones “raciales” que se acentuaron, modificaron y trocaron a partir de la guerra de castas. Al parecer, el término “mestizo” para referirse al indígena hoy día en Yucatán, comenzó para esos años posteriores a la Guerra de 1847, y sirvió como una forma para exorcizar la “barbarie” de los peones de campo que se encontraban del lado “civilizatorio”: con la palabra “mestizo” se les “integraba” a los explotados, al menos en el discurso, al dominio ladino de sus explotadores, y se buscaba cortar todo parentesco “étnico” con los indios “bárbaros” de Santa Cruz.
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La señalización de los gremios que hacían referencia directa -o tal vez sigan haciendo, porque no sé si existe todavía esa diferencia actualmente-, a esa peculiar situación racista del Yucatán decimonónico y del Yucatán de buena parte del siglo XX, estribaba en la siguiente forma: mientras que a un día de la feria de Peto le tocaba el turno de entrada, salida y procesión al gremio de "mestizas" (población maya vestidas con el traje "típico"), en otro día le tocaba expresamente al Gremio de Catrinas. Este "Gremio de Catrinas", me recordaba el abuelo, eran las “señoras de vestido”, las que no iban con el traje de “mestiza” y que, seguramente, aunque hablaban el maya a la perfección, no se consideraban parte del entramado social “subalterno” del mundo indígena que les rodeaba y rodea.
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Podemos decir, que estas caracterizaciones de los gremios –con la desaparición progresiva de esas tradiciones absurdas de un iglesia rapaz-, por fortuna ya van desapareciendo, ya se van acabando. Y podemos decir otra cosa, decir que la Iglesia misma –y esto se dio al día siguiente de la Conquista- legitimó las “diferencias étnicas” y, desde luego, la explotación del campesinado, del chiclero y de otros obreros, mediante sus fastos, sus “tradiciones” inventadas, y sus claras divisiones segmentarias provenientes de una iglesia extremadamente medieval que concebía el mundo –y lo sigue concibiendo- como un mundo dividido, un mundo de diferencias, no sólo de clases, sino de razas (por cierto, los gremios tienen un origen, no colonial, sino decididamente medieval, fueron traídos por una sociedad española que, según Jérôme Baschet en su libro La civilización feudal.., nunca salió de su medievalismo). En la Colonia, a los indios les decían “los pies de la República”, y la historia de larga duración de una Villa de Peto con sus pueblos comarcanos, los indios serían los pies, los brazos, el machete trabajador de una sociedad decimonónica que, a pesar de las luchas denodadas de los representantes socialistas en el pueblo, a partir de 1930 las aguas volvieron a sus viejos causes reaccionarios.
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Foto: Muchacha de Peto en una "bajada" de la Virgen de la estrella, 2012.

viernes, 20 de diciembre de 2013

DOCUMENTOS PARA LA HISTORIA AGRARIA DEL SUR DE YUCATÁN: LOS ITZÁ, ¿CACIQUES EJIDALES DE PETULILLO?

Queja de profesores Vidal Moo Chan (priísta conocido en el pueblo, marrullero y picapleitos) y Asunción Cetina Chan (presidente de la unidad de la escuela y secretario de la misma)
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21 de febrero de 1976. C. Profesor Efrén Caraveo Caraveo.
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Informa de las anomalías que surgieron y que surgen en el Ejido de Petulilo, debido a los c.c Lorenzo Itzá, Eulogio Itzá, Esteban Itzá; comisario ejidal, comisario municipal y consejo de vigilancia, “monopolizadores de ambas representaciones en el ejido”.
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Indicaban que desde aproximadamente 10 años o más estos hombres “son comisarios municipales y ejidales, entre ambos se elijen, el que es ejidal, pasa a municipal y el municipal a ejidal, etc”.
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Actitudes prepotentes, indican que “tienen atemorizado a la gente, aunque hagan algo malo, ellos quieren que se los apoyen, el que no está de acuerdo lo amenaza diciendo que si alguien va en su contra lo mata; por lo que tanto el que no quiere perder la vida, pues tendrá que obedecer”.
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Que siempre cometen delito, y dan el ejemplo del atropello que recibió el hijo de Asunción Cetina, Elmer Cetina Chan: “El lunes 16 de febrero de este año cometieron una anomalía o delito como se diga al joven Elmer Cetina Chan, hijo del Sr. Asunción Cetina.- Este joven le llamaron para acarrear elotes en la milpa del Sr. Galo Sosa, estando estos dos en la milpa llegaron los señores Autoridades Lorenzo Itzá, Eulogio Itzá, Esteban Itzá, Benedicto Salas Ucán, Gregorio Caamal, Antonio Salas.- El Sr Esteban Itzá, sacó su machete y le pegó cortándole nada más el pantalón al muchacho. Dicho joven tenía un rifle calibre 20 nuevo agarrándolo Esteban Itzá y fue en medio de la milpa y lo estalló, inmediatamente Galo Sosa intervino y defendió al muchacho diciéndole que no le hagan daño porque él es el responsable del muchacho por el acarreto de su cosecha.
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Foja 115
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Al llegar dichas personas al poblado elaboraron un informe falso y en contra del muchacho; Por lo tanto, quiero y queremos que se resuelva este caso y al mismo tiempo se cambie estas personas del cargo que ejercen y que se devuelva el rifle que tiene en poder de ellos”.
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Ahora cuentan que le van a pegar al profr. por que no les perace de las orientaciones que explica el Profr. Hemos visto que el Mtro. tiene interés en mejorar el Poblado pero ellos no quieren, gracias a este [profesor] ya tenemos un COLEMAN de 500 B. que tanto tiempo anhelábamos, cuatro pares de puertas, cinco bancas para la comisaría, dinamitas fulminantes, mecha, en fin, para los trabajos de construcción de una escuela.
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Como Maestro que soy de ese lugar opino se vea la manera de cambiar a estos representantes. Suplico encarecidamente nos den el apoyo necesario para lograr nuestro propósito y ya hemos platicado con los otros que si tienen interés en prosperar al ejido, para representar al ejido actualmente, pero para este caso necesitamos la ayuda de la FUERZA MILITAR QUE PERMANEZCA UN TIEMPO NECESARIO EN ESE LUGAR.
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FIRMAN EL DOCUMENTO: Vidal Moo Chan y Asunción Cetina Chan
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Fuente: RAN, Mérida, Expediente número 23/537. Asunto: Dotación. Poblado Petulillo, Municipio Peto

jueves, 19 de diciembre de 2013

Lo que Salomón Nahmad vio al llegar a la villa de Peto: post-scriptum a bailar juntos pero no revueltos (o lo que también se puede decir: los toros se ven desde la baranda "catrina" y desde la "indiada" de atrasito)

De la tesis de maestría de Eugenia Iturriaga (2004), extraigo estas “escenas cotidianas” que encontró el tercer director del Centro Coordinador Indigenista de Peto, el ilustre antropólogo Salomón Nahmad, al llegar a la villa de Peto en 1964 (puedo apuntar, aquí, que varias de estas “estampas pintorescas” que vio Nahmad hace casi 50 años, siguen más que presentes en una villa de Peto extremadamente racista y clasista):
“En la villa de Peto había una clara división entre los indígenas y los catrines [blancos y mestizos estos últimos]. Los primeros asistían a la escuela ‘Francisco Sarabia’, a la salida de Peto, y los catrines asistían a la escuela de monjas, en el centro de la Villa [de Peto]. Cuando Nahmad y su esposa decidieron mandar a su hijo a la ‘Francisco Sarabia’ hubo una fuerte reacción, tanto del personal del INI, ya que el antropólogo Mejía mandaba a su hija con las monjitas, como del resto de la comunidad mestiza [de Peto]”. (Iturriaga, 2004: 94-95).
“En las vaquerías quedaba de manifiesto nuevamente la tensión en las relaciones interétnicas, los blancos se sentaban de un lado y los mayas del otro. Cuando Nahmad acudía con su familia a las corridas, su mujer iba vestida con hipil y se sentaban del lado maya: ‘las señoras de Peto todas catrinas, no más no entendían, pero yo creo que esto ayudó a revalorar a los muchachos mayas, a los promotores [promotores indígenas del INI de Peto trabajando en las comunidades a partir de 1959, nota de GAT] y a tener una imagen positiva de ellos, a confrontarse con la sociedad y bueno eso empezó a darles empoderamiento a las comunidades’”. (Iturriaga, p. 95).
El doctor Nahmad, quien al llegar a Peto en 1964 contaba con escasos 26 años, era un convencido, señala Iturriaga, de que las relaciones de poder en Yucatán eran “muy injustas y luchaba porque los indígenas pudieran participar políticamente y obtener posiciones. Buscaba que los indígenas fueran activos en el cambio político y jurídico” (93). En la tesis doctoral que voy escribiendo sobre Peto (1840-1940), esta situación política que vio Nahmad (me refiero al hecho de que en Yucatán, en los pueblos grandes como Peto, el poder era y sigue siendo “mestizos”) pervivió la debacle del mundo decimonónico salido de la guerra de castas, y en los primeros cuarenta años del siglo XX, las viejas familias decimonónicas volverían por sus fueros, medrarían en la época del chicle, y junto con algunos “turcos”, progresarían y se parapetarían políticamente. Además, serían las encargadas de la educación local, del comercio, y algunos tipos pintorescos tendrían hasta el prurito cultural y participarían estruendosamente en vaquerías, fiestas del pueblo, carnavales, y otras bellaquerías aldeanas. Pero eso sí, como ha apuntado Iturriaga y he apuntado anteriormente, siempre conservando las “formas”, dividiendo el mundo “ladino” del mundo indígena de la región. Y, por supuesto, los lazos de parentesco, los casamientos y otras afinidades, estarían bien marcadas, y esto es un lugar común el señalarlo. En la próxima feria de Peto de este año, insto al ojo avizor, al ojo curioso, a que trate de ver las diferencias “raciales” que se dan hasta en los “tablados”: así como he señalado que entre los mayas de la región y los “catrines” de Peto, se baila juntos pero no revueltos, podemos decir lo mismo cuando los catrines y los mayas de la región van a “gustar” la corrida: están juntos, pero no revueltos.
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Fuente: Eugenia Iturriaga Acevedo, 2004, Estrategias indigenistas en el sur de Yucatán: relaciones interétnicas vistas a través del Centro Coordinador Indigenista de Peto, Tesis para obtener el grado de maestro en ciencias antropológicas opción antropología social, Mérida, UADY.

domingo, 15 de diciembre de 2013

PETO DE EULOGIO ROSADO


La fotografía que inserto en este texto, es el sello oficial del ayuntamiento constitucional de la villa de Peto de octubre de 1891. Ahí se nombra a la villa como Peto de Rosado. Esto tiene su por qué, mismo que ahora explico.

Un decreto de la 7ª Legislatura Constitucional del Estado de Yucatán del 15 de agosto de 1878, señalaba:

“Que los ayuntamientos unan un nombre célebre al de cada pueblo de sus respectivas demarcaciones”

Estipulaba que desde el 16 de septiembre de ese año los ayuntamientos y juntas municipales celebren sesiones extraordinarias con el objeto señalado. El nombre que elijan, “será el de un héroe de la República, especialmente del Estado ó ya el de un personaje histórico que hubiese prestado importantes servicios a la humanidad en cualquier ramo”. (Ancona, 1886, Tomo V., p. 340). La fecha más temprana que tengo de la agregación del nombre, apareció el 5 de octubre de 1878, firmando la nota el jefe político del partido como Peto de Rosado (Cfr. La Razón del Pueblo, 11 de octubre de 1878).

Después de la “reconquista” de Peto del 30 de noviembre de 1848 de manos de las huestes de los rebeldes que comandaba Jacinto Pat, el coronel Eulogio Rosado defendería la plaza de Peto hasta su muerte en 1853 a causa del cólera morbus. Desde la “reconquista” hasta ese año, una nota del diario oficial yucateco, El Regenerador, de febrero de 1855, decía que el renacer de la villa de Peto a partir de 1849, se debió a Eulogio Rosado. En una tesis que estoy escribiendo sobre el partido de Peto, señalo que una vez que fueron arrinconados nuevamente los rebeldes a “sus bosques” orientales, Ticul, Tekax, Peto y hasta Tihosuco “comenzaron a alzarse de entre sus propias ruinas obteniendo una repoblación é importancia industrial bien distantes de los tiempos pasados, pero inaccesibles después de haber sido estos pueblos los teatros de luchas y desgracias inaudibles”. De entre los pueblos citados, fue la villa de Peto la que se repuso más que ninguna, siendo el punto central de los esfuerzos de los antiguos propietarios que hacían bastante por levantar de nuevo su decaída fortuna. Hecho cuartel general de la Comandancia de la Línea del S.E, una nota decía que “Peto llegó á obtener una doble y acaso mucho mayor importancia que en tiempos atrás”. Este renacimiento –que no duraría ni un lustro, como hemos visto por las incursiones citadas- se debería:
[…] a la actividad incansable, al valor, al heroísmo en fin del malogrado coronel D. José Eulogio Rosado que siempre alerta y en pie a pesar de sus enfermedades, no abandonaba la campaña corriendo de un punto á otro con la actividad del rayo, ya para sofocar un motín, ya para derrotar á los bárbaros donde quiera que intentaban romper la línea de bayonetas con que los contenía después de haberlos arrojado á sus bosques (“La Redacción. Peto”. El Regenerador. Periódico oficial, viernes 16 de febrero de 1855).
Los alzamientos militares, nuevamente como consecuencia de las disputas políticas, y el cólera morbus tal vez, hicieron mella para que los rebeldes buscaran un resquicio en poblaciones fronterizas desguarnecidas. Varios pueblos fueron presa de los del oriente, y en este contexto, Peto no cayó en poder de los sublevados, “más vió el riesgo que ya correría y una nueva decadencia volvió á marcarse en su población e industria” . Sin embargo, del recuerdo de este renacer del partido de Peto, años después el ayuntamiento de Peto, al buscar un nombre con qué bautizar a la villa, la nombraría como Peto de Rosado, seguramente como sortilegio militar para hacer frente a las arremetidas rebeldes, y como un homenaje post mortem a don Eulogio Rosado.

viernes, 13 de diciembre de 2013

UNA NOTA CURIOSA DEL SUR DE YUCATÁN: SE TOMÓ SU TIEMPO EN SALIR

En su prólogo a su libro Yucatán insólito (Mérida, Maldonado editores, 2003), el polígrafo meridano, Roldán Peniche Barrera, ha asentado uno de los pocos axiomas para tratar de acercarnos a la psicología del yucateco (o, como prefiero designarme, el peninsular). Dice don Roldán:
“El yucateco –insaciable lector de periódicos y revistas- ha mostrado siempre un particular interés por las noticias insólitas”.
Lo insólito, palabra cara para el peninsular curioso obsedido en la búsqueda del dato anecdótico, es lo raro y desacostumbrado según el diccionario, lo fuera de las normas, de lo consuetudinario; lo insólito también son los hechos colindantes con lo fantástico. Si así como existe una literatura fantástica universal, en el particular mundo peninsular yucateco tal vez exista una literatura de lo insólito discernible en los cuentos, leyendas, rumores y rarezas narrativas que pueblan la geografía peninsular. Esta siguiente nota periodística -la cual apareció en el Diario del Sureste el 9 de junio de 1933 en la sección de notas sobre los pueblos- bien pudo entrar en el libro del polígrafo de marras, aunque sin duda formará parte del anecdotario de una historia pueblerina de cuyo nombre y cuyo autor omito recordarme. Y sin más preámbulos, va la foto:
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miércoles, 11 de diciembre de 2013

ESTA VILLA SERÁ LA TUMBA DE LA REBELIÓN INDÍGENA

Recuerdos de la guerra de castas recién salen a flote, o para ser más exactos, se exhuman en Tizimín. La nota del Diario de Yucatán del día de hoy 11 de diciembre de 2013 (titulada "Hallan restos óseos. Rememoran una matanza en el centro de Tizimín"), señala que bajo la plaza de esa ciudad oriental se encontró lo que pudo haber sido una de las muchas matanzas que se dieron en el tráfago de la guerra de castas: la matanza de X-mabén, por ser de ese pueblo la mayoría de los soldados mayas que encontraron su tumba en Tizimín. La matanza de X-mabén, como bien se cita en el libro “Remembranzas, leyendas y crónicas de Tizimín”, del doctor Juan Rivero Gutiérrez, ocurrió el 11 de diciembre de 1853, y es casi una suerte del destino, que los restos mortuorios de los soldados de X-mabén volvieran a ver la luz casi 160 años después. Y así como en Tizimín se encontraron huesos, calaveras, tibias, costillares; en el sur la cosa creo que es más dura, o con un poco de más crueldad. Cada pueblo del sur, arguyo, hasta la más mísera ranchería o terregal que alguna vez fue ocupado por los campesinos sureños, su tierra todavía guarda los recuerdos de las innumerables matanzas que se dieron entre los dos bandos: la de los "guardianes de la civilización yucateca", los pueblos fronterizos como Peto, Tzucacab; y los aguerridos cruzoob.
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El 21 de agosto de 1858, cuando Crescencio Poot y varios generales de la plana mayor de Santa Cruz (Claudio Novelo y Juan Carlos Tzuc) atacaron por última vez la villa de Peto (que no así a los otros pueblos y ranchos a la redonda), los cruzoob habían dejado 40 cadáveres de los suyos tirados en las calles polvorientas de este pueblo que, con pocos hombres y entrenados para la defensa, repelió una de las incursiones rebeldes que tal vez pudo haber sido la segunda parte de la matanza de Tekax del año de 1857, porque la moral de los cruzoob, para esas fechas, estaba por las nubes pues seis meses antes, el 21 de febrero de 1858, la Cruz Parlante, comandando a sus “hijos pueblerinos”, había causado la caída estrepitosa de Bacalar: 600 cruzoob pasaron los muros del fuerte de San Felipe, cruzaron en canoas la laguna apacible, y cayeron contra los bacalareños haciendo una de las más terribles matanzas de blancos. Por fortuna, Peto supo aguantar la embestida, y el general Poot salió en "koché" (angarilla), sumamente lastimado. La defensa de Peto del 21 de agosto de 1858, fue una derrota que contuvo los ánimos de los cruzoob, y estos no volverían a atacarla de forma directa. Todavía en 1867, Nazario Novelo, jefe político de Peto, estaba seguro de que Peto sería "la tumba de la rebelión indígena". Al calor de la expedición “pacificadora” del Segundo Imperio a Chan Santa Cruz, Novelo, arengando a los petuleños para que dieran a la “causa de la civilización” a sus pocos hijos fogueados en el arte de la guerra, recordaría esta defensa de agosto de 1858, mismo que transcribo para señalar este espíritu militarista de una villa que, aunque con “epidemias del miedo” (Reed dixit) supo hacer frente a la “tea” y el machete de los cruzoob:
Documento periodístico: La Razón del Pueblo, 16 de agosto de 1867.
“NAZARIO NOVELO, Jefe político y comandante del batallón de G. N de este partido.
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CIUDADANOS: Nada nuevo vengo á anunciaros: allá en los campos del Sur aun permanecen los enemigos de un pueblo culto como el nuestro, con la aspiración bastarda de hacerse dueños del suelo que ha sustentado nuestra cuna por los medios bárbaros de que habéis sido testigos en la dilatada época de esta lucha malhadada.
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Los indios pacificados del Sur casi todos violando los tratados de neutralidad, han dejado seducirse por los del Oriente, y á estas horas el plomo mortífero que cobarde y alevosamente arrojan sobre nuestros hermanos, hacen que se derrame la sangre de los que aun ahora pocos días les brindaban entrada franca en sus poblaciones, proveyéndoles de los efectos de comercio que les eran necesarios.
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Cobardes é ignorantes se han dejado alucinar por aquellos que más de una vez han combatido, y han abrazado su causa de nuevo, pretendiendo la conclusión de la obra de exterminio, cuya fúnebre bandera tremolaron en 1847. Compañeros, la gloria del soldado se adquiere en el campo de honor, bien lo sabeis. Tal vez en breve nuestras armas chocarán con las del indio cobarde que hoy nos amenaza. Que vengan en buen hora, y se persuadirán de que los hijos del partido de Peto son los mismos del 21 de agosto de 1858, y de otras épocas gloriosas. Un corto número de vosotros bastó para rechazar una chusma numerosa de esos bárbaros, y desde entonces no solo no han tenido valor para presentarse en esta villa, sino que en medio de sus orgías allá en su vergonzoso retiro de Chan Santa Cruz, recuerdan vuestro valor como el azote destructor de su raza degradada.
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Os ódian á la vez que os temen.
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Esperadlos á pié firme y acabarán de persuadirse que Peto es la tumba de la rebelión indígena. ¡Partidarios de la sublevación, temed vuestro próximo fin! Defensores de la civilización, coronad vuestras sienes con los laureles de la victoria. Así lo espera de vosotros el que tiene el alto honor de ser amigo vuestro.- Peto, agosto 9 de 1867.- Nazario Novelo.
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Fotografía: Muchachas de Peto en la iglesia parroquial, circa 1940. Archivo fotográfico de la señora Candelaria Campos.

sábado, 7 de diciembre de 2013

LOS "BOMBEROS": HÉROES ANÓNIMOS DE LOS PUEBLOS DE FRONTERA

En un informe al gobernador del 14 de octubre de 1879, el jefe político del partido de Peto, Nazario Novelo, se refirió a las ya no tan famosas “bombas de aviso”, las cuales eran mecanismos de vigilancia de las poblaciones del partido de Peto -y de todos los partidos fronterizos de la segunda mitad del siglo XIX, como Tekax, Sotuta, Valladolid y Tizimín; y desde luego, las bombas de aviso tachonaban los alrededores de los pueblos de los cruzoob, que se prevenían contra una posible incursión yucateca- y se ponían “en los caminos peligrosos” . La seguridad pública también contaba con otros proyectiles que servían de bombas de aviso “cuidados en varios establecimientos de campo, por intereses de los propietarios de estos” . Las bombas de aviso eran cuidadas generalmente por los indígenas, que prestaban el servicio de guardias de bombas por riguroso turno, “y no se les emplea en el servicio revistado de armas” . Las bombas de aviso eran un mecanismo importantísimo de defensa. Charnay, el explorador francés, dio una descripción de estas líneas de bombas en 1886. Estas eran, según Charnay:
Un sistema de señales tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra; a algunas leguas de los pueblos y de las ciudades, en los puntos de tránsito más probables, estaba escalonada una serie de bombas en los bosques cuidada cada una de ellas por un hombre. Este permanecía oculto en la maleza, de día y de noche, y al menor ruido, al menor indicio de la llegada de los salvajes, daba fuego a su mecha y huía. Al estallido de la bomba respondía enseguida el de una segunda y después el de una tercera y las poblaciones avisadas se preparaban al ataque. El ruido de esta primera bomba indicaba, pues, la aproximación de los bárbaros .
Una descripción de la forma en que cómo funcionaban en los pueblos de la frontera las bombas de aviso, lo dio el jefe político de Peto, Sabino Piña, el 14 de agosto de 1877, en un informe al gobernador de Yucatán. Piña decía que las líneas de bombas fueron un producto directo de los años posteriores inmediatos a la guerra de castas:
Hace el espacio de veinte y cinco años poco más que menos, se estableció la costumbre, por estos puntos fronterizos al campo de los rebeldes, de vigilar los caminos que este enemigo puede traer para invadir nuestras poblaciones. Esta vigilancia que hace difícil sea sorprendida por los bárbaros una población nuestra consiste en haber establecido bombas á cierta distancia de nuestros pueblos, cuyas bombas se ponen al cuidado de dos indígenas de los que entre nosotros viven y participan de los beneficios de la paz y el orden de la sociedad .
Piña refería que este servicio de bombas “ha pesado y pesa sobre los indios” por la consideración de que los “vecinos” (o los blancos y mestizos de los pueblos) eran los únicos que “tienen la obligación de hacer el servicio de armas por turnos como revistados y también sin esta última circunstancia siempre que ha habido necesidad”. Recordemos que posterior a la guerra de castas, uno de los puntos de la Ley Constitucional para el gobierno interior de los pueblos del 7 de octubre de 1850, era el hecho de que a los indígenas se les dejaría de enrolar al servicio de las armas.
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Piña explicaba también que el servicio de bombas se hacía por turnos de dos en dos individuos para cada bomba, y el turno duraba cada veinte y cuatro horas, repitiéndose el turno para cada par de indígenas cada quince días “ó dos veces al mes poco menos que más en lo general”.
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La importancia de las líneas de bombas estribaba en el hecho de que “resguarda nuestras poblaciones miserablemente guarnecidas, y que hace tiempo ha salvado muchos pueblos de la ferocidad de los indios porque á la detonación de la bomba que indica la presencia del enemigo se ha logrado evitar así la sorpresa, y defendido donde hay aunque sea pequeñas guarniciones los derechos de la civilización atacada por las hordas rebeldes”.
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Y las bombas servían no solamente en los lugares donde se encontraban guarniciones de soldados, sino incluso en los lugares “en que no hay, ó no ha habido” guarniciones, pues al detonar, daban aviso a las familias cuyos pueblos o pequeñas rancherías se encontraban desguarnecidas La amenaza rebelde sería una constante que se presentaría incluso en motines pueblerinos como el de 1892 y el de 1915 (los alzados pasarían por rebeldes del oriente o el pueblo los confundiría como tal). En 1890, La Razón Católica señalaba que en el partido de Peto:
Los bomberos están siempre sobre aviso en los extremos de la población, esperando la aproximación de los indios bárbaros para dar la señal de alarma…estos indios se limitan a atacar de vez en cuando algunas poblaciones o factorías que consideran indefensas. Con este motivo los pueblos y fincas del litoral expuestos a las depredaciones de los bárbaros han puesto en práctica un servicio de precaución que consiste en apostar un individuo a cierta distancia en el bosque para que cuando sienta la aproximación del enemigo dé fuego a un gran petardo que bomba hecho [sic] con varias libras de pólvora, y huya la población. El estruendo es la señal de alarma hasta para otras poblaciones que cuando escuchan la lejana detonación, se preparan también a la defensa o acaso al socorro de sus hermanos.
Las familias, inmediatamente, “al oír el aviso se han huido y ocultado de la saña de los indios rebeldes”. El servicio de bombas era tan importante en los pueblos del partido de Peto, señalaba Piña, que “á todos los habitantes del partido aprovechan”, y el servicio se hacía hasta con anuencia de los propietarios de la región, para que estos se priven dos veces al mes de sus sirvientes indígenas que por turnos se convierten en cuidadores de bombas de aviso.
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El literato Felipe Pérez Alcalá, dedicó un apartado de sus Cuadros históricos, haciendo la descripción de “el bombero” (Pérez Alcalá sitúa su descripción en el año de 1857):
A doce kilómetros próximamente de Tixcacalcupul y como á 30 kilómetros del estrecho y lóbrego sendero que conduce al abandonado y yermo pueblo de Tihosuco, ocultábase en la espesura del bosque una pequeña barraca de palmas, á cuya entrada estaba de pié un hombre con el fusil apoyado en el suelo, la mano acariciando el cañón y el machete al cinto…con la mirada vivaz y alerta, clavada en el vecino sendero y el oído pendiente del más leve ruido, esperaba la vuelta de su compañero que había ido a proveerse de agua potable en el cenote cercano. Al alcance de su mano estaba una enorme bomba lista á estallar en el momento preciso; dos leños ardían lentamente entre la ceniza del fogón, y no lejos de allí, colgaba un morral con tortas gruesas y enmohecidas de pan de maíz, que le servían de frugal y rústico sustento en aquella soledad…Sublime y abnegada misión de esos hombres, indígenas casi siempre, destinados en las fronteras, sin ninguna remuneración, al servicio de las llamadas bombas de aviso! Por regla general se turnaban semanalmente. Sin más alimento que el duro pan de maíz, al sol, al agua y al sereno, por único lecho el suelo, y sintiendo cernirse sobre ellos constantemente la muerte, se alternaban en las velas nocturnas esos héroes ignorados, esos valientes que tienen en sus manos la vida de las poblaciones, de millares de personas por cuya existencia se sacrifican. ¡Ay de esas poblaciones si por un descuido, por una inevitable sorpresa, no pueden, con la explosión de la bomba, prevenir la aproximación del enemigo, que nunca ataca con franqueza, sino que arrastrándose entre las tinieblas de la noche y entre las escabrosidades de la selva, salta sobre su presa con la rabia y alevosía del tigre! ¡Cuántas veces, después de prender fuego á la bomba, no tienen tiempo de huir y son asesinados sin piedad!
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Una descripción de memoria oral de esta importante función en los pueblos de frontera, de las bombas de aviso con sus bomberos parapetados en sus “trincheras” –y al contrario de Pérez Alcalá, la memoria oral no habla de las casas de palma, pero seguramente la había para resguardarse del sol-, fue recogida en entrevistas de campo en el pueblo de Tahdziu:
En las entradas del pueblo, a una legua de la población, los bomberos tienen preparadas sus trincheras donde se guardan cuando observan que por el camino vienen los enemigos, y ahí en la trinchera se guardan los bomberos y hacen la guardia. En las trincheras pegan las balas y no les pega a uno. Sí, en cada entrada de los pueblos hay trincheras con bomberos, y todavía existen algunas trincheras. Hay una por el camino a Pondzonot. La de Peto todavía estaba cuando era niño, pero la desbarataron cuando se hizo la carretera. Cuando íbamos a trabajar a Pondzonot, a hacer milpa, siempre veía las trincheras, están como a una legua de aquí, eran como albarradas, como un montón de piedras en forma de mul, de un cerrito . La trinchera está preparada especialmente para la bomba y la defensa, tiene sus huecos donde meten sus escopetas los señores, pero se ponen muchas piedras para que no pasen las balas, y ahí estaba el bombero, y ahí reventaba la bomba, y cada vez que escuche el pueblo que ya reventaron la bomba, ¡jalale!, todos se van a esconder donde se pueda, en el monte, en cuevas, donde se puedan guardar ahí están yendo. Así me lo contaba mi abuelo.
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Fuente :Tesis doctoral mía sobre la región de Peto (1840-1940), en proceso de redacción. La foto es la procesión de un gremio en una de las calles de la villa de Peto.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

EDUARDO PETUL, "CONSPIRADOR"

En su libro Supersticiones mayas (1905: 89-90), Rejón García apuntó sobre el nombre antiguo del pueblo de Peto, del modo siguiente:
“Mucha hilaridad le causó el análisis de ‘Peto’. Pero ¿es posible, nos preguntó, que hayas sudado tanto y analizado de ese modo por una cosa que se explica en dos palabras? Es pura y sencillamente derivado de Petul, una familia de ese nombre que se estableció en el lugar donde hoy existe Peto y decían de ellos, Petuloob, los Petules; pues bien; Petuloob, degeneró con el transcurso del tiempo, y los gachupines lo convirtieron en Peto. En mi niñez (allí por 1820) oía yo que los indios viejos llamasen á Peto Petul”.
Manuela Cristina Bernal, en su tratado sobre el Yucatán colonial, hizo referencia a estos "petules", supuestamente emigrados al inicio del contacto indo-europeo. Sobre qué tan cierto fue la existencia de estos "petules", lo que sí sabemos es que dio pie al nombre de Peto, que en la "historia rosa local" (compárese a los dos Sabidos), se le ha denominado como "Corona de la luna", aunque yo prefiera designarle como "la hedionda corona", siguiendo en esta última designación el voluminoso Diccionario maya del sabio Alfredo Barrera Vázquez. Sobre este gentilicio rarísimo -en Peto no existe nadie con el apellido Petul-, revisando los viejos periódicos, di con esta foto aparecida en La Revista de Yucatán el 29 de octubre de 1918. Es el retrato grupal de unos supuestos "conspiradores" de Valladolid (la nota no dice más). Entre ellos, descuella un joven Eduardo Petul, de 25 años.

jueves, 21 de noviembre de 2013

UNA REGIÓN DE FRONTERA: PONENCIA DE AVANCE DE TESIS

El borrador de la tesis doctoral que presento hoy, titulado de manera tentativa como Avatares de una región de frontera. Peto 1840-1940, comenzó su investigación después del primer coloquio de 2011. A partir del segundo semestre de ese año, inicié con el periodo de obtención de datos, de búsqueda afiebrada para dar con documentos de una región que puedo decir que conozco geográficamente a la perfección porque se trata de mi “matria” que hoy se ha convertido en mi objeto y sujeto de estudio.
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El análisis en que se enmarca la documentación y la bibliografía consultada, lo expongo en la introducción de esta tesis, y aquí quisiera obviar el apartado metodológico para no ser redundante en lo que he expuesto en el cuerpo de las páginas que han leído mi directo de tesis y mis lectores. Sin embargo, quisiera señalar el objetivo que he intentado realizar en estos más de dos años de brega con los documentos: a saber, analizar los “avatares”, las mudas, remudas, los saltos y contracciones, los cambios y continuidades, de una región sureña de la Península. Entre el estudio de la cuestión agraria de un sur pocas veces, por no decir, ninguneadas veces estudiado, al principio no tenía bien claro que lo que comencé a hacer cuando decidí analizar esta esquina de la Península, concordaba con propuestas de yucatecólogos como Gilbert Joseph, quien en su ensayo bibliográfico De Guerra de Castas a lucha de clases: la historiografía del Yucatán moderno, se preguntaba cómo habían sorteado la segunda mitad del terrible siglo XIX yucateco, los pueblos que se encontraban más allá de la región donde el henequén impuso su dominio avasallante. Joseph citaba algunos trabajos pioneros de Carlos Bojórquez, pero la cosa –salvo trabajos del siglo XX de Margarita Rosales sobre Oxkutzcab, entre algunos dos más- quedaba ahí, en el aire. Esto no lo sabía al momento de comenzar mi investigación, al momento mismo en que elegí como tema de estudio la región de Peto con sus pueblos comarcanos.
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Después, con la documentación que fui encontrando en los diversos repositorios locales y nacionales, con señalizaciones tangenciales de la bibliografía secundaria, el rostro de una región rasgada por la guerra se me fue apareciendo a base de los indicios que se engarzaban, entretejían y cruzaban, y en un momento determinado del análisis de los datos, visualicé a esta región apartada de Mérida como un espacio de violencia manifiesta en la segunda mitad del siglo XIX, pero al mismo tiempo como una sociedad precaria cuyos pueblerinos sortearon de un modo distinto el proceso individualizador que se gestaría a partir de la segunda mitad del siglo XIX en los pueblos del noroeste henequenero. Pretendí descentrar la mirada y discurrir el trabajo a una subregión distinta a la que la historiografía yucateca del siglo XIX y XX había apacentado a sus rebaños de historiadores de la ciudad letrada. Si el sur fue partícipe del primer proceso capitalista mediante el cultivo intensivo de la caña de azúcar en lo que Howard Cline denominó como el periodo azucarero de la primera mitad del siglo XIX, y si el sur fue uno de los escenarios donde se dieron los procesos individualizadores de la tierra más agudos, y si fue en el sur donde la guerra venida de los montes de Tepich había crecido de forma expansiva, me preguntaba ¿qué había pasado después de la “quema de los cañaverales” en la región de Peto? Situando la problemática investigaba en los contornos de una villa, cabecera de un partido cuyos pueblos sufrirían la violencia de la guerra de castas, inquirí sobre el proceso social, demográfico, económico y político de esta región iniciando el análisis años previos al año axial de 1847 hasta terminar en el año de 1940 en que Cárdenas había llegado a la Villa de Peto: ¿qué hubo en ese periodo, en ese intervalo de tiempo? El análisis de los datos me llevó a establecer estos procesos por los cuales la villa de Peto y sus pueblos comarcanos recorrieron, y los cuales trabajo a lo largo de la tesis:
a) La brecha individualizadora abierta por los denuncios de tierra en una de las regiones de la Península más ricas, más fértiles para el cultivo de la caña (1820-1850) y otros productos forestales. La región sureña convertida en un frente pionero.
b) La irrupción campesina de 1847 en el tiempo en que los cañaverales serían casi eliminados por la tea de los campesinos levantados en armas.
c) La creación, mediante la resistencia, incursiones periódicas, amenazas y presencias ubicuas de los de Chan Santa Cruz en la región, de Peto y su región como un partido de frontera, como un partido del miedo donde sus habitantes se foguearían en el arte de la guerra, similar a otras regiones de frontera al norte del país como Janos y Namiquipa.
d) El status quo agrario de esta región en el que el poco capital local, hasta 1890, posibilitó una forma de convivencia “agraria” con los hombres encargados de cuidar este “dique de la civilización yucateca”.
e) A partir de 1890, se dio en la región una recapitalización producida por el “Declive de la Montaña rebelde”; esto es, por el poco peligro que comenzaron a representar a los pueblos de frontera los de Chan Santa Cruz.
f) De 1892 a 1924, la región daría ejemplos de una resistencia agraria y política de los campesinos defendiendo lo que ellos consideraban lo justo. Se dieron unos brotes de levantamientos, motines y rebeliones de los pueblerinos contra políticas agrarias, exacciones caciquiles, y pugnas con opositores del “antiguo régimen”.
g) Sin embargo, de 1930 en adelante, los viejos “notables del pueblo” que en el siglo XIX habían copado las estructuras de poder, poco a poco se fueron insertando en las nuevas estructuras de poder creadas por el periodo postrevolucionario.
h) Un último proceso que analizo, es la forma como llegaron los pueblos al reparto agrario, y en este punto indico que varios pueblos de la región llegaron con sus antiguos ejidos.
i) Y si la región no pasó por las horas del henequén, la resina del chicozapote convertiría a los pueblos de la región de Peto en pueblos chicleros.
En el proceso de trabajo de esta tesis, el cual hoy presento una introducción, tres capítulos y un tercio del capítulo cuarto, faltándome por redactar el capítulo último donde estudiaré el reparto de tierras y todo lo que desencadenó la “reforma agraria”, así como analizaré el periodo o “la época del chicle”, trabajé varios archivos. En la ciudad de México trabajé en el AGN el fondo Presidentes para las primeras décadas del siglo XX, y visité la Mapoteca Orozco y Berra para el mapeo de la región. En Mérida, a lo largo del año 2012 pasé de 8 de la mañana a 2 de la tarde expurgando el rico fondo Poder Ejecutivo para la segunda mitad del siglo XIX, así como otros fondos de esa institución; y en la avenida Cupules pasé largas horas fichando y tomando fotos a los documentos agrarios de los pueblos, en el RAN, Mérida. La rica colección hemerográfica y bibliográfica de la biblioteca Carlos R. Menéndez me dieron nuevos datos para tener una visión del siglo XIX yucateco, y a finales del 2012 comencé casi hasta vivir de 9 de la mañana a 8 de la noche, en la Biblioteca Yucatanense. Sin embargo, a pesar de que la bibliografía y la documentación consultada comenzaba a abultarse, pensaba que algo hacía falta, y era el que no podía dejar a un lado la memoria de los “subalternos”. Y así, para finales de 2012 y casi todo este 2013, en visitas periódicas a los pueblos de la región comencé por hacerme de material oral entrevistando a personas mayores de la región. Grata sorpresa fue observar que, en algunos casos, lo que me decían los documentos, estaban impregnados todavía en las palabras de aquellos abuelos como los chicleros don Raúl Cob, don Francisco Poot Aké, o el ex comisario del pueblo de Chacsinkín, don Vicente Cab Ek . Sin duda, uno de los elementos metodológicos por los cuales preferí entrevistar a segmentos de la población maya de la región y no al segmento mestizo, se debió a que la memoria oral está más presente en estos estratos. Y para no dejar cabos sueltos, a la par que hacía mis entrevistas, fichaba documentos y subrayaba libros, quise conocer más de cerca los lugares que los documentos me hablaban: esto es, pueblos, ranchos, haciendas. Recorrí entonces esta región para tomarle fotos a la herencia material dejada por los procesos históricos por los cuales esta región pasó de 1840 a 1940.
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Para acabar este pequeño boceto de la presentación del trabajo investigativo que hoy se comentará, sólo me resta decirles, a los presentes, muchas gracias por su atención.

lunes, 18 de noviembre de 2013

¿QUÉ VAMOS A APRENDER DE TI, EGÓLATRA?

Perdónenme las malas palabras (y si no me lo perdonan, me vale verga), pero esto que transcribiré es una reverenda mamada de un mamador compulsivo que no quiere salir a su realidad, a su triste y pútrida realidad de uno más del montón, de alguien que podemos dudar hasta de su inteligencia (¡sí, dudo de vuestra inteligencia, soberano camaján!), pero de que no podemos dudar de que es, de que se trata de un soberano pendejo, ¡y que digo pendejo!, de un rependejote sin podar (recordemos que la palabra pendejo significa pelos púbicos, y los rependejotes, etc, etc). El infumable, el imbebible (y si fuera mujer, hasta incogible), dijo esta soberana pendejez de ególatra masturbatorio:
"Estoy de regreso en face, pero ahora he hecho una selección de personas serias y responsables en utilizar esta red social. Lo siento por los que han quedado excluidos. Cuando aprendan los incluiré".
Y uno se pregunta, ¿qué vamos a aprender de ti?, ¿qué se puede aprender de un ególatra, de un ombliguista, de un indigerible?, ¿qué enseñanzas podemos sacar de un arrogante barato que no pone en práctica la humildad cristiana que se jacta? No recuerdo en qué punto del averno el Dante puso a los ególatras, pero estoy seguro que ha de ser cerca, cerquita del culo del mero Satanás…¡Vade retro, ijueputa!

miércoles, 13 de noviembre de 2013

MASONES EN EL PUEBLO

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En 1930, en la villa de Peto habían llegado algunos "iniciados" de la masonería a formar una sucursal (¿así se dice?) para el avance de la "razón" en medio de tanta selva, de tanta superstición y de tantos "malos vientos". El 7 de noviembre de 1930, el Diario de Yucatán decía que:
"En la semana pasada se inició en la Logia Estrella del Sur de esta villa el señor Mariano Castillo C. Después del ritual ofreció a los masones una espléndida cena".
Podría decirse, que los masones eran y siguen siendo, un elemento extraño, decimonónico (me refiero para el país solamente), anacrónico y conservador, frente a los nuevos vientos que desde fines del siglo XIX las enseñanzas de Marx, de Bakunin, et al, habían implantado. En 1930, ser masón era un sinónimo de anacronismo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

¡NINGÚN PLUMÍFERO SE SALVARÁ!: ALGUNAS DIATRIBAS A LOS PLUMÍFEROS DE MÉRIDA

Paz decía, en uno de sus más celebrados poemas, que al ser hombre su duración era poca, casi nada frente a la noche inmensa: “Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche”. Pero el poeta, al reconocerse como escritura –el “árbol de palabras” fue una de sus metáforas más utilizadas-, se reconocía en alguien que en ese mismo instante –todos los instantes son eternos- lo deletreaba, o lo deletrearía como ahora nosotros hacemos.
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En un cuento de la “Antología de la literatura fantástica”, antologado por Borges, Bioy Casares y Ocampo, un cuento describe la historia de un bueno para nada plumífero que tenía las ansias de eternidad y a la escritura la veía como su tabla de salvación contra la enorme noche después de la muerte. El plumífero pacta con el diablo para que pueda ir de viaje al futuro y observar si la posteridad le reconocería su valía como escritor. El plumífero –que en vida era una grisitud- descubrirá que la posteridad lo había completamente olvidado, relegándolo al baúl de los escritores menores, es decir, de la nada.
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Borges, a quien seguramente le debemos más de un cuento de esa Antología de la literatura fantástica, con una humildad de escritor atemporal, se ostentaba como un simple aprendiz de lector. Borges decía que el acto más intelectual era el acto de leer. La escritura era un complemento, una digresión fastidiosa hacia nuevas lecturas, hacia nuevos horizontes. Pitol, en El arte de la fuga, hablaba de eso, del enriquecimiento del yo escritural por medio de las vivencias (y estas vivencias eran más lecturales que factuales). Yo creo demasiado en eso, de ahí que me pregunte cómo es posible que varios “poetas”, “escritores” y hasta “doctores” y uno que otro periodista (es decir, casi todos los plumíferos de Yucatán) se atrevan a escribir sin antes tener la mínima decencia de haber leído una biblioteca entera de pueblo. Y no lo digo por mí, que no frecuento el círculo de los plumíferos aunque me he leído una biblioteca entera de pueblo, sino por la biblioteca entera de pueblo que cada plumífero debería llevar en sus alforjas.
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Con esa humildad que tenía Borges, el inmortal, observemos la soberbia tarúpida y la arrogancia de congal de varios infumables, de varios indigestos plumíferos actuales de Mérida, la “ciudad letrada”. Esa escritura con olor a plumas, con olor a estiércol de gallinero, lábil entre todas, no podrá contra la noche, no podrá contra la tarde. Olvido somos y al olvido regresaremos, y ningún plumífero que no crea en la noche se salvará.
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Mira lo que los muertos han dejado, plumífero de los tiempos jodidos que corren, y ten presente su eterna nadería, su eterna sombra que de vez en vez es alumbrada por un salteador de tumbas de archivo, por un médium del recuerdo llamado historiador. ¿Quién se acuerda de los Menéndez de la Peña, quién se acuerda del intelectual del molinismo y poeta amariconado de José Inés Novelo, o quién se acuerda de Ricardo Mimenza Castillo, el sulfúrico soviético indigenista nacido en el llano yucateco? ¿Qué te dice tanto bardo que escribía en los periódicos del XIX y XX yucateco?, Salvo para el ombliguista historiador del pasado peninsular, ¡nada dicen para nadie!
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Pero Sierra O'Reilly dice todo el siglo XIX porque Sierra O’Reilly no fue un plumífero sino un escritor de pelo en pecho. Pero Médiz Bolio y Abreu Gómez dicen, codo con codo, todo el siglo XX porque estos dos escritores no fueron plumíferos sino machos que escribían con cojones.

lunes, 4 de noviembre de 2013

RECUERDOS DE HILDA O CRÓNICA DE UN HURACÁN SUREÑO

En Peto sucede como en Chetumal con Janet: muy pocas mujeres se llaman Hilda
En un libro memorable sobre los mexicas y sus descendientes, Eric R. Wolf los llamó como “Sons of the Shaking Earth”. Su traducción sería como los hijos de la tierra que tiembla. En el Valle Central de México, es cierto: la tierra humea, la tierra tiembla, la tierra se mueve y los terremotos han moldeado su silueta y han definido los temores profundos de las sociedades que han habitado esa extraña geografía, desde las sociedades prehispánicas hasta las modernas –y no tan modernas- sociedades actuales. En un trabajo reciente, Brígida von Mentz acotó que:
Todos los seres humanos tenemos temores profundos, pero ellos se visualizan en el imaginario de cada cultura de manera distinta. Si en el altiplano mexicano pensamos con angustia en un terremoto, en otras latitudes causan pavor los huracanes, provocan sobresalto los ataques de ciertas plagas a los cultivos o la crueldad de un invierno, entre muchos fenómenos” (Mentz, 2012: 97).
En la Península de Yucatán, zona asísmica, uno de los temores profundos son, es cierto, los huracanes. Antes, en sociedades de “Antiguo Régimen” (es decir, me refiero a las sociedades agrarias que dependían en exclusiva de las cosechas de maíz; situación rota hasta bien entrado el siglo XX), así como la presencia de los huracanes, los peligros a los que hacía frente el estrato agrario de la Península radicaba en las recurrentes sequías, las presencias de langostas y enfermedades de todo tipo. Hoy esos peligros hacen poca mella, pero el huracán persiste. Podemos definir a los habitantes de estos rumbos, y siguiendo a Wolff, como los hijos de la tierra de los vientos.
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Desde los orígenes míticos mesoamericanos, el huracán (aparecido en el Popol Vuh guatemalteco, algunos estudiosos lo identifican con el dios K’awil) era el corazón del cielo que dio vida a los cuatro balames que sostenían el mundo de los hombres; y esta fuerza superior, genésica y divina, ha recorrido, trillado y rastrillado innumerables veces a la Península. La historia peninsular, arguyo, comienza con ese enorme Huracán que Landa registró en su Relación de las cosas de Yucatán, porque con ese inmenso huracán la era del declive maya se había acentuado hasta la llegada de los castellanos.
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Antes, los huracanes no tenían nombres. Seres innombrados, pero no innombrables, eran fuerzas terribles que no suscitaban ni apodo alguno para los antiguos pobladores de estas tierras. Fue sólo a partir del siglo XX en que el espíritu de empresa de los gringos, esos seres visionarios y enamorados del Progreso, puso de moda el bautizarlos. El 13 de septiembre de 1955, el Diario de Yucatán (DY), publicó el pequeño articulito “Pepe, el ciclón”, de un madrileño espantado porque “desde algún tiempo, ya no se habla del ciclón de las Antillas o el tifón de las Filipinas, porque estos devastadores fenómenos han comenzado a tener nombre propio” gracias a los infelices meteorólogos de Miami. El madrileño preguntaba cuál era la inspiración de los meteorólogos para nombrar a estas calamidades, ¿sus esposas, sus hijos, la enamorada en turno?
Los primeros aletazos de Hilda: devastación en Felipe Carrillo Puerto y Vigía Chico
El caso es que para esas fechas de septiembre de 1955, un huracán, el octavo de esa temporada candente de 1955, Hilda, un nombre femenino de origen germánico que significaba la heroína que lucha, o aquella que combate en la batalla, había destrozado la provincia oriental de Cuba, azotando con fuerza durante toda la noche del día 12 de septiembre esa región, y ocasionando 4 muertos, numerosos heridos y daños valuados en 5 millones de dólares en los cafetales y las plantaciones de cacao al oriente cubano. Un boletín del Observatorio Meteorológico de Miami, del 14 de septiembre, decía que Hilda se presentaría en la Península “con lluvias intensísimas, marejadas, turbonadas y vientos huracanados”. Hilda había hecho aparición en la historia sureña, y este huracán femenino sería recordado por luengos tiempos por los pueblerinos sureños. La tarde del día 14, Hilda se encontraba a 900 kilómetros al este Sureste de Cozumel. Un reporte de la United Press de ese mismo día, decía que después que Hilda azotó a Cuba, el huracán había recuperado “velocidad y violencia”, y escoraba ahora su proa destructora directo a la Península. Todo indicaba que Hilda tocaría tierras yucatecas el jueves 15 de septiembre por la noche. Hilda, mujer voluble al fin y al cabo, cambió el pronóstico, retrasó su llegada de Minerva tronitonante, y arribó a Yucatán el viernes 16 de septiembre entrando en la costa oriente de la Península, entre los paralelos 19º 10’ y 20º 10’ de Latitud Norte a las primeras horas del día 16 de septiembre de 1955, por el rumbo del pequeño puerto de Vigía Chico, lugar donde sabríamos que se dio el casi total de muertos en la península (11 se contarían).
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Ese mismo día 16 de septiembre, el DY, mientras el ciclón ya se hacía escuchar desde la mañana con sus tronidos en varios pueblos sureños como Peto, Tzucacab o Teabo, a ocho columnas informaba a sus lectores encerrados a piedra y lodo en sus casas, que “Hoy entrará en la Península de Yucatán el Huracán Hilda”. Los reportes de Miami establecían que la trayectoria comenzaría en un punto de la costa oriental entre el camino de Cozumel y Chetumal, e Hilda estaría dando el primer guantazo eólico entre las 5 y 7 de la mañana. Hilda, mujer combativa, era un huracán diurno, matutino. Sus vientos, para las 11 de la noche del día 15, ya rebasaban los 175 km/h. En esas rachas violentas, sin duda estábamos ante la presencia de un huracán ya desbridado, ya encarrilado.
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En Corozal, ciudad hermana de Chetumal, Hilda había clausurado antes de tiempo las fiestas de Independencia, pues a lo largo de las costas de Belice se habían colocado señales de alerta. Frente a esa respuesta rápida de los beliceños ante el peligro, la irresponsabilidad de las autoridades de Felipe Carrillo Puerto de ese entonces se hace patente, prístino, y uno no puede sino admirarse de la ética anglicana de los negros de Belice, frente a la ética católica y de francachelas de los habitantes de suelo mexicano. Momentos antes de que Hilda pegara a Felipe Carrillo Puerto, las autoridades de esa capital mestiza de la zona maya, mexicanas e indígenas, la noche del 15 celebraron como si nada un aniversario más de la Independencia de México en el parque Zaragoza de ese lugar, engalanado con lámparas alimentadas de gasolina. Las autoridades de ese punto de la geografía peninsular hicieron una tramoya nacionalista real maravillosa mientras los vientos al oriente comenzaban a rugir:
La animación [en el parque Zaragoza] era general, pero la inclemencia del tiempo hizo que la concurrencia se trasladara a los salones de la Delegación de Gobierno, donde continuó la fiesta, y a hora oportuna el Secretario de la Delegación de Gobierno, Tiburcio May Uh, previos honores a la bandera, con su escolta de honor, formada por elementos de la Cía Fija al mando del Sargento Primero Valentín Terrazas, leyó el Acta de Independencia y en manos del representante del gobierno del Territorio, Juan de la C. Centeno C. flameó nuestra enseña patria, mientras vitoreaba a México, a los acordes del Himno Nacional por las bandas de guerra y la orquesta dirigida por el maestro David Amaya M. El baile se prolongó hasta cerca de las 3 de la madrugada. Este fue el único día de fiesta, pues el tiempo deslució la del 16, día que marcó una era de desolación y miseria a causa del furioso ciclón que azotó esta zona de las 6 a las 12 horas.
¿No era una crasa irresponsabilidad de las autoridades y personeros de la dictadura de Margarito Ramírez en el Territorio de Quintana Roo, el llevar a cabo actos cívicos en medio del peligro y permitir bailes horas antes de que Hilda cimbrara a los lugareños con sus vientos?
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El domingo 18 de septiembre, el DY enmarcaría su primera plana con la siguiente leyenda:
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Hilda tocó tierra el día 16 ensañándose contra los bailadores nacionalistas de Felipe Carrillo Puerto y descocando los cocotales por la región de Vigía Chico. Seis horas haría sentir sus rachas de viento en Felipe Carrillo Puerto. En esa ciudad, el ciclón destruyó casas, hizo volar techos de zinc y guano, y los frondosos laureles sembrados 17 años antes (si no es que más) frente a la iglesia de los antiguos rebeldes de Chan Santa Cruz, fueron arrancados como tiernas mazorcas por Hilda. “Una lluvia pertinaz” comenzó a regar las calles polvosas de Carrillo, y en el transcurso de la mañana sería un continuo arremolinar de vientos desatados. Los macehuales del lugar, algunos todavía congestionados por el guaro y la charanga, fueron arriados como vacas sin cencerro por el sargento Terrazas y su soldadesca, poniéndolos a cubierto en la iglesia de la Santa Cruz, en el Cuartel Federal, en la Delegación del gobierno y en las casas más seguras de los blancos del pueblo. Todas las milpas se perdieron, y los viejos del pueblo manifestaron que no habían visto tanta desgracia en muchos años, que no se había “dado un caso como el de ahora que deja en la miseria a muchas familias”.
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En Vigía Chico, el pequeño puerto perdido entre la manigua feraz del oriente de la Península, la cosa fue más terrible, pues mientras en Carrillo Puerto fue un susto desaforado, aquí hubo pérdidas de vidas. Vigía Chico no tendría ninguna casa en pie, un día después de que Hilda lo pulverizara. Solamente se podría apreciar los cimientos de la bodega de la Federación de Cooperativas chicleras: era como un cuerpo descarnado. A lo largo de las playas se veían la caída de casi todos los cocotales. El día 17 de septiembre, un lacónico telegrama (la naturaleza de los telegramas es su laconismo) de Chetumal decía que “En esta ciudad no causó estrago alguno el ciclón. Durante el día de ayer estuvo nublado y hubo lluvia constante”. Días después, los telegramas no dirían lo mismo cuando otro huracán femenino entrara a hachazos a la ciudad de los Curvatos.
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El día 21 de septiembre, el DY noticiaba que los choceríos de pescadores ubicados en la bahía de la Ascención y Punta Herrero, fueron barridos por el viento. Cocales ubicados en Hualastock y Río Temporal en el mismo territorio de Quintana Roo, también fueron arrasados. En Punta Pájaro, los despojos de las casas fueron comidos por el mar embravecido, y lo mismo pasó en Punta Estrella y en Santa Rosa. La situación de los cocales del oriente de la Península eran terribles, y no habían ni víveres ni en donde refugiarse. El 20 de septiembre se comunicaba que Carrillo Puerto había quedado aislado del Servicio Postal aéreo desde el día 14 de septiembre.
Hilda en la villa de Peto
Hilda tocó tierra el día 16 de septiembre de 1955. Desde Peto, el corresponsal del DY haría una de las crónicas más detalladas del paso del huracán por los pueblos de la Península. Junto con Muna, Yaxcabá, y Tzucacab, Peto sería uno de los lugares más afectados. Reproduzco in extenso el reporte del corresponsal en la villa de Peto:
Ayer [16 de septiembre de 1955] amaneció aquí con una llovizna muy fina, pero conforme fue transcurriendo el día el mal tiempo se fue acrecentando, al grado de que a las 13 horas ya nadie podía permanecer en las calles porque el viento huracanado era insoportable. A las 4 de la tarde, cuando escampó el temporal unos 15 minutos, pudimos apreciar los destrozos que ya había ocasionado. En la plaza principal fueron derribados la mayor parte de los árboles de ornato y el mercado público quedó totalmente destrozado; también sufrieron graves averías el garaje de la Dirección Nacional de caminos, el Cinema Libertad y la casa de mampostería de Librado Mugártegui Cámara; la cual fue horadada por los impactos del techo del cine. La veleta de la estación ferroviaria fue destrozada y la estación misma en parte. Al reanudar su empuje el huracán Hilda, cometió nuevos daños, hasta las 3 de la madrugada, en que amainó.
El corresponsal establecía que numerosos vecinos llegarían a esa corresponsalía a decir que habían quedado sin sus casas (de guano y bajareque en su mayoría). Casi todas las sementeras de la región de Peto fueron arrasadas. En la finca Aranjuez, propiedad de Ramiro Sánchez Espinosa, Hilda arrancó de cuajo docenas de árboles y pulverizó sementeras. Los viveros y la veleta de Aranjuez, Hilda los hizo volar por los aires. Como había señalado el Diario de Yucatán, el Diario del Sureste apuntó la caída del techo del mercado municipal (construcción que databa de la década de 1920), y que al caer el maderamen, éste destrozó todas las mesas, inclusive las de granito donde vendían los matarifes. Los apicultores de Peto habían perdido todos sus apiarios, y en la villa se vieron algunas colonias [cajas de madera donde se encuentran los colmenares] de abejas flotando en las aguas que corrían a torrentes por todas las calles de la población. El corresponsal del DY en la villa de Peto, sumamente compungido, no se le vino a sus mentes otras palabras, que decir que con el paso de Hilda por la villa de Peto destrozando el bello mercado con techos de madera, “Peto retrocedió 35 años, pues hoy como antes, los vendedores de carnes y legumbres se instalaron sobre la calle 30”, y calculaba las pérdidas en más de un millón de pesos, y clamaba por una ayuda efectiva para abrir los caminos vecinales que quedaron intransitables por los árboles que cayeron. De estos árboles que Hilda hizo sucumbir en la villa de Peto, don Raúl Cob recuerda a los 3 arrogantes y centenarios cipreses que adornaban la entrada a la nueva colonia de los “Cifres”, al norte de la villa. En Santa Rosa, todas las casas de los trabajadores no aguantaron los vientos, y los residentes tuvieron que refugiarse en la casa principal de esa hacienda.
Hilda en otros pueblos de Yucatán
En Muna, los heraldos de Hilda, como en Peto, habían llegado desde temprana hora con ligeros vientos y chubascos frecuentes, pero a las 8 de la noche de aquel viernes 16 de septiembre, “se desató fortísimo viento huracanado que duró más de tres horas, causando estragos de tal magnitud de que no se tiene memoria”. Las milpas de Muna, todas, fueron fulminadas por los vientos. Los hombres y mujeres “vivieron horas de verdadera angustia y no obstante la oscuridad reinante muchas familias con sus pequeños hijos abandonaban sus hogares que amenazaban derrumbarse”. Las casitas de paja “trepidaban como si estuvieran bajo los efectos de un temblor de tierra”.
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Al día siguiente, Muna sería escenario para otro Guernica, pues los árboles arrancados por Hilda cubrían casi todas las calles de ese pueblo crecido bajo la Sierra del Puuc. Las albarradas fueron votadas, las matas de ramón inundaban con sus frondas caídas la tierra, y los rozagantes almendros de la plaza principal fueron defenestrados por los vientos intensos. El corresponsal de DY rememoraría que las matas de almendros que embellecían el pueblo, y que “simbolizaban la Independencia Nacional, fueron sembradas el 15 de septiembre de 1910 (hace exactamente 45 años) con motivo de las fiestas del Centenario. Los vecinos de Muna no perdieron el tiempo en lamer sus heridas como gatos pusilánimes, y al día siguiente de que Hilda pasara con su sombra de tragedia sobre el pueblo, se dedicaron afanosos en limpiar el pueblo.
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Una de las múltiples anécdotas que se contarían del paso de Hilda en Muna, fue la de una casa de paja que estaba en la gotera Noroeste del pueblo. Ahí, la familia que la habitaba vio cómo la furia de Hilda la dividía de un tajo certero, y presa de espanto, el padre abrazó a su hijo pequeño y salió corriendo. En su desesperación, el hombre tropezó con una pila y el niño se fue al agua, pero su padre lo logró rescatar en seguida. Los árboles que caían se fueron contra un sinnúmero de casas y aplastaron animales domésticos y de corral. Innumerables veletas del pueblo rodaron con los vientos, y las pérdidas de las milpas significaron una grave pérdida para una zona exclusivamente maicera. La escasez de grano ya oteaban los agricultores. Pero en Muna, como en Peto, no hubo ningún muerto.
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Las noticias que llegarían de los pueblos en el transcurso de los días después de que Hilda ya impactaba las costas de Tampico –en ese estado golfeano, Hilda fue más fúnebre, causando 12 muertos, 350 heridos y con el 90% de los edificios dañados-, indicaban que en Teabo, Hilda dejó 2 muertos y 35 casas derribadas. A una anciana y a su hija ciega se les cayó la casa, matándolas al instante. El reloj público de Teabo voló en mil pedazos por los aires, dejando sin tiempo a ese pueblo.
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En Mérida, Hilda fue más benévola, pero el viernes 16 paralizó el comercio de la capital yucateca. El primer aviso llegó a las 3 de la mañana, cuando los nocturnos de toda laya comenzaban a abandonar los clubes, y cuando todavía se escuchaban las notas de las orquestas que animaron los bailes que los meridanos hicieron “por el cumpleaños de la independencia nacional”. A esa hora, “un violento chaparrón anunció la presencia de Hilda”. Toda la mañana del viernes 16, lluvias encaramadas sobre lluvias bañaron la ciudad que se encerraba a cal y canto. A las 8 de la tarde los vientos agarraron su mayor grosor y se volcaron contra una ciudad que no tuvo mayores problemas con Hilda. Entre la una y dos de la mañana del día 17, Hilda abandonó la Península y se internó al Golfo, planeando a 100 km/h. El desfile del 16, los meridanos lo realizarían el domingo 17.
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En Ticul, todas las casas fueron machucadas por los árboles que caían, y al caer uno de estos en el techo de las oficinas del Registro Civil y de la Agencia de Hacienda, gran parte de los libros del archivo se mojaron. En Umán, en Acanceh, en Tecoh, en Maxcanú, en Hoctún, en Tixkokob, en Tekit y en Hunucmá, noticias de caídas de árboles y destechamientos de casas de paja fueron la tónica del día.
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En los pueblos cheneros de Campeche, Hilda pasaría arrastrando con el monte. En Calkiní, Hilda nuevamente cosecharía antes de tiempo todas las milpas de la región. De 8 a 10 de la noche del 16, y de 1 a 3 de la mañana del día 17, Hilda se pasearía por Calkiní, retumbando y llenando de espanto a sus habitantes. En Hopelchén, el pluviógrafo o pluviómetro midió 49.0 mm de agua durante el paso de Hilda, y las primeras noticias vaticinaban los destrozos de cientos de hectáreas de maíz próximas a sazonar.
Hilda en la región de Peto
Tzucacab y sus contornos como el pueblito de Ek Balam, Dzi, y los ingenios Catmís y Kakalná, desde las 12 del día fue azotado. Hilda derribó muchas casas en Tzucacab, como la del corresponsal Alejo Sosa Rodríguez. Los cines Abimerih y Regis, funcionando desde principios de siglo en aquel pueblo ex chiclero, fueron rapados de láminas. La pequeña parroquia del pueblo, donde en la guerra de castas dio misa el cura Vela antes de las firmas de los famosos y malogrados tratados de Tzucacab, sufrió daños de consideración. En Kakalná, “no solamente destruyó el local de maquinaria”, sino que Hilda causó la muerte de un fulano llamado Luis Garma. Cuando Hilda se ensañaba lo más tupidamente posible contra Tzucacab y sus contornos, el malogrado Garma “salió al patio de su domicilio, a soltar un cerdo de su propiedad, con tan mala suerte que le cayó encima un árbol, ocasionándole una muerte instantánea”. Todas las milpas de los agricultores del pueblo quedaron completamente destruidas.
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En Chacsinkín, pueblo de la región de Peto, Hilda sembró el pánico y causó graves destrozos. La cola de Hilda había rozado a Chacsinkín desde las 5 de la mañana en forma de una “pertinaz lluvia”, pero a las 9 de la mañana “rugieron los primeros vientos y de las y de las 12 a las 4 de la tarde las lluvias y los vientos” ya eran huracanados. A partir de las 4, una calma chicha que sobrevino en el pueblo –señal de que el ojo se encontraba encima del caserío – fue aprovechada por el presidente y secretario del ayuntamiento para inspeccionar los daños causados. Dos horas después, los vientos comenzaron a rugir de nuevo, y a las 9 de la noche el pánico se desbordó entre los pueblerinos. Centenares de árboles fueron arrancados de cuajo. El maderamen del techo de la iglesia, al ceder, hizo que volaran las láminas, se rompieran los vidrios de los santos, y quedaran destruidos cinco cuadros del vía crucis. El molino de viento que servía desde años atrás como ornato a la plaza del pueblo fue doblado como como plastilina y los caballetes del palacio municipal salieron disparados con los vientos crepitantes. Corpulentos árboles destruyeron varias casas de mampostería, chozas, sembradíos de plátanos y elotes a punto de jilotear. Un jumento fue aplastado por un árbol y sus tripas ensuciaron las aguas traídas por Hilda.
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En el ingenio Catmís, el meteoro comenzó a barrenar la maquinaria del azúcar a partir de las 11 de la mañana. Hilda, una mecánica volante, desmanteló los taches, los filtros y la parte que cubría la caldera del alambique. Las pérdidas en Catmís se calcularon en más de $ 30,000 mil pesos. El viento huracanado voló el techo de láminas de la bodega de Antonio Palomeque, destruyó algunas casas antiguas que bordeaban al ingenio y sacó de raíz corpulentos árboles. Hilda avanzó no solamente contra los plantíos de caña, sino que se ensañó contra los maizales que habían resistido la canícula de agosto y en menos de 24 horas, puso el pluviómetro a 85 milímetros de agua registrada.
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En el pueblo de Sabán, el paso destructor de Hilda podó árboles, derrumbó los pocos edificios que no habían sido quemados por “la tea del bárbaro” cuando la guerra de castas, e incomunicó el pueblo cerrando con lodo y ramas todos los caminos. El hambre y la miseria se habían cernido contra esos repobladores, que desesperados pedían al presidente y al gobernador del Territorio de Quintana Roo [Margarito Ramírez] la creación de fuentes de trabajo, porque sin esos auxilios se verían forzados a emigrar a otros lugares. 5,822 mecates de milpa (233 hectáreas) con un valor promedio de $ 174,750 pesos, fue el saldo negro dejado por la furia de Hilda.
Hilda en Yaxcabá: como si de un bombardeo se tratara.
El 19 de septiembre, el DY informaría a sus lectores malas noticias, malísimas noticias venidas del pueblo de Yaxcabá. Yaxcabá, o el centro de Yaxcabá, fue casi arrasado por Hilda. El domingo 18, el corresponsal del DY en ese pueblo describía una situación pavorosa en ese punto de la geografía peninsular:
El ciclón arrasó casi por completo esta población, destruyendo en su gran mayoría todos los árboles, albarradas y casas. En la noche del viernes, al llegar a su apogeo el período de 24 horas de vientos furiosos y continuas lluvias, la gente ya no hallaba donde alojarse y el viento zarandeaba peligrosamente a las personas que se aventuraban a las calles en busca de otros refugios. Se vino abajo casi toda la arquería de los que fueron corredores del palacio municipal y las calles quedaron totalmente obstruidas por la gran cantidad de muros, albarradas y árboles caídos. La desesperanza y la amargura se reflejan en los semblantes de los campesinos que retornaban de sus milpas, pues la tormenta las destruyó por completo.
Sin duda, las imágenes de Yaxcabá aparecidas en el Diario de Yucatán decían más que las palabras del corresponsal. El centro de Yaxcabá amaneció después de Hilda como si hubiera salido de un bombardeo.
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Saldos de un huracán sureño
El día 21 de septiembre, el Diario de Yucatán, que todavía ni había terminado de hacer la relación de la tragedia dejada por Hilda en buena parte del sur del estado y el centro del Territorio de Quintana Roo, en una pequeña nota, insignificante casi porque fue puesta en la parte izquierda, abajo, de la primera plana, informaba que había surgido el décimo huracán de esa movida temporada de huracanes del año de 1955. Lo habían bautizado como Janet, que al contrario de Hilda, era un nombre de origen hebreo que significaba “Dios es propicio, o Dios se ha apiadado”. Con el paso de los días, Janet no sería para nada propicia, pues con su violencia atlántica intentaría arrancar de cuajo de la historia de los hombres, al Chetumal de las casitas. Janet, o la tragedia de Chetumal como la bautizaría el ilustre etnógrafo y periodista yucateco Santiago Pacheco Cruz, calentaba motores a 350 millas al suroeste de la isla de la Martinica, en las Indias Occidentales francesas. El día 22 de septiembre, el DY apuntaba que la Agencia General de la Secretaría de Agricultura y Ganadería en Mérida, estimaba las pérdidas agrícolas en un 41% de la superficie sembrada en Yucatán. El Diario del Sureste lo mismo informaba ese día, el cual insertaba un mapa para apreciar mejor los daños causados por el huracán Hilda, que sin duda podemos denominar como sureño.
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Los cultivos de maíz, frijol, y caña dulce fueron los más afectados. Hilda corrió por toda la parte central de la Península, y la parte más castigada –sin contar a Vigía Chico, donde se registró la casi totalidad de muertos, 11 de 15- fue la zona de los municipios sureños de Tzucacab, Teabo y Peto, y el malogrado Yaxcabá. En Yaxcabá, Cantamayec, Tzucacab, Teabo y Peto, el 95 % de la superficie sembrada (maíz, frijol) fue aniquilada; y en Tahdziu, Chacsinkín, Sotuta y Tixmeuac, el daño a los cultivos llegó al 90%. Hilda, hemos dicho, fue un huracán sureño, pues casi no tocó la parte norte y oriental del estado como Tizimín, Panabá, Sucilá, Espita, Valladolid y Chemax.
Fuentes:
Diario de Yucatán y Diario del Sureste de septiembre de 1955. Y la foto del mercado municipal de Peto, pertenece al Archivo Fotográfico del cronista de Peto, Arturo Rodríguez Sabido.

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿TE ACUERDAS, OCTAVIANO?

En Xtohil quedaba el paraje donde el hombre les daba tierras a los campesinos del pueblo para que las labrasen, y él mismo labraba su pedazo de tierra, al más puro estilo comunal. Comía con ellos su pozol, soportaba el candente sol sureño. Recordaba con ellos, platicaba y descansaba con ellos. Una vez Octaviano, el padre de don Gras Tamayo, lo vio llorar con gotas que apenas escurrían y luego luego se evaporaban. Lloraba porque al hombre se le venían los años de cuando empuñaba las armas para defenderlos. Dijo:
¿Te acuerdas, Octaviano, cuando lo de Catmís? ¡Qué bien combatiste ese día! Parece que te estoy viendo cruzar como si nada por el cañaveral en llamas sin soltar tu escopeta, parecías un conejo brincando y tirando bala. Tú y el Marcos Ku fueron de los que más mostraron huevos, Octaviano. ¿Y te acuerdas de cuando mataron a Carrillo Puerto? Nomás supe la mala noticia, me subí al caballo y me fui por todos los pueblos, por Xoy, por Chacsinkín, por Tahdziu y Peto juntando a la gente. Fuimos de los pocos que nos levantamos en armas, allá en el 24, Octaviano, ¿verdad? Y ustedes, frente al palacio, atrincherados hasta en las bocacalles y en los laureles de la plaza, tiraban a matar gritando vivas por Carrillo Puerto y por su general, por este viejo que ya no vale ni para una chingada, Octaviano. ¿Te acuerdas, Octaviano?
Octaviano sólo escuchaba el soliloquio del viejo. Después, al regresar de Xtohil, y mientras estaba en su hamaca refrescándose, le dijo al niño Gras:
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-Mare, ese señor no va a tardar y se va a morir.
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-¿Y por qué?, preguntó Gras.
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-Porque esta clase de hombres, cuando lloran, no lloran de tristeza sino de despedida.
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Y así fue. Al año siguiente murió Rivero.

martes, 29 de octubre de 2013

"Yo vi al Hombre Mosca trepar a la Iglesia como si ésta fuera una mata de cocos": Recordando a un funámbulo que recorrió los pueblos de la Península

Los registros orales de la Villa de Peto refieren que, al igual como le sucedió al mítico pueblo de Dzitbalché, en el Peto chiclero de mediados de la década de 1920 y 1930 hicieron su aparición por las calles polvorientas de la villa personajes extravagantes, peregrinos y enigmáticos, como el siempre recordado Profeta Enoc, y el casi olvidado Hombre Mosca. Junto con los recurrentes gitanos (estos dejaron de llegar a finales de la década de 1980), los circos de mala o buena muerte que recalaban de vez en vez, los vendedores de baratijas, las ferias anuales, los tuxpeños y los aviones del chicle que pasaban en medio de las dos torres de la iglesia asustando a los comeostias y sacándoles más de dos carcajadas a los descreídos, Enoc y el Hombre Mosca son, sin duda, los dos recuerdos que he recogido de la tradición oral que más me han llamado la atención. Estos dos hombres, como ha referido el cronista de Dzitbalché, Jorge Jesús Tun Chuc, “cada uno, en su más particular estilo, causó asombro y dejó perennes recuerdos en la gente”.
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De “Lauriano” Ojeda, Enoc, ya tenía referencias tanto bibliográficas como orales, pero del Hombre Mosca, supe de él leyendo un artículo de Tun Chuc donde le hacía alusión (“Seres extraordinarios de otros tiempos. Dzitbalché, una mirada al pasado”, en línea). Pensé que era un recuerdo local del pueblo del maestro Tun Chuc, pero para finales de septiembre pasado (26 de septiembre), en la entrevista que le hice a un casi nonagenario chiclero, don Tello Pech, la memoria del Hombre Mosca se presentaría íntegra.
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No voy a narrar ahora las muchas referencias que he obtenido del Profeta Enoc, sino transcribir la entrevista a don Tello Pech, donde éste cuenta el día en que hiciera su aparición en la Villa el portentoso Hombre Mosca (no le busco otro adjetivo para semejante acróbata que desafiaba a la muerte), salido no de una fábula aracateña, sino del recuerdo de los que vieron en ese lejano día de la década de 1930, a aquel funámbulo temerario haciendo piruetas, agachadillas, prácticas de tiro, fumando un cigarrillo liado por él mismo, bailando polca rusa y haciendo el paso del Niágara con los ojos tapados con un paliacate. Y todo esto, en la mínima superficie que le daba una soga amarrada en medio de torre a torre de la Iglesia del pueblo, a más de 50 metros sobre la tierra, con la mirada expectante y las bocas abiertas del pueblo que palpitaba con taquicardia viendo con detenimiento de entomólogo a ese Hombre Mosca salido de la nada (aquí la metáfora del entomólogo es valedera, ya que se trataba, efectivamente, de un Hombre Mosca).
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Don Tello Pech no es el único que recuerda al Hombre Mosca, porque también don Raúl Cob, visitado esa misma noche después de la entrevista a don Tello, y solamente para comprobar lo que el primero me dijo, habló también del Hombre Mosca:
“Tenía yo –contaba don Raúl- como 9 años en esa época. Me acuerdo muy bien cuando vino. Lo fui a ver. Iba mucha gente a verlo también. Escalando nomás, llegó hasta la punta, llegó allá, arriba. Guindaron una soga de torre a torrre, y se subió a la soga haciendo maromas. Mucha gente lo fue a ver”.
Corrían los años de la década de 1930 -1934 o 1935-, y en el Peto chiclero de aquella época arribaban, o recalaban, o se refugiaban las criaturas más extrañas de todos los rumbos de la rosa de los vientos, cuando hizo su aparición el Hombre Mosca. ¿Quién diablos era el Hombre Mosca, que recorrió todos los pueblos de la Península? Escudriñando en eso, di con un antecedente, o un personaje que se le asemejó, pero diez años antes: el gran irlandés, Babe White. En 1922, Babe White, apodado precisamente el Hombre Mosca, se paseó como en su alcoba, por las dos torres de la catedral de Puebla caminando en una soga. White hizo lo impensable, como nos los indican los registros fotográficos capturados de tan memorable suceso: con reconcentración sin duda granítica, White efectuó el Paso del Niágara, pero sin cataratas, a puro aire frío del cielo poblano caminó la cuerda suicida equilibrado con una garrocha, una suerte que requiere pericia matemática. ¿Fue este mismo Babe White, o un discípulo del funámbulo irlandés, el que más de una década después recorrería todos los pueblos de la Península trepándose “al tanteo” en sus iglesias, y pasando de torre a torre a lo largo de una cuerda? No sabemos. Lo que sí sabemos es que diez años después de la proeza de White en la catedral poblana, un hombre, oscuro ya en la memoria de los pueblos de la Península, que no aparece en los anales de la historia yucateca –como sí aparece Enoc-, demostraría a más de uno que no había nacido con vértigo, y que las alturas eran su elemento idóneo.
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Don Tello Pech, de 89 años, tuvo la suerte de ver al Hombre Mosca: “Yo he visto que suba el Hombre Mosca aquí, en Peto”, me dijo. Estábamos platicando de otra cosa más mundana, del chicle, y cuando dijo esa frase, cuando me aventó el gancho verbal, yo, como siempre hago cuando me emociono, trastabillé, es decir, tartamudeé. “¿Cómo es eso del Hombre Mosca?”, le dije, incrédulo y a la vez intrigado. “Yo vi al Hombre Mosca trepar a la Iglesia como si ésta fuera una mata de cocos”, volvió a decir. Entonces le dije a don Tello que me contara aquello, y me dijo que estaba chamacón cuando pasó por aquí el legendario Hombre Mosca. Don Tello ha de haber tenido entre 9 u 8 años, cuando como en el año 1934 0 1935 el Hombre Mosca hizo acto de presencia. Este es la transcripción de la entrevista:
Oyes que viene, que está viniendo el Hombre Mosca, y no me quedé en mi casa y fui a verlo. En ese entonces era chico el pueblo en aquella época. Todo el pueblo se congregó en el atrio, cuando comenzó a subirse el Hombre Mosca en ese lado derecho de la puerta de la iglesia. Cuando ya estaba mero subiendo, no agarraba las cosas, no se sostenía de nada, ni de una cuerda. Solamente tanteaba la roca nomás, y ahí estaba, subiendo y subiendo. Tanteando, sólo tanteando. Su primer descanso fue donde está la virgencita, por el balcón. Ahí se sentó un ratito. Mucha gente, abajo, ni siquiera parpadeaba, no se perdía un instante de lo que hacía el Hombre Mosca. Porque cuando se supo que venía el Hombre Mosca, creo que fue todo el pueblo a verlo. No sé cómo se enteraron, pero se supo que viene, que venía el Hombre Mosca. Descansó allá en el balcón, y después llegó donde están las torres, donde comienzan las torres. Se sentó ahí, al borde del techo, y comenzó a observar a la gente reunida. Todo el atrio y la plaza rebosando de gente, era un mar de señoras, de viejos, de hombres, de chiquitos mirando fijamente al Hombre Mosca. En las torres ya habían tendido, guindado una soga a la mitad de ellas. Cuando el Hombre Mosca recuperó sus fuerzas, comenzó a subir a las torres, nuevamente tanteando nomás. Llegó donde está la soga y comenzó a cruzar, ora caminando en ella, ora agarrado a ella. De torre a torre cruzó e hizo sus suertes: que bailó polca rusa, que fumó un cigarro mirando el horizonte, o que luego hacía ejercicios de calentamientos. De una torre sacó una garrocha, vimos que se amarrara luego un paleacate rojo en sus ojos, y así, ciego, pasó de torre a torre. Nadie aplaudía, nadie gritaba, nadie hablaba porque nos prohibieron hacer ruido porque el silencio ayudaba al Hombre Mosca a reconcentrarse. No fue un ratito que estuvo ahí, encaramado, tardó en hacer sus maromas y cabriolas. Eso lo vi, era un chamacón cuando lo vi. Después bajó, el pueblo lo paseo en hombros por todos los lugares, hubieorn voladores cuando el Hombre Mosca ya estaba en tierra, y todos gritaban, todos le aplaudían. No sé si bajó al tanteo o por las escaleras de caracol. Yo no me olvido de eso. Pero después, cuando comencé a averiguar por el Hombre Mosca, quién sabe en qué lugar murió, en qué lugar no tanteó bien y se mató.

sábado, 26 de octubre de 2013

OTRA HISTORIA PENDIENTE: LA DE LOS FERROCARRILEROS DE LOS PUEBLOS DE YUCATÁN DONDE EL TREN LLEGÓ


El día de ayer 25 de octubre, leí en el Diario de Yucatán una nota en apariencia curiosa, titulada de este modo: “Usan su ingenio y maña para rescatar un tren en la plancha” (Diario de Yucatán, 25 de octubre de 2013). La nota traía una foto de unos obreros ferrocarrileros denominados “linieros”, originarios del etnografiado pueblo de Dzitás, al oriente de Mérida. Dzitás, recordemos, es un pueblo donde el tren vino a “civilizarlo”, según el esquema evolucionista del continuum folk-urbano, de Robert Redfield (cfr. Yucatán. Una cultura en transición, México, Fondo de Cultura Económica, 1944).


Desde principios del siglo XX, las locomotoras, que por todos los campos de Yucatán echaron a andar y sahumar con sus fumarolas la oligarquía del henequén, ya habían conectado a las distintas subregiones del estado, como el oriente y el sur lejano. El tren de Peto fue una de estas vías importantes de comunicación, precisamente por ser el sur una región de frontera. Este tren sería nombrado como el tren de la “pacificación”. Su llegada a Peto ocurrió el 1 de septiembre de 1900, 8 meses antes de la entrada de Ignacio Bravo a Chan Santa Cruz comandando a sus huestes mexicanas y yucatecas. De estas últimas huestes, un libro de la época apuntaba que “de Peto han salido buenos exploradores y gente aguerrida para la lucha contra los rebeldes y ha sido de las comarcas más perjudicadas en la campaña (El Yucatán auténtico, pp. 108-109).

Hombres que conocieron los vericuetos de la selva y de la guerra como la palma de su mano, años después, muchos de ellos se convertirían en chicleros; y otros muchos, con el correr de las décadas del siglo, verían al tren como un organismo vivo que les imbuía el aliento necesario para sus economías solariegas de la región. Muchos de esos petuleños de los primeros años del siglo XX, como los padres o abuelos de los linieros de Dzitás, se convertirían en obreros del ferrocarril, y otros muchos ferrocarrileros como de la villa de Sotuta (don Pepe Vázquez, un hombrón de más de 1.80 metros, era nativo de Sotuta y casado con la única hermana de mi abuelo), de Tekax u otros pueblos ferrocarrileros lejanos, se avecindarían en esta Villa.

Sin duda, el tren de Mérida a Peto, fue el puente comunicacional que sirvió para que los pueblerinos llevaran sus productos (cerdos, guajolotes, sacos de maíz, frijol, sandías y hasta venado al Lucas de Gálvez, cuando la cacería del venado no estaba penada) a vender a Mérida. Los pueblerinos de Xoy me han contado que al capataz del tren le vendían leña que pepenaban en los montes de su ejido, y eso mismo me han señalado varios expedientes agrarios: la venta de leña, carbón y maderas para durmientes, salieron de los ejidos de los pueblos de la región. También los de Xoy recuerdan que, cuando se paraba “el tren de Peto” en la pequeña estación de techos de asbesto (que todavía existe) de Xoy, los xoyenses sacaban sus palanganas para vender antojitos que saciaban el hambre de los glotones viajeros. Así sucedía en Peto. Existe una imagen subida a una página de Facebook (créditos abajo) donde se observa claramente a varias venteras con el huipil y la palangana de plástico sostenida en “kuch”, en la estación de salida de Peto, recorriendo las ventanillas afanosamente mientras algunos viajantes sacan la cabeza o la mano para comprar un “salbut” o un panucho y un arroz con leche, antes de emprender el viaje.



El tren creó a un tipo de obrero, el ferrocarrilero, muy poco estudiado por la historiografía yucateca. Salvo el libro de Pedro Echeverría “Nos llevó el tren!: los ferrocarrileros de Yucatán” (UADY, 1999) existe poca, o nula información sobre la vida de los ferrocarrileros. El ferrocarril no se puede comprender sin la vida de sus hombres, y los libros de Miguel Vidal Rivero y de Manuel de Irabien Rosado pecan de esto: se analizan procesos económicos, políticos, sindicales, jurídicos y tecnológicos en torno a las vías del ferrocarril yucateco, pero no se analizan las vidas que marcó esa máquina decimonónica. No se analizan y estudian las vidas cotidianas de los obreros, o de los pueblos ferrocarrileros mismos como Dzitás, Sotuta o Peto. Y no necesitamos ser una novelista fabulosa como Elena Poniatowska, que con su novela El tren pasa primero, recreó esa historia fascinante del movimiento ferrocarrilero. Basta tener paciencia, una libreta, un bolígrafo y una reportera, e ir en busca de los antiguos hombres que impulsaban la vida del tren.

En noticias del Peto de la década de 1920 y 1930, se logra apreciar las nuevas costumbres de las personas engendradas, de algún modo, por el tren. Esas notas de hace más de 80 años, hacían relación de una peligrosa costumbre de jóvenes e infantes descarriados, que frecuentaban subirse al tren cuando éste, para estacionarse después de su llegada a la villa, daba sus famosos “cambios” de vía. Esto fue una práctica que murió con el siglo pasado. La jerga de los ferrocarrileros permeó hasta en el habla misma de la gente y le otorgó una experiencia ferrocarrilera hoy difícil de saber. Conozco a la perfección qué es una plataforma, qué es un armón, qué es un clavo que pesa un kilo, cómo huele una resma de durmientes, y sé distinguir entre los pitidos de llegada y los pitidos de salida de la locomotora; y en un tiempo lejano, puse mi oreja en la vía del tren de la estación de Peto a las cinco de la tarde (el tren llegaba a las 8 pm), y por los ruidos y ondulaciones que imaginaba captar, sin sombra de duda sabía exactamente en dónde se encontraba el tren. Decía, con voz de experto matemático, que:
En estos momentos el tren de Peto está cruzando una mata podrida de ciricote frente a la penúltima casa de Ticul, ya está en camino y viene rumiando con tranquilidad su alegría.
Digo “el tren de Peto”, debido a que era impensable –y más que impensable, era casi una blasfemia- decir que el tren que se quitaba de Mérida y llegaba a Peto, era el tren de Mérida, el tren de Ticul, el tren de Tekax o el tren de Tzucacab, porque aunque pasaba por esas ciudades y pueblos, al final lo que contaba era el lugar de llegada. Como los hombres y mujeres del pueblo, el tren de Peto no era de donde venía sino de donde llegaba.
En la nota que apareció ayer en el diario, se señalaba esta pericia de los linieros de Dzitás. A estos les demoró 24 horas para enrutar un tren carguero:
Los trabajadores enrutaron el tren carguero en poco más de 24 horas. Cambiaron un tramo de 40 metros de rieles y 20 durmientes que estaban podridos debajo de la tierra. Armados con soplete, cuatro pinzas especiales, picos y palas, y mucho ingenio, los trabajadores pudieron enrutar nuevamente el tren carguero.
Y a cada enganche que hacían, los linieros de Dzitás, gritaban ¡listo!, pero la simple palabra “ingenio” dice poco de unos trabajadores con harta experiencia de generaciones afanándose en el tren. A este respecto, existe una imagen que da la Memoria del ferrocarril de Mérida a Peto (año de 1899), donde se observa un trabajo demoledor que hacían las cuadrillas de obreros ferrocarrileros comandados por el sobrestante Adalberto Pacheco y el capataz de clavadores Valentín Solís, que en las fiestas de inauguración del ferrocarril de Mérida a Peto de septiembre de 1900, fueron condecorados en la villa de Peto por su tenacidad de más de 10 años para abrir el camino de hierro ganado a la pura laja y a la pura selva que comenzaba desde Ticul (“Una ceremonia significativa. La Revista de Mérida, 20 de septiembre de 1900). El tramo de la foto de aquella Memoria del ferrocarril que sería expuesta en la exposición internacional de París, fue tomado en 1899 en el “tajo” del kilómetro 148, a escasos metros de su llegada final en la parte norte de la villa de Peto. Pero la llegada de la locomotora inundando el ambiente de aquella “lejana villa” se puede indagar por los fastos que se llevaron a cabo para la clausura de los trabajos del ferrocarril de Mérida a Peto, y los comienzos del tramo que se pensaba serían los ferrocarriles Sud-Orientales, que cruzarían todo el territorio de los rebeldes de Chan Santa Cruz. Existen, además, unos telegramas de la llega del tren a Peto, girados entre la jefatura política de Peto al gobernador de Yucatán Francisco Cantón, telegrama de éste a don Porfis, y telegrama del emprendedor hombre de negocios concesionario final del tren Mérida a Peto, Rodulfo G. Cantón. El 2 de septiembre de 1990, el gobernador Pancho Cantón mandaba a Don Porfis este siguiente telegrama:


La llegada del tren a Peto, para la oligarquía yucateca en guerra contra el “bárbaro” de Chan Santa Cruz, significaba el silencio de la “gritería del salvaje”. Era el tren de la pacificación. El día de la inauguración de esa importante vía de comunicación, se dijeron muchas cosas, y Peto fue abarrotado por el inmenso gentío de personas que tuvieron pase gratis subido al flamante tren de la “paz y del progreso”, para los festejos de inauguración del 15 y 16 de septiembre de 1900.


El 16 de septiembre de 1900, La Revista de Mérida, en una editorial titulada “Las fiestas de la paz y del progreso” (“paz” para los de Chan Santa Cruz, encajonada esta “paz” por medio de los cañones; y “Progreso” solamente para los apetitos capitalistas y descuartizamiento del rico botín forestal de los “reyezuelos del henequén”), en referencia a esas fiestas, apuntaba estas perlas de la moralidad que permeaba esos días en los círculos de poder de Mérida:
Estas fiestas son, sin duda, de altísima significación para el engrandecimiento y prosperidad de nuestro Estado. El ferrocarril que ha llegado ya á su estación terminal, influirá de manera poderosa para el adelanto de Peto y demás pueblos del Sur casi abandonados desde que la tea del rebelde maya convirtió en pavesas aquellas poblaciones en que de hoy más resonará constante el himno del trabajo que entonen los que laboran en pro del progreso de la patria, sin que los inquiete el grito del salvaje que antes de la era de la paz porque atravesamos, resonaba con tanta frecuencia en aquellas apartadas regiones.
Y respecto a los ferrocarriles Sud Orientales que se pensaban construir y nunca se hicieron, la nota decía que:
Terminada la guerra de pacificación que hoy se lleva á cabo con tacto y discreción, pues no se trata de una guerra de exterminio, muy pronto el pito de la locomotora, heraldo del progreso, sustituirá á la ruda gritería del salvaje, y el bienestar aumentará con la riqueza de la península, pues los terrenos del sur y del oriente, hoy en poder del maya, son sin duda los más fértiles de todos los del Estado.
Don Porfis vendría a modificar los planes de una parte de la oligarquía yucateca, pero sin duda, del tren de Peto saldrían, años después de estas fiestas que comentamos, las marquetas de chicle y otros productos que sacaban los laboriosos hombres de la región. De algún modo, el tren de la pacificación fue, sin duda, el tren del progreso.

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