sábado, 13 de junio de 2009

A propósito de un poema de Hernández: La infancia de los pobres del mundo.


¿Quién salvará a este chiquillo

menor que un grano de avena?

¿De dónde saldrá el martillo

verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón

de los hombres jornaleros,

que antes de ser hombres son

y han sido niños yunteros.

Miguel Hernández

Dedicado a la memoria viva de los 49 inocentes de Sonora
En el poema El niño yuntero, el bardo de la resistencia socialista española, Miguel Hernández (1910-1942), retrataba la historia de pobrezas y desesperanzas de los niños españoles de principios del siglo XX, del modo siguiente: Cada nuevo día es/ más raíz, menos criatura, / que escucha bajo sus pies/ la voz de la sepultura. /
Yunteros, labradores, jornaleros infantes, las hondas diferencias sociales entre las clases de España (la estúpida aristocracia improductiva, el clero simoniaco, la empresa en formación, y Franco y sus cañones africanos por un lado; obreros, campesinos, Durruti, Pasionaria y la combativa poesía de las dos orillas del Atlántico por el otro), como consecuencia esperada, desembocaron en la Guerra Civil Española. Hernández, muerto de tuberculosis en una celda húmeda de la dictadura franquista, la Brigada Internacional, la Brigada Francisco Javier Mina (conformada por milicianos mexicanos, que dieron su vida por la libertad del pueblo español) y la república, sabemos esa historia de tristeza mayor, perdieron la guerra contra los fascistas franquistas apuntalados por los aviones y las homicidas metrallas de los nazis.
En la actualidad, podrido el Generalísimo asesino en su sempiterno mausoleo de mármol de Carrara, la historia de “hambrezas” y fatigas de El niño yuntero, ya recordada por Serrat al darle tonada y voz precisa al poema de Hernández, ha emigrado a otras geografías, a otras latitudes más morenas. Rectifico mi dicho. ¡No ha emigrado!, ha estado ahí desde luengos siglos: En la América indígena al día siguiente de los genocidios de esa España por la cual Durruti, la Pasionaria, Hernández y Las Casas combatieron; en la consumición y combustión de un continente entero como África cuando el expansionismo de los nuevos Imperios europeos y el expansionismo de las hambrunas, pandemias como el Sida y el ébola, asentaran sus reales de muerte sistemática; en los barrios y periferias de las megalópolis del mundo (círculos del infierno demográfico); en las Favelas de Río y Sao Paulo, en Milpa Alta y en la tercera Mérida (la de las comisarías y cascos de antiguas haciendas) del Yucatán profundo, donde tienen sus tinglados-dormitorios los individuos (mayas en su mayoría) que la hacen de albañiles, afanadores, choferes, jardineros y el servicio doméstico de la Mérida del primer mundo asentada en el norte-nordeste.
La historia de los niños acasillados en los repartimientos y encomiendas de indios, explotados en las haciendas y minas, la historia de esos yunteros amarrados con el yugo de la opresión social, los niños campesinos, los niños jornaleros, los niños obreros, los pequeños traga fuegos actuales, boleadores de zapatos, vendedores de cigarros y chicles, insertos en redes de explotación (y no por sus padres, explotados por igual por las capas pudientes y la estructura macro opresiva neoliberal), ha estado ahí, desde siempre, escrita esa historia con las pullas otorgadas por el hambre; contada y recontada esa historia desde ese tiempo inmemorial en que la injusticia entre las sociedades humanas se convirtiera, no para siempre, en el estigma rotulado por el Caín de un sistema caníbal y asesino. Sobre todo, de ese “sistema mundo” capitalista diseccionado ya por Wallerstein, donde los peces y los panes no se acostumbran a repartirse a partes iguales, tal y como nos enseñó a repartirlo el gran comunista y humanista nacido hace más de dos milenios, allá en la aldea de Belem.
Sobre este apunte de la infancia de los pobres del mundo, y con motivo del Día Mundial Contra el Trabajo Infantil, una nota de prensa de Notimex (11 de junio) recogía informes de Sara María Lara Flores, socióloga miembro de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC), e investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Lara Flores indicaba la vaciedad del concepto “derechos humanos” para los infantes jornaleros mexicanos (¡que los hay!, ¡3 millones según los cálculos!, sobre todo, infantes jornaleros de origen indígena), condenados a vivir en abismales precariedades. Estos chavales de esta nación dislocada y lastrada por la obscenidad hercúlea de las desigualdades sociales, “carne de yugo”, nacidos “como la herramienta, a los golpes destinados”, carecen de acceso a la educación, a la salud y a los derechos básicos de los niños: “Trabajan de sol a sol desde los seis años, recogiendo calabazas y jitomates, y en el futuro serán jóvenes sin educación, que no sabrán leer ni escribir”, señalaba Lara Flores.
En un contexto histórico anubarrado, donde todas los marcos conceptuales construidos para investigar al campo mexicano (jurídicas, sociológicas, económicas, agrarias), indican sin disenso que a las élites gansteriles del Supremo Poder les vale una chingada el campo con sus campesinos –sus intelectuales orgánicos discurren sobre esa desruralización creciente, barbotean acerca de esa urbanización incesante, pero callan ante esa asimetría socioeconómica que conlleva esos dos brutales procesos, de ese peligro cultural de pérdida del continuum mesoamericano-, Lara Flores hacía el distingo necesario entre el trabajo de los niños jornaleros con los niños campesinos. Los niños jornaleros son aquellos que alquilan su trabajo para beneficio de otros, a diferencia de los niños campesinos que trabajan la propiedad de su familia, para beneficio de la misma. No obstante, refería también que las empresas agrícolas contratan a familias completas. Y me pregunto: ¿Tiempos neo porfiristas estos de la derecha en el poder, donde el inmoral entreguismo a las empresas nativas y extranjeras vuelve las obligaciones laborales en mancomunadas, familiares? Mano de obra barata y explotada, la de sus padres; mano de obra vilipendiada y explotada, la de ellos, esa niñez desbastada.
La ley –esa ley hecha a imagen y semejanza de los de arriba (Marx dixit)- permite el trabajo de 12 años para adelante. Es decir: el Estado normatiza, teoriza y condena a los Sin nada, a los sin tierra, a los sin derechos, a los “jodidos” de siempre e indios incivilizados a partírsela desde temprana edad, obviando insulsas educaciones, capital humano y otras chaladecez de los inconformes sociales. 12 años dice esa ley, pero la verdad es que se empieza a trabajar desde los seis. Me dirán, ¿pero cómo es que sus padres permiten que trabajen a tan temprana edad? El hambre, el horizonte acortado, angostado, la compleja estructuración social de clase, el racismo de ciertos sectores dirigentes, la abulia social de las derechas en el poder, la ideología del individualismo neoliberal (¡que poca madre!), la falta de equidad estatal, etcétera. En su poema citado, Hernández se preguntaba que “¿De dónde saldrá el martillo/ verdugo de esta cadena?”. De nosotros, del corazón y cerebro de los hombres y mujeres, jornaleros o no, que un día fuimos como ellos…

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