martes, 30 de diciembre de 2008

La Nakba palestina



“la victoria militar sobre el pueblo palestino
tiene un nombre inequívoco: genocidio,
y que las masacres solo abren el curso de nuevas masacres”.
Declaración de Intelectuales Argentinos
publicada durante la Guerra del Líbano de 2006

Si tuviéramos un barómetro para medir el grado de deshumanización del mundo, ¿a qué escala del horror descenderíamos? Conrad Lorens, un cientista alemán citado alguna vez por Saramago, decía haber descubierto el nexo entre los monos y los seres humanos…y ese nexo éramos nosotros. Coincido con el pesimismo radical de Lorens y, aunque no contamos aún con ese artefacto para medir nuestra ilustrada bestialidad, no es difícil llegar a la conclusión de que existe, actualmente, una profunda deshumanización entre los seres humanos… Siempre la ha habido –Hegel decía que la historia es un inmenso matadero-, pero en estos momentos hemos rebasado un límite que faltaba por devastar: el límite del asombro. A nadie le asombra ya que un Estado criminal, con el chivo expiatorio de los ataques con morteros de Hamas, insignificantes si a costos humanos nos referimos, mate de forma fría y sistemática a 230 palestinos en menos de 48 horas, amparados y justificados esos crímenes por el gobierno de un idiota al que le vuelan zapatos de la dignidad (“para que te acuerdes, perro”) y le crecen muertes de iraquíes y afganos en su cerebro atrofiado, sin que la “esperanza” del Black Power” proteste por la justificación para tanta indiscriminada barbarie.
No obstante nuestro inveterado canibalismo hobbesiano, actos de repudio en contra de la “Shoá” (Holocausto) que ocurre en Franja de Gaza se dejan oír, no sólo en los zocos y mezquitas del mundo árabe, sino también sobre calles y avenidas de las principales capitales del mundo (Londres, París y Madrid ondean pancartas, banderas de esperanza, componen canciones y hienden el ruido urbano, demostrando así su solidaridad con el pueblo palestino). Desde Asia hasta la pintada de izquierda América del Sur, se alzan voces lúcidas para exigir al Estado genocida israelí, parar el holocausto contra las aldeas y campos de refugiados palestinos. En Londres, Amnistía Internacional (AI) pidió tanto a Hamas como al gobierno del chacal Ehud Olmert “el fin inmediato de los ataques ilegales”, y condenó el “uso desproporcionado de la fuerza por Israel”. El gobierno chavista, a su vez, expresó desde Caracas su profunda indignación ante el criminal ataque que constituye el bombardeo de Israel. Desde Asunción, Paraguay, el Mercosur externó su “preocupación y repudio por la escalada de violencia en la Franja de Gaza, así como su pesar por los trágicos resultados del prolongado bombardeo israelí sobre ese territorio palestino”.
También el monigote secretario general de la ONU -¿existe un derecho internacional al que se respete lo mínimo?, ¿en qué punto de la inercia de la ONU se encuentra el proyecto de autodeterminación del Estado palestino con su delimitación de tierras en donde los palestinos no encuentren ningún tanque asesino del gobierno israelí?, ¿qué tanto vale la vida de un palestino malcomido para los bien comidos detentadores del poder internacional acaparado por el Lobby Sionista?- Bain Ki Mon, con anuencia del “eslávico” parecer del Consejo de Seguridad para el cese inmediato de hostilidades en Gaza, en voz de su portavoz Michelle Montas, manifestó lo siguiente el domingo pasado: “Ban se une al pedido del Consejo de Seguridad para un alto inmediato de la violencia y de las actividades militares”, y deplora que “la violencia haya continuado hoy (domingo) y pide una vez más en los términos más fuertes el cese inmediato de todos los actos de violencia”. El adjetivo endosado al Consejo de Seguridad de la ONU, se debe a la puja neo imperial de Rusia como contrapunto a la fatiga imperial de los Estados Unidos, palpado explícitamente en agosto pasado, cuando el Zar Putin demostró que, en su zona de influencia, él, ¡que no Occidente!, es “el más rápido del este”; rapidez que se refrenda ahora con el dictamen de repulsa ante los bombardeos israelíes en Gaza, establecidos unánimemente el domingo por el Consejo de Seguridad, y cimentado dicha unanimidad por el embajador ruso ante la ONU, Vitaly Churkin que, según nota periodística de la agencia noticiosa AFP, tuvo un papel decisivo en lograr dicho consenso que estipula, tanto para Hamas como para el genocida gobierno israelí, el cese de toda violencia y acciones militares.
Mientras lo más granado y lo menos deshumanizado de Occidente vomita el asco que le provoca las negras acciones homicidas del Estado Israelí, en Franja de Gaza brota el hambre junto a la altanera muerte que se entroniza, cadáveres se apilan a un lado o debajo de escombros de edificios destruidos por los intensos bombardeos de los aviones sionistas, y las aldeas palestinas se vuelven funerarias. En unas de las imágenes de la deshumanización que me llega al ordenador vía internet, una familia palestina –mujer, hombre y niño-, como la familia del dios de los cristianos, huye despavorida de los bombardeos israelíes en medio de la destrucción, abriéndose paso entre columnas de humo, polvo y pólvora. El olor a muerte apresa sus narices. Esa imagen fue tomada en el campo de refugiados de Rafah, y, por un momento, mirándola, vislumbré la certeza de la nada en la mirada apagada del niño cargado por su padre. Junto a él, no había la sombra de ningún Gabriel, salvo las de sus afligidos padres desesperanzados. La mujer, en un rictus de pánico, mira al suelo resquebrajado, como para afianzar el camino que pisa con sus sandalias empolvadas, de pobre. Arriba, rompiendo las nubes del odio, los aviones sionistas les recordaban los 60 años de vivir en el tiempo de la Nakba (Catástrofe), desde el ominoso año de 1948 en que Israel declarara su independencia.
En ese año, como para limpiar el terreno de los indeseables hijos de Ismael, el gobierno sionista mataba a 13,000 palestinos, y forzaba al “éxodo” a otros 750,000, anexándose las tierras de los desterrados, tierras del desierto donde moran los huesos muertos de los hijos de Ismael. Cerca de 400 pueblos fueron barridos sin conmiseración durante 1948.
Desde la guerra de los Seis Días de 1967 entre Israel y lo países árabes, el número de muertos no había sido tan desproporcionado como ahora. Si entiendo bien el concepto de “guerra asimétrica”, –el sábado y el domingo anterior, más de cien bombas fueron dejadas caer por aviones de combate sionistas sobre posiciones de “organismos de seguridad” del gobierno de Hamas, obviamente con inconmensurables “efectos colaterales”- estos hechos de muerte que suceden en Franja de Gaza, no encuadran ni con la más “asimétrica” de las guerras asimétricas, ni con el cuento bíblico de David tirando con su honda el guijarro a Goliat (salvo si no se omiten las indefensas piedras que jóvenes palestinos avientan al óxido de los tanques): es una simple y bestial masacre en contra de un pueblo que únicamente exige su autodeterminación por motivos históricos de sojuzgamiento e injusticia colonial desde el repartimiento que Inglaterra y Francia se hicieran de Oriente Próximo (es decir, el desmembramiento efectuado por estas dos carroñeras potencias a lo que quedaba del Imperio Otomano) posterior al fin de la Gran Guerra de principios del siglo XX.
Hay que recordar que el 15 de mayo de 2008, el mundo asistía indiferente al aniversario de la ignominia contra el pueblo palestino. En esa fecha se cumplían 60 años de la NAKBA (la catástrofe) palestina: 60 años de infaltables y constantes vilezas y violaciones contra los derechos humanos de los palestinos (tal parece que los derechos humanos son productos suntuarios y exquisitos únicamente posibles de obtener si se es propietario de una abultada cartera); sesenta años de discriminación y apartheid: en 2002, como respuesta soberbia a la iniciativa de paz de la Liga Árabe, que inopinadamente ofrecía a Israel el reconocimiento y la paz a cambio de una retirada militar de los territorios ocupados desde 1967, con el fin de buscar una salida pacífica al problema de los refugiados palestinos, el ahora comatoso Ariel Sharon no sólo ignoró esa “buena voluntad” árabe, sino que invadió con sus pesados tanques y tropas siniestras todas las ciudades palestinas, y comenzó lo que vendría a conocerse, para la historia universal de la infamia reciente, como el MURO DE LA SEPARACIÓN (no el de los LAMENTOS, al cual llenan de mocos los hipócritas ortodoxos), EL MURO DE LA IGNOMINIA, EL MURO DEL APARTHEID sionista contra el empobrecido y hambriento pueblo palestino: una barda gigantesca de más de 400 kilómetros que corta de tajo el territorio ocupado de Cisjordania. Desde Holanda, tierra del humanista Erasmo de Rotterdam, el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya declaró como ilegal el MURO DE SHARON el 9 de junio de 2004, dando con esto una señal de que todavía existe cordura y conciencia en el sistema jurídico internacional. En fin, el 15 de mayo de 2008, el mundo, decía, asistía indiferente al aniversario sesenta de la expropiación de tierras palestinas; pero, también, un reducidísimo número de los más de 6,000 mil millones de des-humanos que conforman al tan aporreado y prostituido mundo, asistía, con esperanza y florilegios de utopías, al ejemplo de lucha y resistencia de un pueblo que se niega a vivir sin dignidad (prefiriendo morir con dignidad), frente a la indiferencia de una comunidad internacional no tan comunitaria como su nombre lo indica.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Harold Pinter, in memoria


“¿A cuántas personas hay que matar para calificar como un asesino en masa y un criminal de guerra? ¿Cien mil?”


Para Harold Pinter, in memoria




Leyendo los periódicos, me entero de la muerte de Harold Pinter, el dramaturgo inglés premio Nobel de literatura 2005, creador de una obra en el que el yo se disgrega en la inanidad del diálogo cincelado con la finura lingüística con el que se encuentran construidas sus piezas teatrales herederas del teatro del absurdo. Tenía 78 años, y un cáncer en la garganta, su viejo enemigo, corrió el telón de su vida, cimentada por el engagé pactado con su conciencia moral para señalar los crímenes nefandos de la imbecilidad del homúnculo que ocupó la presidencia de los Estados Unidos en estos últimos ocho años de pesadilla para el mundo entero.
Cuando el Nobel le fue concedido, la Academia Sueca subrayó que “Pinter devolvió al teatro a sus elemento básicos: un espacio cerrado y un diálogo imprevisible, en el que la gente está a merced de los otros y la pretensión se desmorona”. Es decir, en el mundo de la imagen y de la mediocridad televisada, en el mundo de lo bonito y de lo confortable que nos ofrece la visión noratlántica de la vida, el autismo de sus sociedades (ese pavor ante el sentimiento trágico de la vida, diría Unamuno, que es, en distintas palabras, una claudicación ante el compromiso social), es una metáfora, sino fiel, al menos casi exacta de la enajenación de las sociedades capitalistas, en el que las naciones que se encuentran abajito de ellas, en el sur de las Mecas del poder internacional, esos que son los nadie al cual Galeano se refería, africanos, latinoamericanos, árabes, están a merced de los caprichos y la estulticia de un complejo petrolero militar que fabrica sus enemigos, sus ejes del mal, sus guerras genocidas, apaleando al derecho internacional y a la cordura civilizatoria. Estados Canallas, los llamó Chomsky.
Alguien escribió que el existencialismo de Camus y Sartre, fue engendrado por el horror de las matanzas sucedidas en los campos –de concentración y de batalla- de la Segunda Guerra Mundial. El teatro del absurdo, del cual Pinter fue ruta y vanguardia con sus piezas minimalistas, hizo trisas –al menos para sus lectores comprometidos- la irrisoria tesis capitalista del progreso y la confianza en la ineluctabilidad de su sistema neoliberal. Como en Esperando a Godot, de pronto, uno, leyendo “The Quiller Memorandum”, o “La amante del teniente francés”, concibe la angustia, una angustia velada, preñada de la nada, de la cosificación de la vida en un mundo en el que la solidaridad y la lucidez ante la mentira y el crimen institucional, se afantasman en la mesa del diálogo matinal, o en las charlas cafeinómanas o etílicas.
Sólo lo difícil es estimulante, decía Lezama Lima, pero lo ligero, lo fácil, se ha vuelto dogma para los que, sin saberlo, son postmodernos en un sentido negativo: renegando de las cuestiones vitales –la tan satanizada ideología, la solidaridad al prójimo que se encuentra “abajo y a la izquierda”, la creencia en la utopía-, se ha llegado a la convicción de que sólo lo fácil es estimulante. Y cuando digo sólo lo fácil, me estoy refiriendo a lo establecido, a lo dictado por el Gran Capital y el consorcio gansteril que nos mal gobierna desde 1982 con sus brutales esquemas neoliberales. Desde los centros universitarios, que antiguamente servían, además para la obtención de pergaminos académicos, también para fraguar nuevos caminos de lucha y críticas al stablishment y a la ideología con el cual justifican su darwinismo social los de arriba, corre la especie de la muerte de las ideologías, de la crisis de los paradigmas (el marxista sobre todo desde la caída del Muro ese), y se entroniza la primacía del investigador social alejado de un compromiso que no sea con la “objetividad” sobre todo, expurgado de juicios de valor que pudieran derogar su prístino discurso de lo social. Neonarcisas, las ideas apologistas del “pensamiento único” aíslan aún más los compartimientos estancos del individualismo de las sociedades de consumo, difuminan el campo del interés común, y refrendan el dictum derechista de que “cada cabeza es un mundo”, u otras sandeces de esa ralea. El neonarcisismo social, la atomización del individuo, leitmotiv en el discurso neoliberal vestido con el sayo pintoresco del postmodernismo, apapacha a los sujetos comprometidos únicamente con sí mismos, con sus intereses privados, y prioriza el desencanto político y el abandono de los proyectos colectivos. Este sería, a grandes rasgos, y leído con el ojo comprometido de las ciencias sociales, una visión sesgada (por no ser absoluta) de la obra de Harold Pinter.
Frente al desencanto político, apergollados por la estupidez de la mochiza derechista y la debacle de la economía mexicana producida por el “catarrito” del Imperio, menester es recordar la lucidez del fenecido inglés con unas opiniones suyas.
Pinter caracterizó a los EE.UU. como la pesadilla de la histeria, ignorancia, arrogancia, estupidez y beligerancia al más no poder...Un Estado criminal gobernado ocho años por un idiota que decidió el destino de una nación –Iraq- al oír la voz de su dios (Mammon) para declarar la cruzada petrolera. Develando la hipocresía o la esquizofrenia del Imperio, Pinter hizo suya la disonancia sontagniana referente al 11 de septiembre: “Los Estados Unidos creen que los tres mil muertos en Nueva York son los únicos muertos que cuentan, los únicos muertos que importan”. Ellos siempre serán los héroes de la película; parapetados en su atroz visión hollywoodense de la realidad, los neonarcisos piensan que sólo ellos cuentan en esta historia, que sólo ellos cuentan la historia. Etnocentrismo le llaman los antropólogos, gringocentrismo le digo yo. En su discurso de aceptación del Nobel, grabado y televisado por problemas de salud, Pinter dijo lo siguiente: “La invasión a Iraq fue un acto de bandolerismo, un acto de terrorismo estatal descarado, que demostró el desprecio absoluto por el concepto de derecho internacional”.
Bush, Blair y el racista Aznar, desde las Azores, escrituraron un pacto genocida contra el pueblo iraquí. Hoy, el cowboy de Texas está por largarse, Blair y Aznar ya no gobiernan; pero estos tres criminales, que no se cansaron de escupir la dignidad humana, tienen cuentas que saldar con la justicia internacional, y sus destinos han de estar ligados con las olas de muerte por el cual se desangra la antigua Mesopotamia. ¿Ocuparán algún día estas tres bestias el banquillo de los asesinos en el Tribunal Internacional de La Haya por sus crímenes de guerra? Esa es mi utopía para este 2009: que esos tres criminales sean procesados y sentenciados. Sobre esto, Pinter se preguntaba: “¿A cuántas personas hay que matar para calificar como un asesino en masa y un criminal de guerra? ¿Cien mil?”. Esa cantidad de muertos se ha rebasado, hay una guerra civil en Iraq, orfandad en la infancia de ese pueblo, y con el trauma de sus mujeres, hombres y ancianos en situaciones límite, como producto directo de un sistema capitalista altamente injusto e inhumano que, aunque derrengado por la recesión gringa, aún no se le quita de su cabeza la idea de llevar sus consignas asesinas al mundo entero. Varios países del cono sur latinoamericano, con el viraje a la izquierda en sus gobiernos, ha dicho no a esas consignas de muerte. México lo dijo en el 2006, pero los de arriba se hicieron a los sordos, a los desatendidos o los pendejos…

jueves, 18 de diciembre de 2008

Pueblerina

El martes anterior, en la madrugada, comprobé lo jodida que se encuentra la Villa. Habrá sido por el sereno, por el frío que se incrustaba en los huesos y la carne, o por los perros que le ladraban sin rencor a una luna que se resguardaba detrás de las nubes, lo cierto es que la Villa me dio la impresión, apenas bajado del frigorífico-Mayab, tomado en la ciudad de los curvatos (Chetumal), de que se había convertido en un lugar mortecino, estancado por la irresponsabilidad de sus habitantes (sin distinguir gobernados de gobernantes, por eso de que “cada pueblo tiene el gobierno”, etcétera), y en el que la vida era mecida por el recuerdo apagado de la vida. La Villa se había transformado, cosa previsible en estos nuevos tiempos pri-mitivos, en un pudridero lastrado por todas las desesperanzas humanas y por todas las triquiñuelas y las jugarretas de los marranos que la mal gobiernan.
Los focos públicos, encaramados en la punta de los postes, regaban un amarillo muerto dibujando la somnolencia de las calles con polvo, caca de perros y orines de borrachos, y hacían cierta la fétida sospecha mía de que me encontraba en un lugar rubricado por el tedio y la estupidez de sus des-gobernantes, en donde lo único que me une a él son unas cuantas personas, una tumba sin flores, y hasta ahí nomás. No es necesario decir que escribo con la tinta del fastidio, un fastidio entremezclado con las sobras de un odio difícil de digerir: el odio llamado Peto, el fastidio de mirar esa costra de abulia de los ignorantes con la que recubren sus imbecilidades los grillos petuleños.
Se ha dicho que Peto es una aldea de 25 mil almas al sur de Yucatán, en el que la zarpa del hambre y la garra de la pobreza rural de sus taciturnos indios, se contrasta con la ficticia condición “más o menos” de sus profesores analfabetos y la muchedumbre aculturalizada de sus gringos cabezudos, que acostumbraban regresar del Gabacho en estas fechas decembrinas para pasar unos días en sus “jacalitos” al estilo californiano, y, entre otras cosas más terrenales, para empanzonar a la esposa y así agrandar a la chamacada. Digo regresaban, pues una nota del Diario del 9 de diciembre de 2008, me señalaba que de los individuos que cruzan el Bravo, menos del 10 por ciento regresarán esta vez, y más si se tiene en mente este tiempo de recesión gringa, y de la chinga de los recortes laborares en el país de las hamburguesas transgénicas. En una palabra: de la debacle del imperio de los perros gringos.
Se ha dicho también que Yucatán ocupa el noveno lugar en los índices de marginación federal, y que Tahdziú, municipio hermano y cercano, es nuestra “África yucateca”; pero también, un petuleño consciente, como pocos, José Bautista, un “lupano” revolucionario, ha dicho que “en verdad hay mas pobreza en las mentes de nuestros gobernantes”, que en la casa de los pobres del sur yucateco, “la gente que sufre y tiene necesidades” en las comisarías, rancherías y comunidades mayas y periferia de la Villa…
Empecé este diagnóstico indicando lo jodida que se encuentra la Villa. Trataré ahora de explicar el por qué de mi dicho.
El sociólogo gringo, Inmanuel Wallerstein, más o menos desde hace una década ha venido teorizando sobre la crisis del “Sistema Mundo”, es decir, sobre la crisis estructural que aqueja de raíz a los Estado Unidos; y esta caída actual de la economía gringa (ese “catarrito” según Fecal, pero que a huevo a nosotros nos daría triple bronconeumonía fulminante si nos seguimos apendejando al no revitalizar nuestra economía local, soberanizándola), que ha llevado a nuestros paisas a fajarse los pantalones, mandar a la chingada la murria que produce, y cito otra vez a don José Bautista, el exilio forzado de los mexicanos por la muerte del campo mexicano desde 1982 (año del cambio del sistema de importaciones en la economía mexicana con el fin de estructurar una de corte neoliberal, que se agudizó en 1992 con las reformas a la ley agraria en el periodo salinista) podría verse, entonces, como los estertores de muerte de un chacal (léase los Estados Unidos) a punto de ahogarse en su historia de saqueos y crímenes nefandos. Y este hecho, como efecto, sólo y si seguimos dependiendo y mandando mano de obra morena y “barata” (¿barata?) a las vísceras de un imperio caníbal frisando su hora de muerte, sin diversificar nuestro mercado, sin planes urgentes para salvar al campo mexicano, sin mayores incentivos para la educación traería, por deducción simple, un escenario de muerte para la economía mexicana.
Esto que afirmo es, “en efecto querido Watson”, una verdad de Perogrullo: si dependemos absolutamente de alguien, y si este alguien, en medio del puente de San Francisco tiene una soga recesiva amarrada al cuello y cinchada a una lápida, lo aconsejable es estar precavidos cuando este alguien decida aventarse al agua para zafarnos antes de la catástrofe. Hay que predecir las locuras y las enfermedades de los otros, y no realizar diagnósticos extemporáneos como confundir un “catarrito” con una neumonía, similar si confundiéramos el culo con las témporas. En este tenor, una nota de La Jornada del 10 de diciembre, hacía referencia al informe Panorama Social de América Latina 2008, de la Comisión Económica para América y el Caribe (CEPAL), escribiendo que México, con un ochenta por ciento de sus exportaciones destinadas al mercado estadounidense, con una comunidad creciente de mexicanos forzados por el hambre o el paro a cruzar el Bravo en pos de horizontes que se les niegan en su propia tierra, sería el mayor afectado en esta crisis económica global surgida desde Estados Unidos; y recordaba que en los últimos 10 meses de 2008, las remesas de los paisas sufrieron una caída del 1.92 por ciento a tasa anual, es decir, de 19 mil 970 millones de dólares según el Banco de México. Y en estos números entra la Villa, una aldea –si alguien se olvida- desgobernada por un “honrado profesor”, ubicada al sur de Yucatán, jodida y re jodida desde inmemoriales tiempos priístas y panistas.
Si los índices de pobreza, acá en la Villa, son medio subsanados, medio paliados por las remesas de los paisas, y, si como dicen, Peto únicamente existe en el mapa por esos héroes en el exilio económico –no omitamos, desde luego, a esos albañiles que construyen los nuevos Palace de los gachupines al norte de Quintana Roo-, entonces, tal vez, en estas fiestas navideñas, esa caída de las remesas de nuestros “autóctonos gabachos”, se verá concretizada en menos guajolotes para sus familias que se quedan, o en una mayor importancia que le darán las señitos a la “barata” de los huaches. Por su parte, los campesinos petuleños la verán como la han visto desde siempre: negras y frías en su mundo carente de necesidades básicas. Y el alcohol, por más que nos encontremos en los umbrales de una depresión como la ocurrida en 1929 en Gringolandia, no sufrirá una merma en su consumo: va a correr a caudales; al fin y al cabo, el chillido de la barriga de los nenes no es impedimento para que se consumen las chelas en una de la múltiples cantinas de los regidores municipales, o en las chinguerales del “honorable profesor” que saquea el poquísimo caudal destinado a la Villa y que, en estos momentos, se le ha entrado la estúpida idea de candidatear a una de su parentela.
No es posible seguir dependiendo de un país solamente (un país que, si no recuerdo, fue el atracador, a mediados del siglo XIX, de medio territorio nuestro), y es falso decir que los mexicanos se encuentran acostumbrados a la carestía, que otra crisis económica no le hará mal a nadie, que tenemos en nuestros genes el grueso expediente de la chinga, que el fatalismo y la pérdida es nuestra cruz, que al edil lo apapachan las rígidas estructuras criminales de su partido de la ex dictadura Cerverista. Ese discurso de fatalismo (al no exigir lo que al ciudadano lúcido le corresponde; exigir que se cuenten bien los sacos de maíz a repartir, que no son uno ¡coño!, sino tres, tres sacos tres de maíz) no hay que aguantarlo a nadie, ni hasta al pinche cura de la aldea, que un día ve al cielo pintado de azul panucho, y al otro tricolor caníbal. Uno necesita comida, digno techo, vestimenta, educación, cultura, seguridad laboral y seguridad al caminar, además de una democracia efectiva y directa que no se gaste al día siguiente de las elecciones. En Peto, tanto los dos periodos de los panuchos, como todos los de la fauna de los PRI-mitivos, nos siguen debiendo lo mínimo: la efectiva democracia, el poder al pueblo resumido bellamente en la letra de fuego del artículo 39 constitucional: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo Poder Público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene, en todo tiempo, el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.
Si la mesma Constitución federal nos dice que nosotros, como integrantes del pueblo, somos la fuente de todo poder, ¿Por qué entonces no hacemos cumplir ese precepto constitucional, por qué no monitoreamos a los que nos des-gobiernan? Son preguntas que, me parece, no pecan de inoportunas.
La resignación, remacho, no le hace bien a nadie. Agacharnos y fajarnos los pantalones, aguantar vara, dar la otra mejilla a la prepotencia de los poderositos del solar, son consejos contra revolucionarios a los que uno tendría que oponer, sistemáticamente, un discurso ético soldado en la santidad de la justicia social.
Nadie está acostumbrado a la chinga, señor, lo que pasa es que la conciencia y la dignidad no se da en maceta. Un país, un estado, un municipio, no puede anclarse, fijarse en una economía de exportación de mano de obra al Gabacho. Desde aquí, desde esta trinchera que es México, el remedio se hará.
Y, para empezar la cura al pueblo, considero que lo primero a necesitar son los servicios de un contador y un diagnosticador de obras públicas para “desmaquillar”, en el caso del primero, las cuentas maquilladas del “honorable profesor”; y comprobar costos de construcción en el caso del segundo; ya que, a ojos del pueblo, la certeza de que se ha destripado los erarios públicos para personal servicio familiar del “honorable profesor” es más que sabido. Hoy precisamente, una nota del Diario de Yucatán me informa que con gran desfachatez e inconmensurable cinismo, el “maestro” Canto asegura que la oficina local de la UMAIP funciona a la perfección, y que “todo el que quiera algún tipo de información puede ir a solicitarlo con lo titulares de esa oficina”… El señor edil puede decir lo que se le ocurra, pero sabemos que eso no es así, que no hay UMAIP; y que de las cuentas públicas, estoy seguro que ni los mismos trabajadores de esa UMAIP fantasmática sabrían decirnos de su paradero.
Sin estructura social, sin valores (no moralina, como la moralina hipócrita que pontifica el cronista de la aldea), sin redes en movimiento, en fin, sin sociedad civil, tengan la certeza de que la Villa seguirá jodida como actualmente se encuentra: con la infantil creencia de que la panacea para todos lo males es la emigración al Gabacho, con altos índices de alcoholismo, con calles que parecen sumideros o basurales, con cero planes para el campo, con brutales saqueos al erario público por parte de unos buitres con botitas, con una creciente incultura política para exigir nuestros derechos, la Villa seguirá igual de jodida y rejodida, presa y rehén de chakcsinqueños, catmiceños y anexas bestezuelas.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Observaciones de provincia



Leyendo a Velarde, el poeta de “La suave patria”, amador fiel de la anémica Fuensanta (musa también de los devotos de Velarde), en el poema “Domingos de Provincia” –de la “La sangre devota”-, unos versos me sugieren unos comentarios provinciales:

“en los días festivos, entre aquellas mujeres
no hay una cara hermosa que se quede sin misa”.

Observo que los pueblos de la provincia mexicana, sino exactos en su geografía, idénticos son en sus costumbres. Costumbres católicas, ritos y ritualismos que, aunque históricamente aggiornados, no cambian de sustancia.
Velarde escribió aquellos versos en 1916: 92 años atrás para ser exactos. 2008, año en que mal escribo esta nota provincial, las cosas rituales del affaire amoroso no distan ni dos centímetros de no parecerse a lo que López Velarde contemplaba (estoy hablando de Peto, no del desmadre sexual de Mérida la horrible, Nueva York o el Detritus Federal, el arrabal urbano en el que el catolicismo se pulveriza con un polvo intempestivo): en mi pueblo las mujeres –no solamente las hermosas –van a misa los domingos.
No se crea que la mayoría de ellas sean obsesivamente celadoras del dogma, o que no piensan en los avatares de la carne, almas ilesas a los ojos inquisitivos de los lúbricos demonios que las contemplan subiendo los escalones que dan al zaguán eclesiástico.
Ellas saben que las admiran, las analizan, auscultan. Unos, como el que esto escribe, sesudos teóricos de la belleza petuleña, tal vez recordarán este poema de Velarde que comento:

“En los claros domingos de mi pueblo, es costumbre
que en la plaza descubran las gentiles cabezas
las mozas, y sus ojos reflejan dulcedumbre
y la banda en el kiosco toca lánguidaz piezas.

Confieso que esas “lánguidaz piezas” inhibirían de mí a que salga lo valiente que no tengo, el cazador tras su presa. Prefiero la estridencia de un Stravinski, el humo de un cigarrillo, y que la presa se encuentre fuera de la manada.
En esos domingos aburridos de misa, las hermosas y las feas de mi pueblo intercambian miradas en clave morse amatoria con sus futuros galanes, y cuchichean y sonríen, mal actuando un proyecto de captura; las letanías cacofónicas del cura se pierden entonces en el vacío de la bóveda del templo, recinto de los inicios de un escarceo no del todo católico.
Yo, que ni voy a misa los domingos, y no me siento en buena paz con el yugo y el cepo de ninguna religión, envidio con exceso esta categoría putesca de las mojigatas de mi pueblo seduciendo a la gleba de los pobres de espíritu.

El fastidio cubano



En febrero de 2007, un efusivo y sulfuroso Carlos Alberto Montaner (escritor “liberal” miembro de cámara de la CIA), terminaba de escribir para Letras Libres, una frustránea esquela mortuoria de Fidel Castro del modo siguiente:

“Por fin se anuncia la muerte. Lo llora una extensa y confusa familia de hijos conocidos, sospechados y desconocidos […]. Los funerales son prolongados y emotivos. Deja tras de sí un país totalmente diferente al que recibió que tardará una generación en reinsertarse al mundo occidental. Fidel, en cambio, nunca cambió: la persona siguió escondida tras el personaje hasta el último minuto de su vida. Lo enterraron disfrazado del Fidel Castro que se inventó en Sierra Maestra, hace ya cincuenta años”.

Desde Madrid, Montaner, con su homicida pluma -más efectiva que un cáncer intestinal y una hemorragia en las vísceras- mataba, vez enésima y con calcinante retórica, a su bestia negra totalitaria. En el cerebro del liberal cubano, tal vez los múltiples ecos de los gritos, cantos y vítores dionisíacos de los “gusanos” del exilio americano, que restregaban su orgiástica felicidad necrófila en las calles de Miami, encabritaban sus ánimos esperanzadores de conocer y caminar desde La Habana para un Castro difunto. Ahora es preferible para dos.
Me pregunto: ¿Quién anunció la muerte de Fidel en ese movido febrero? En verdad, ¿quién? De Cuba no habrá salido, por el hecho simple de que del gobierno cubano no sale nada bueno, no importa que este “nada bueno” sea un infundio de “muerte Grande”. Pero lo cierto es que esta reacción –natural- del exilio cubano ante el bulo del deceso del narcisista Castro es comprensible: Castro es una presencia muy arraigada en la cotidianidad cubana, que tal vez sólo será posible de desarraigar con su muerte. Recomponiéndole el poema al poeta Sabines, diría que, en realidad, Fidel son los años de fastidio que levanta cada cubano de la dictadura.
Es un fastidio seguir creyendo que el mundo finaliza en la consigna marxista de transformarlo con la gesta revolucionaria. Es un fastidio tener que soportar que un viejo asesino te imponga su utopía cadavérica pertrechado desde su túmulo dictatorial. Es un fastidio que Cuba sea vista como una "jinetera" por unos hermanos al borde de la muerte, pero que no deciden a largarse a ella al siguiente respiro pedregoso. Es un fastidio que en Cuba se acalle a los Padilla, a los Rivero, a los Oswaldo Payá, o que se intente bloquear a la inteligente bloguera Yoani Sánchez con suspensiones a su pasaporte para recoger en Madrid un premio por su periodismo virtual, o la imposibilidad para acceder a internet. Es un fastidio que las mafias cubanas de Florida (con bases en Mérida y Cancún) saquen partido a las sobradas ganas de los cubanos de largarse de la Isla, hartos ya de la racionalización de la vida, de la racionalización de la libertad, de la racionalización del pensamiento. Es un fastidio que existan todavía “gusanos” académicos auto designados de izquierda, periodistas trasnochados cronicando la "esperanza bolivariana", poetas con guadaña loando las virtudes del Chávez de la tribu; estudiantes adoctrinados por los gusanos académicos, que hacen de la hagiografía chavizta -y de sus epígonos- su modo para sentirse t parte de los trituradores de las zarpas del Imperio. Es un fastidio, para mí en lo personal, que se siga emputeciendo a la izquierda con dictadores seudoizquierdistas que no tienen los suficientes cojones de morirse; verborraicos chavistas dueños de una inextricable retórica, que desconocen las virtudes del saber escuchar. Es un fastidio saber que asesinos corruptos como el rústico y sexagenario Daniel Ortega (un inveterado “Humbert Humbert” abusador sexual de su hijastra), en estos momentos, culea a mansalva a la bella Moret.

jueves, 6 de noviembre de 2008

¿Quién Mató a Mouriño?


a) ¿El Cártel del Golfo?

b) ¿El de Sinaloa?

c) ¿La Familia?

d) ¿El de Los Arrellano Felix? (Curioso, acaban de detener al "Doctor" de los Arrellano Felix; ¿será esta la respuesta de dicho Cartel?.. Lo dudo, pues el de Tijuana se encuentra totalmente desarticulado.)

e) ¿Los Zetas?

f) ¿Algún otro Grupo Narcotraficante?

g) ¿Un grupo guerrillero cuya visión única para la salida del empantanamiento social, es recurrir a la violencia partera de la Historia? ¡Imposible! La rudimentaria tecnología de los grupos guerrilleros mexicanos como el EPR o el ERPI, sólo les posibilita dinamitar ductos petroleros, pero les es imposible brincar el cerco de inteligencia del Estado Mayo presidencial (las cuentas bancarias no les alcanza para andar de "cañonazos" con los mílites).

h) ¿El Mayo Zambada, como respuesta inmediata al gobierno federal por la captura de su hermano Jesús Zambada García, "El Rey", posterior a una balacera ocurrida el 20 de octubre en la colonia Lindavista del Detritus Federal?

h) ¿Felipe Calderón? (el antecedente es Salinas, que mandó a liquidar a Colosio)

i) ¿Un corporativo Petrolero mundial, rival de las empresas del padre de Mouriño, para evitar que se sirviera con la cuchara grande con la reforma de Pemex?

j) ¿O sólo fue un simple accidente como dice el gobierno federal en voz del secretario de Comunicaciones y Transportes, Téllez Kuenzler, secundados por los medios des-informativos de comunicación como Pendejiza (Televisa) y TV Apesta (tvazteca)?

Lo cierto es que, sea accidente o "atentado terrorista", como todo indica que así fue, en lo personal, considero que lo ocurrido el día mismo de las elecciones estadounidenses, demuestra que, a pesar de los chingos de a pesares neocoloniales, en México todavía existen valerosos patriotas. Que no todo el mundo se empina con el garañón español, que el complejo de Malinche no es homogéneo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Un cuento

Desde un lugar de la mancha
Es decir, desde un lugar de la mancha de mi bolígrafo redacto esta misiva, momentos después de haber conocido el Pacífico en una playa oaxaqueña. Apenas conseguí un poco de dinero, y pensé largarme lo más pronto de la península. En la mochila dispuse, como equipaje, dos libros de Borges, una estilográfica y un cuaderno para apuntes paisajísticos. El periplo lo realicé como pude: en carros guajoloteros, a pie, en trenes al estilo guatemalteco, y, por último, en un cadillac de una bella de corte caucásico que en una gasolinera perdida en medio de la nada, cuando yo tenía casi medio día intentando hacer que alguien me llevara, me preguntó si quería subir a su lado. Con una ecuanimidad impostada, de mi boca sólo salió un sí apenas audible. De inmediato la caucásica me cedió el asiento del copiloto, arrimando a Fifí –creo que ese era el nombre de su perra, que me gruñía incisiva cada vez que hacía el intento de calcular con mi vista la esferidad portentosa de los senos de su ama.
Para estallar el idiota silencio que secundaba al ronquido del motor, la caucásica puso en el estéreo una canción de Rigo Tovar. Explicó que le gusta sentirse pueblo, lo que me hizo pensar que si eso era lo que en verdad quería, con revolcarse conmigo sería suficiente, pues, que yo sepa, no poseo ningún pedigrí aristocrático, por el contrario, soy pueblo desde la coronilla hasta los hongos de los pies. Así pasamos dos horas: ella con Rigo, y yo acariciando a Fifí, queriendo estrangularla.
La carretera evocaba una idea siniestra de la felicidad: parajes desérticos, polvo en el parabrisas, el anochecer que se estrellaba en mis ojos, y la caucásica mirándome de reojo, semejaban la felicidad, o tal vez el equívoco de ella.
En Tuxtla, la caucásica, desde su visión celeste de bella altiva, me lanzó la primera propuesta indecorosa de esta historia: “Te apetecería llevar a Fifí a que contamine el parquecito”. Estábamos en un mugroso café. Terminé un cigarrillo y no le pude decir que no, pues corría el peligro de que la perra embarrara mis mineros. Después de que Fifí cagara, la caucásica, ya en el asiento del automóvil, me dijo que iría al banco a sacar dinero y que necesitaba que la acompañara. Una poderosa razón me forzó a decirle que sí nuevamente: había sacado una magnum debajo de su asiento y la floreaba con erotismo, casi masturbándola. Con ella me señaló a la guantera abierta, que dejaba entrever un revólver acerado. “Agárrala, querido”. No dudé en hacer lo que me pedía, el deseo y el temor hacia la caucásica –deseábala, temíala- puso en mis manos de ex poeta el revólver de marras.
En una calle angosta donde estacionamos el cadillac bajo la negrura sin luna de un roble de gorda copa, no había ni un transeúnte, excepto una pareja de enamorados que al parecer no tenían dinero para un hotelito y casi cogían en las bancas de un parque cagado por los pájaros. Caminamos con pasos raudos. La caucásica, sin dejar de trotar, se quitó de forma inexplicable las medias. Yo le dije que esperara a que entráramos a un hotel para que se desnudara, y ella contestó que no me andara con pendejadas y que me pusiera una. Llegué casi al paroxismo cuando olí la fragancia de esa prenda, sin poder ocultar mi depravado fetichismo.
En el banco sólo había una muchacha gorda que se andaba pintando las uñas, mascaba un chicle con el estilo de una talonera, y veía un documental sobre la vida sexual de las morsas. “Este es un asalto señorita, etcétera”, dijo la caucásica, y soltó a Fifí quien de inmediato inspeccionó la zona, sacó los colmillos y se apostó en la entrada, gruñendo como un rotwailer. La muchacha gorda, con gemidos hipócritas de una perfecta talonera, rogó que no la matáramos. “No tenemos intención de matarte, cherie”, dijo mi camarada caucásica. En una mochila que traía, hizo poner a la muchacha talonera todo el dinero de la bóveda. “Ahora sí, querido, larguémonos, pero antes cállale la boca a esa obesa”. La amordacé lo más comedidamente y me dispuse a cargar la mochila repleta de fajos de a quinientos.
Salimos de Tuxtla con un paso de lince, silencioso pero rápido. Fifí volvió a su condición normal de perra de la burguesía. Dormimos un rato en un paraje boscoso, no sin antes comer unas fritangas que la caucásica traía en la guantera, y tomamos unos tragos de guaro que yo había comprado en un pueblo perdido allá en la Península. Ella, como para alejar malos hábitos o equívocos involuntarios, me dijo que me cuidara con ponerme impertinente, pues Fifí había castrado a no menos de diez. Le señalé que no tenía intención de violarla. Después de dormir no más de cuatro horas, reanudamos el viaje cuando el alba no rompía, es decir, antes de las cinco, porque la caucásica tenía ganas de bañarse en el mar, en unas playitas que quedaban detrás de unas lomitas.
La murria me empezaba a chingar en esos momentos, y ya extrañaba la atmósfera inhóspita de la península, con su calor descalcificante y con sus atardeceres arrebolados. Ella quiso indagar el motivo de mi periplo. Insinué que mi intención era hacer la revolución, buscar contactos guerrilleros y joder a los explotadores; es decir, mi prospectiva de vida era utópicamente indeseable. “¿Y quién te jodió tu corazoncito, poeta, digo, pues los que quieren purificar la mierda han de haber probado la hiel menos amarga, no? (Entonces yo no quise mencionarte, Susana). En el parabrisas ya se veía el horizonte marino. Fifí ladraba como perra en estro, cuando los cabellos de la caucásica se soltaron, castaños y rociados por las lanzas solares. Hurgué en el bolsillo de mi chamarra la cajetilla de los delicados que no traía.
Ella estacionó el vehículo nuevamente, se apeó, tiró a Fifí en la húmeda arena y dio esa orden que no me esperaba: “ahora sí, quiero que me cojas, querido”. Lo dijo tan seco, tan lascivamente seco, que las pocas gaviotas que se bañaban de arena alzaron el vuelo despavoridas.
Dejé de pensar en revoluciones pendejas, en contactos guerrilleros y lógicamente en ti, Susana. El único contacto que me importaba era el cuerpo de ella.
En el mar, la luz tempranera del sol fraguaba cristales fugitivos.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Tres poemas

De mi trabajo poético para mis dos lectoras desconocidas, ahí les va estos desbalagados poemitas...



Mar

No se analiza el mar
Ni una muchacha recién parida por la noche.

Borgeana

Que otros se jacten de las mujeres que han tenido,
a mi me enorgullece Violeta,
la que no me ha correspondido.

Necrológica

Señor fumador, tal es tu vicio.
Gaitero de músicas perdidas.
Hermano filósofo,
acaso nietzscheano.
Buscador de oro, mustio oro,
en las lapas incestuosas de la mujer unánime.
Divagador insistente, siempre siempre
en las noches de humo y vicios circunspectos
en donde murmuran, sin nada decir,
mujeres muertas (no de la risa, no del amor,
muertas muertas, irremisiblemente,
estúpidamente, nerudianamente,
bellamente muertas)
y sangran óxido las espaldas del viento.
Calles de mi pueblo
a la intemperie de noches occisas
dirigen mis pasos a las puertas de las casas que yo mas odio.

jueves, 23 de octubre de 2008

La poesía: Un revulsivo social

Octavio Paz creía en el valor social de la poesía, entre otras cosas, valiosa en sí misma. Ella nos salva, no contra la muerte (todos estamos sentenciados desde el principio y el fiel patíbulo nos aguarda), previene (no contra las pasiones del alma, que obstruyen a la sospechosa razón de su análisis abstracto, inhumano), nos desencanta de los artilugios de una sociedad avocada al reino inefable de las cosas.
Cura el alma del marasmo espiritual, acrítico, de abobamiento destructivo. Desencadena el descontento de una sociedad estatuida sobre estructuras mercantiles o tribales, que expolian la vida de los hombres. “Dudo mucho –dice Paz- que podamos tener una sociedad buena si carecemos de buena poesía”[1]. Lo que Paz señala no es buscar dentro del lugar en que discurre nuestra fantasmagórica existencia, el verso clásico desprovisto de ripios, sonsonetes o grillas pasajeras.
Fuerzo la interpretación de este juicio pazceano –discúlpeme si me lee un hermeneuta del maestro – y afirmo que la poesía, lenguaje en segunda o tercera potencia, desintegra cualquier modelo de ídolo (no se si fue Francis Bacon el que habló sobre las rémoras ídolo de la razón); adjetívese a estos con la abigarrada muestra que la mujer ha creado. Porque la mujer –y no sólo el hombre- también crea ídolos. Si unos hablan del Hombre en abstracto, déjenme a mí hablar de la Mujer por igual término, aunque, soy sincero, prefiero a la mujer concreta, carne de mi carne, huesos de mis huesos.
La mujer, o el hombre, o entrambos (el monstruo de dos espaldas), crea, a su imagen y semejanza, los distintos ídolos que le han venido dando lata desde que esta parejita ilusa fue expulsada del paraíso, bajada de los árboles por el hambre o salida de las cavernas ante el miedo a la humedad oscura de Altamira.
Crea, crea constantemente, no se cansa esta parejita de crear sus ídolos que les arruinan la comida o les impide conocerse.
La función principal de la poesía es romper esos pinches ídolos, esos cánones acedos, esos cepos sociales imbéciles, las mazmorras mojigatas de la razón, de la teología, del tabú convenido, de las divisiones de clases, del desdén de la amada por crear a la parejita. Rompe los ídolos que impiden que la parejita se vuelva a encontrar.
La poesía, y me sirvo de una metáfora de John Rawls (poeta hermético de la justicia social) descorre el velo de la ignorancia, transparentando el ser. No instaura una única, unívoca razón; instaura un multisentido, afligiendo el seso de toda lógica políticamente correcta. Un multisentido que no es este sentido canallesco, desquijotado del stablishment actual, imbuido del imaginario occidental:

“Me niego a aceptar que la producción y el consumo pueda dar sentido a la vida humana. Todas las grandes religiones y filosofías nos dicen que los seres humanos somos algo más que productores y consumidores. En fin, sin una sociedad sin justicia social no es sociedad buena, una sociedad sin poesía es una sociedad sin lenguaje o en la que el lenguaje se degrada”[2].

Uno, rebelde antes de darse de topes contra el sentido de la realidad, (es decir, con la pregunta ontológica que tarde o temprano –más tarde que temprano- todo bicho que no sea miembro de ninguna incestuosa burguesía, se hace: la de que cómo coños voy a comer, follar, sobrevivir en el reino cáustico de lo necesario) ve al valemadrismo como una mística de la anarquía de los selectos vagos cuyo primer mandamiento es la devastación de todo pensamiento burocrático, defendiendo de lejos el ocio que saca almorranas al culo moralista del capitalista hormiga, que nos jode con sus ucases de producción la memoria de los días inútiles, de los días felices – o arropados con el disfraz de un día en apariencia feliz-, agarrados con fruición de las tetas de la amada, de los días en que te pasabas kilométricas horas revisando estanterías en la biblioteca en que conociste a esos cabrones que deconstruían con su escritura la verdad única del cura del pueblo, verdad cortada por el mandamás de la tribu o la funambulesca raza de ventrílocuos divinos que con sotana y asperjeantes hacen unívoco el caos del ojo herético, de la mirada polisémica…
Una mística de la anarquía que, pasado cierto tiempo (apurados por el mes de la novia que no se presenta o los remordimientos de un zángano en proceso de extinción), añoramos con furia el cada vez lejano reino de la vagancia donde las preocupaciones cotidianas eran pesadillas de otros, no nuestras.
Y así, la hermosa, desbalagada, eterna y anárquica poesía, la arrinconamos, pero no excluimos, la ponemos, hierática, en el estuche estridente de la fiesta, a nuestras horas mejores, noche o día : Ella, como la mujer y todo lo que es lúcido sin monotonía alguna, se mueve, sin embargo se mueve, rumbera de piel canela, puta siempre virgen, a la izquierda y a la derecha de los paréntesis que encierran la verdadera vida, esa vida no regida dictatorialmente por los preceptos inexorables del chequeo de la tarjeta laboral. Porque la vida, la verdadera vida, recordemos a Paz, siempre está en otra parte.



[1] “Tiempos, lugares, encuentros”, Revista Vuelta, año XV, Dic. de 1991, página 20.

miércoles, 22 de octubre de 2008

DE CÓMO LA GLOBALIZACIÓN LLEGÓ AL MAYAB PARA ¿QUEDARSE?

“Si uno de los motivos de la caída del socialismo real fue un economicismo planificador que olvidó cualquier propósito humanista, el moderno capitalismo reserva a los políticos el mero papel de policías y jueces del autoritarismo del mercado, sin permitirle salirse de pautas predeterminadas por los centros de poder económico y financiero.” Manuel Vázquez Montalbán. “Panfleto desde el planeta de los simios”.
Los mayas, o la etnogénesis maya fue, dice Restall[1], una invención –yo diría ficción- de los vencedores de la Conquista, que tomó cuerpo en la Colonia, pasó subrepticiamente entra las heteróclitas milicias de la Guerra de Castas[2], y culminó su formación en la etnopolítica del Estado moderno homogéneo; indicando que en el periodo colonial, este vocablo connotaba una dirección peyorativa entre los propios “mayas” –como sucede en la actualidad, donde, según Ever Canul, catedrático de la Universidad de Quintana Roo, en las zonas donde asentaron sus huestes los gloriosos “mayas” cruzob (después de haber leído a Restall, a Gab, concuerdo con la tesis de que en las zonas de refugio que hoy ocupa el actual estado de Quintana Roo, los descendientes de los vencidos no se reconocen como tal[3], no logran imaginarse como tal- o de subordinación entre los vencedores.

Sobre esta difícil imaginación cultural de los grupos mayas peninsulares insertos en un proceso etnofágico cultural de los grupos hegemónicos, Bernardo Caamal Itzá, periodista, agrónomo versátil, y estudioso de las tradiciones de su pueblo, se ha preguntado por el paradero de los mayas, del Mayab y de los aportes de un pueblo en decadencia, aculturalizado:
“¿Dónde están los Mayas? ¿Será que es posible visualizarlos por la forma en que practican la agricultura, uso del monte, idioma, alimentación, religiosidad ó en los centros arqueológicos? ¿Pero qué pasa con esta cultura? ¿Quien sabe más de ella?, será que uniformizando su alfabeto es posible que ‘los Mayas’ puedan comunicarse y realmente funcione el ‘Kuxan Suun’[4] (la soga viviente) ó con ello poder publicar múltiples libros ó organizar cursos-taller que permitan que unos cuantos “Mayistas” continúen gozando de sus privilegios de ser los únicos portadores de la “verdad” sobre esta gran cultura.
¿Dónde esta el Mayab? En alusión a lo que significa ser Mayas; de esto recuerdo a un viejo amigo que al cuestionarme, me decía: Cuando duermes ¿Sueñas en maya? u otros decir: ‘¿le platicas en maya a tus hijos?’; ‘¿le enseñas a ser cómo Mayas?’; lo que dices ¿Realmente lo practicas?; sigues los usos y costumbres de los abuelos: cómo el interpretar los sueños, el canto de los pájaros, insectos, entre otros; el culto a ‘Yuum Ch’aac’ (ofrendar a los dioses de la lluvia); ¿Te desparasitas con las plantas medicinales antes de la temporada en que se mueve el “tzab” (pléyades) y la ‘canícula’; ¿Sigues las indicaciones de bajarte la ‘bilis’? ó que te masajeen el cuerpo cada 6 meses, ¿Siembras bajo los efectos lunares?; a tus hijos le inculcas a que aprendan diversas actividades para que no tengan problemas en cuanto al trabajo y le facilite su inclusión a la sociedad donde le corresponderá vivir.
Otros dirán ¿Cómo llevar el “desarrollo” a los Mayas? y sobre todo ¿Cómo organizarlos para que hagan sus empresas y produzcan de acuerdo a las exigencias del mercado para que no sean tan “pobres”, porque el no saber leer y escribir, dudo mucho que ellos posean esos conocimientos de aquellos mayas que construyeron esta séptima maravilla del mundo moderno, en alusión a Chichén Itzá.
Quién tendrá la verdad entonces, ¿Qué aporte hace la civilización maya al mundo entero?, y sobre todo si los Mayas no hubiesen existido en Yucatán ¿Será que es posible atraer a los turistas y florezcan los múltiples negocios dedicados al ramo tal como sucede hoy en día?[5]

Una primera respuesta que se podría dar a la pregunta del paradero de los mayas, es que el maya está, como el propio Bernardo Caamal Itzá indica muy a su pesar, en la cabeza teórica de los Mayistas como Restall, que gozan “los privilegios de ser los únicos portadores de la ‘verdad’ sobre esta gran cultura”, o aherrojados en el Palacio Cantón y vigilados por el sumo Mayista. Es decir, el Mayab ya no existe sino, para los pocos que lo leen, en la literatura de Mediz Bolio, o en las piedras hoy mudas de Chichén, Uxmal y Mayapan. Los mayas ya no existen, han muerto, los mató la seducción de Occidente o los olvidaron los propios mayas yucatecos.
La tierra del Mayab, como convienen geógrafos y cartógrafos de buena fe, no se encuentra en el sur de México. Por azares políticos, económicos, se encuentra encasillada ahí, en el mismo saco que Chiapas, Oaxaca y Guerrero. La península yucateca es la nariz de México que tira a oler hacia el norte. (En Peto esto es axioma, largarse a los Estados Unidos después de la secundaria o del bachillerato). Pero eso no me interesa, me da igual si la pusieran en China o en el culo del mundo (aunque tengo entendido que, China, efectivamente, es el culo del mundo).
Hablando de regiones, Yucatán es netamente región histórica, donde todos los pasados, desde la Conquista, se encuentran vivos, sangrantes. Sin menospreciar las pinzas de lo económico, pienso que una región se configura y realza en el tiempo, ya que la temporalidad es el segundo elemento para conformar el binomio espacio-tiempo de todo lo existente. Tanto las fuerzas económicas, sociales y políticas, remojan sus barbas, no en las aguas heladas del cálculo egoísta, sino en las aguas del río de Heráclito; río muy majadero porque no permite a nadie bañarse dos veces.
Pero no metamos en este texto que se pretende ensayo, al viejo Heráclito con su río. Dejemos a un lado las herramientas de la retórica que hemos venido ensayando (pura digresión y circunloquio reiterativo), para darle vuelta al asunto que nos truje: a saber, el cómo de la llegada para quedarse de la tan mentada globalización en los lares del Mayab.
El sur de México es polimorfo, políglota, poliétnico (¿o se escribe pluriétnico?) y, ¿por qué no?, político. En el sur hay una parte –para muchos la menos bella – que me interesa en demasía. Esa parte –o región –es el Mayab, que, según Mediz Bolio, significa “nación de los hombres verdaderos”. Verdaderos o no, eso no me interesa. Del Mayab es esta villa, a veces bella, y a veces no tanto.
En el Mayab lo indígena es mayoría. La fisonomía, el apellido, la toponimia, el “coox viramiento” político[6], las mitologías y las consejas de las abuelas refrendan con mayor profundidad la tesis de Mario Humberto Ruz acerca del sur de México:
“En él, al mismo tiempo que se cobijan en ruinas artes civilizatorias que otras latitudes todavía no alcanzan, es presente lo que para otros es pasado. Aquí Mesoamérica no es un concepto arqueológico, es horizonte cotidiano. Los indios no son ni defensores de la Patria ni solemnes antepasados, son presencia viva y corpórea, a veces dulce, a veces violenta como todas las vecindades. Indios y mestizos se detestan y se extrañan, se toleran o se evitan, se enamoran y se matan, como cualquier otro ser humano”.
Esta cita de Humberto Ruz me fuerza a hacer una digresión: Cuando Ruz escribe que “Indios y mestizos se detestan y se extrañan, se toleran o se evitan, se enamoran o se matan, como cualquier otro ser humano”, no se olvide y se pase de largo la certeza de que en Latinoamérica, en el Mayab, y en Peto[7], el racismo es bullente: desde el complejo del color de la raza como concepción estética, pasando, incluso -el ejemplo se da preponderantemente en Yucatán-, en los apellidos indígenas, en los rasgos o la omisión voluntaria del idioma materno. América, como sabemos, es producto de una conquista, un ayuntamiento feroz, violento, de españoles e indígenas. El elemento dominante en mayoría, el indígena, pronto se vio disminuido por pandemias, segregación, mestizaje y sobre explotación por el elemento conquistador. Los hijos de estos dos pueblos, los mestizos, al momento de tomar conciencia de su “semiorfandad shakesperiana”, se pusieron en la disyuntiva de decidir: ¿a cual árbol me arrimo? ¿O al ceibo –hablo de la flora peninsular, la única que conozco –, el Yaxché mitológico (comunicador de los tres mundos) de su madre maya, quemado y requemado por el auto de fe de De Landa y la catequesis cristiana; o a la encina, el alcornoque y la higuera de su padre español (reticente y siempre lejano), que le otorgó la lengua, sus vicios y prejuicios? Al igual que su padre, el mestizo – los caxlanes o los dzules- acabó por menospreciar a sus tíos (los indios) llamándoles “perros sin alma”, sin derecho a entrar en las principales calles o en las plazas de armas de sus villas[8]; a su madre –con el impulso misógino de su padre acrecentado en su cerebro machista-, la empezó a ver con indiferencia, callándola siempre; o, cuando en el color de su piel predominaba el tono de su padre, avergonzándose del lustre cobrizo de su progenitora; y rehuía de su presencia. Llegó un momento en que el mestizo (con lecturas poéticas en su haber), le espetó a su progenitora el ominoso apodo despectivo de “La chingada”. Y así, de ese hallazgo verbal, un tipo tan inteligente como Octavio Paz llegó a sondear en los bajos fondos del ser del mexicano, diciendo que todos somos “hijos de la chingada”.
Frente a estas aberraciones tropológicas de escritores de la talla de nuestro Nobel (su discípulo, el sesudo Krauze, llegó a afirmar que el fin de todo problema en México –léase étnico- se encuentra en el mestizaje; nada original si se rastrea su pensamiento nazi derechista en el plan etnocida del nazi-cristiano José Vasconcelos, con su concepto de la “raza cósmica” como crisol de los pueblos autóctonos de América –con predominio del elemento español, por supuesto- y del juez de paz, Andrés Molina Enríquez en su libro “Los grandes…”) lo único que se puede decir es que Paz escribió desde una posición liberal, hegemónica, urbana, aristócrata, cosmopolita, donde el país solamente es México City y sus pinches chilangos que se creen que en verdad viven en el ombligo del mundo; poeta que da primacía al México imaginario a costa del otro México, el México del hombre de las comisarías petuleñas, el México Profundo, es decir, el de los “jodidos” del Sureste mexicano.
En el sur y en el Mayab, Mesoamérica es pasado vivo en presente muerto. Aunque dicho presente es conjugado mal por las élites, malas en gramática. Y aunque uno no se cansa de recordarles el sabio consejo de Don Quijote a Sancho, de que los que gobiernan ínsulas – o penínsulas, o villas – han de saber gramática, los muy cabezas duras, cacasenos, no prestan atención. El desarrollismo chambón, irle todo lo que tengo a los Estados Unidos o a la Riviera Maya sin crear capital humano crítico del sistema de cosas de la villa, el afán de lucro como norma administrativa de gobierno, el trasiego inmoderado del erario público a las cuentas privadas de los que gobiernan, se ha propuesto, en los últimos años más que nada, a echar fuego al viejo tronco milenario del Yaxché, espoleado en su interior por las termitas casta divinas teledirigidas por el Gran capital.
Pero esto no se proponía ser un ensayo de crítica política, no obstante que todo escrito, tengo entendido, es político. Lo que pasa con la vida aburrida y mefistofélica de los políticos es cosa que no me interesa historiar. Me interesan, eso sí, las consecuencias que sus yerros y aberraciones producen en el contorno en que me muevo. Cuando digo que la globalización llegó al Mayab para quedarse, lo que a las claras quiero decir, es lo siguiente: ¿Cuánto es el tiempo acordado para devastar y aniquilar a los mayas, aquel “elemento arcaico y derrelicto” que hay que suprimir o aventar al “basurero de la historia”? Esta es una pregunta que me planteo a diario, y quienes me la pueden contestar, no les interesa discutirla porque, seguramente, andan demasiado ocupados en acrecentar sus inmensas fortunas, o en pactar “planes de desarrollo” (léase planes de explotación) para Yucatán con empresarios trotamundos[9]. No tengo la respuesta, pero la pregunta que me hago la considero más importante que toda respuesta que se pudiera darle. Estos planes de desarrollo, son la manera con que Occidente neo coloniza a estas tierras:
“Porque lo que aquí llamamos avanzado, moderno y urbano, no es la punta de lanza de un desarrollo propio, interno, sino la resultante de la implantación de la civilización occidental desde arriba; y lo que llamamos atrasado, tradicional y rural, no es el punto de partida de aquella avanzada, sino el sustrato indio de civilización mesoamericana. La relación entre ambos polos no fue nunca armónica ni lo es ahora; por lo contrario, es una oposición hasta hoy irreconciliable, porque descansa en la imposición de la civilización occidental y la consecuente subyugación de la civilización india. No hay una simple coexistencia entre ambas, que facilitaría probablemente el intercambio cultural recíproco y podría culminar en su unificación, tal como lo proclama la ideología oficial. Lo que hay es una relación asimétrica, de dominación y subordinación, en la que no se concede a sectores de cultura india (mayoritarios en el país como hemos visto) ningún derecho a conservar y desarrollar su propio proyecto civilizatorio; si tal ocurre, es sólo por la incesante resistencia de esos grupos, que se manifiesta en las formas más variadas. En términos de la ideología dominante, la civilización india no existe; la oposición se enmascara bajo la fraseología del desarrollo –en cualquiera de sus modalidades- que convierte la imposición de una civilización ajena en un proceso natural e inevitable de avance histórico”.[10]

Toda buena pedagogía crítica no debe hacer de los hombres receptáculos de respuestas sino creadores de preguntas, dudas y más dudas, el por qué y el para qué de que el Mayab se abra a la modernidad. Tener un ciento de preguntas sobre el estatus quo es más reconfortante que si se posee –y sólo la derecha casta divina, o casta beduina, en la actualidad, lo posee – un sistema clasificador del mundo, un sistema cuadrado, sin aristas, moldeado según nuestros pareceres y nuestros prejuicios económicos, sociales o étnicos. Porque, en el fondo, todo sistema de categorías – y la globalización es la categoría más acabada con que se intenta de forma totalitaria acelerar a los mayas a trasmigrar, largarse de las futuras zonas de intereses económicos del poder trasnacional – (normas del Estado-Nación, religiones que instan a la servidumbre, morales abyectas de los detentadores del poder) se diluyen en el oleaje inmarcesible del poder de la ironía: la ironía como un instrumento de lucidez para luchar contra la estupidez de cualquier tipo de poder. Toda utopía (o distopía) que sea forzosamente colectiva (como las actuales utopías de los tanques pensantes, de los halcones de Washington, o las utopías de las Sociedades Anónimas), lo que desencadenan, ineluctablemente, son Gulags, cerrojos y murallas totalitarias. El por qué y el para qué, dudar contra todas las consignas políticas que conciben a la libertad como una estatua de cemento. Es un deber poseer la seguridad de que todo en este mundo es criticable, discutible, analizable, dialogable, disentible. Lo que se persigue es la obra abierta, o, mutatis mutandis, como dijera Kart Raimund Popper, las sociedades abiertas instaurando dentro de su seno a lo diverso.
Y es que el Mayab, dentro del abigarramiento que implica el sur de México, pareciera ser un monolito del neolítico, o una estela de la Venta. No, el Mayab está abierto al cambio dentro de su cultura. Mario Humberto Ruz, refiriéndose al Sur, lo visualiza como un crisol de identidades:… “Coincidencias, sincretismos, síntesis, yuxtaposiciones, nuevas creaciones. El Sur es un inmenso arsenal de estrategias para re-crear identidades, para imaginarlas, para soñarlas”. En el Mayab, además de lo que señala el autor, se suceden enredos, mixturas, “achocamientos”, mancebías de identidades comidas por la identidad predominante: lo indígena como demiurgo creador. La esencia del Mayab –si es que existen esencias en los pueblos - es el yucateco como dialecto sonoro del español (si no me apuran, escribiré germanía en algunos casos). Es una jerga enrevesada, peor –cuando se lo propone – que el difícil lunfardo. Para un yucateco de solera, es normal mentársela al imbécil que gobierna, recordándole su condición de coprófago con el vocablo maldito de mactaá, que significa lo mismo que el excelso “comemierda” de los cubanos.
En fin, he hablado en este ensayo disparejo y deshilvanado de todo, que es lo mismo a hablar de nada. Seamos un poco rigurosos con el lápiz, y no dejemos a nuestra musa cantar canciones de otro sarao que no vienen al caso.
Algo que pasa muy mucho en estas tierras de los libaneses y el bolero apendejado[11], es la integración acelerada del México profundo –del yucateco profundo – a las zonas de mayor despeje económico a nivel internacional. Las lajas yucatecas son –como el Sur desde la desaparición jurídica del campo en 1992-, una inveterada exportadora de Tutul Xius (la culpa no es sólo de los Xius), Cocomes, Peches, etcétera, al polo turístico más racista que conozco: Cancún y la Riviera Maya. La integración es económica, lingüística, telenovelera (“los nuevos altares se estructuran en torno al televisor”, dice Humberto Ruz), educativa, neoliberal.
Matterlart, refiriéndose al neoliberalismo, lo ve como la “mundialización del capitalismo integrado”. Decornoy lo visualiza como el “apartheid mundial”. Goldsmith, hablando del heraldo por antonomasia de dicho sistema de mercadeo, las multinacionales, nos previene de su expansión inmoderada: “Se afronta la época de la planificación central a escala planetaria: el colonialismo global de las empresas. Este nuevo colonialismo de las empresas trasnacionales pueden ser el más descarado y brutal que se haya visto. Podría tranquilamente empobrecer y marginar a las personas, destruir a las culturas, causar desastres ecológicos más de lo que haya hecho el colonialismo anterior…”
Querámoslo o no, es imposible frenar la oleada de la historia (del Mayab, y de Peto desde luego) a ese vertedero sucio de la globalización económica. Rehuirla sería un gravísimo error de cálculo; desazolvarla de las pirañas y las lacras, un acto de cordura. Porque si se entiende a la globalización sólo como el saqueo sistemático del norte industrializado versus el sur asilvestrado, me parece que dicho entender es propio de un oligofrénico. De los programas (o pogromos) de desarrollo implantado en los países subdesarrollados, Roberto Gonzáles Sousa[12] escribe lo siguiente:
“Con demasiada frecuencia la realización de estos programas ha estado en manos del capital privado internacional y, en mucha menor medida del nacional, en un contexto donde ha cambiado el papel asumido por el Estado en la planificación y desarrollo del territorio.”

Se verifica a diario la asimetría del mundo –ese barrio de pueblo tan asimétrico en su urbanismo donde se yuxtaponen a diario los Estados chabolas villamiseria con los Estados bunkers aislados de los dueños del poder internacional; se yuxtaponen, es decir: los Estados bunkers demoliendo, expoliando, aniquilando a los Estados miseria; el mundo, dijo Vázquez Montalbán, se ha convertido en una mala adaptación a la realidad imaginaria de la profecía cinemática de Blade Runner: “en lugar de un mundo una mega-empresa”.
Mientras los teóricos del antiestatismo sacan en conclusión –apoltronados en los textos cuasi-sacros de Popper o Noszik –el devenir histórico del desarticulamiento-descuartizamiento del Estado, las sociedades del humo afianzan al infinito sus posicionamientos de poder inapelable; los holdings internacionales se atrincheran descomedidamente; los grupos oligarcas derrocan soberanías ficticias, y el Gran Capital colonializa sin pudor pueblos derrengados –y esto cuando las cosas se dan a la buena, cuando existe oposición, esos pueblos entran en la mirilla del etnocidio o, como en el caso cubano, se embarga el mercado de un país-; y esta novísima colonización se estructura en torno a redes simbólicas de mercado, redes de poder diría Bartra; demiurgo el mercado que no cree en su creación), o tiran al basurero de la historia a los inadaptados a correr la maratón enfermiza de la abundancia y el desarrollo.
Frente a esa innúmera hueste de perdedores por naturaleza, afianzan su destino ganador los poquísimos que se encuentran nadando en el nihilismo de la abundancia. En esta situación pesimista de la historia, de pensamiento único, de neurosis colectiva única (¿en qué punto de la enajenación se encuentra el malestar de la cultura?), el ucase contra la izquierda abonada por la CIA reconfigura un pensamiento acrítico, de adaptación al molde ejecutivo, burocrático, mercantilista, donde la literatura sería solamente la lectura diaria de la sección económica de los periódicos oficiales.
La “jauría mediática e intelectual adicta al poder” consigna, convencidos de forma inequívoca, el acta de defunción de la izquierda. Los doctores del extremismo derechista, enmascarados en una seudo ideología liberal, concluyen la lectura de lo social con el imperativo inamovible de la muerte de la historia y el anacronismo de las luchas sociales. Y se dice: “no te vayas a la sierra indígena de Guerrero, vete a Huatulco; no subas a Las Cañadas indígena de Chiapas, emigra al norte, emigra a Quintana Roo”.
Estos apologistas intelectuales del mercado, mamadores a ultranza de los caprichos y las volubilidades de una trashumante oligarquía financiera anónima (literalmente, el poder económico es anónimo, no así sus bombas económicas, sus guerras de reconfiguración geopolítica), descubridores siniestros de los textos de Hayek y Fridman malévolo, escrituran lo siguiente: palo contra todo lo que se considere de izquierda; lo necesaria es la total supresión de esa “infame turba” , etnia subversiva: todos los medios (y la mediología) están justificados por el fin (la defensa y preservación de los valores capitalistas-calvinistas frente a las maquinaciones truculentas de la izquierda incendiaria): detenciones arbitrarias, homenajes académicos, tortura, embajadas europeas, ejecuciones sumarias, ediciones de libros, desapariciones, miserias, postgrados, becas Guggeinhim, entrar al sistema nacional de investigadores, secuestros y premios Nobel.
El planeta quedó pequeño ante las inconmensurables ambiciones de las corporaciones trasnacionales. El mundo, siendo un profesional del pesimismo en cuestiones universales (alguien ha dicho que el pesimismo es una forma de optimismo, y yo lo suscribo), se reduce a seres competentes fraguando un destino gris, pasteurizado. El pensamiento crítico es difícil de encontrar en los lugares en que supuestamente se hallarían. Nadie escribirá, como en el Mayo francés, la frase cáustica de “desabotónense el cerebro tantas veces como la bragueta”(a veces hasta ni la bragueta cuando escasean los amores). Y es que, en el sistema capitalista actuante que perpetra su imaginario genocida, es difícil no querer formar parte de la inmensa grey lobotomizada por los artilugios tecnológicos –ya no teológicos- que el Gran Capital articula para la pasividad selecta de los elementos sociales.
Con parsimonioso caminar, las sociedades agrarias –como las del cono sur de Yucatán, como Peto; no así Tahdziú, o las comisarías petuleñas- van siendo desbrozadas, de forma ineluctable, por una reconfiguración absoluta, con tópicos tecnológicos, necesidades autoimpuestas, multimedia, capacidad de autoaniquilamiento de las estructuras identitarias, erradicación del verso o de la prosa combativa. A la pregunta “¿Qué es la literatura?” Sartre se respondía que es el lugar en donde hablan “los que no tienen voz”. No olvidemos que, los que no tienen voz, las más de las veces no cuentan con el tiempo de la lectura: el trabajo en los complejos hoteleros, aburrición total, apenas les suelta horas de vida.
La consigna del pensamiento único, su objetivo es producir y producir, embotar el ser con el tener, crear el imaginario de lo posible rodeando la conciencia con trabajo embrutecedor y ocio inútil. Este sistema atroz, que desmitifica pueblos, excluye a millones de humanos, ha convertido al hombre (me refiero únicamente al occidental.-los pueblos indígenas son las pocas bolsas de resistencia que quedan…en estado miserable) en un “¡Ángel con grandes alas de cadenas!” (el verso es de Blas de Otero). Dudo que esas alas, por su peso, lleven algo bueno a los pueblos. La polución del ambiente corrobora esta cláusula.

“Existe una creciente evidencia –señala González Sousa –de que nuestro estilo de desarrollo, patrones y niveles de consumo, formas de producción y explotación de los recursos) tiene un impacto significativo sobre la sustentabilidad de las estructuras y procesos espaciales de que depende la humanidad para su supervivencia…”[13]

Todas las pruebas que se aplican (desde los estudios interdisciplinarios, oblicuos, donde se correlacionan teorías antropológicas, sociológicas, estudios urbanísticos, poéticos, económicos, ecológicos) a esta forma de desarrollo tan caníbal que se viene perpetrando en el mundo, indica la gravedad del sistema en que se mueve más de media humanidad, el daño cuasi irreparable a la naturaleza del hombre y la tierra. El neoliberalismo rompe todos los esquemas íntimos de vida de los pueblos.
El dato que refiere González Sousa, “de que la economía global hoy en día –y este dato es una cita de Brow L et al. (1991) “Del crecimiento al desarrollo sustentable”, escrita en 1997 por González Sousa- con una producción anual de más de 25 billones de dólares (1994) produce en 17 días lo que en 1990 tomaba un año y la tendencia es acortar este plazo…”, con estupor, me lleva a cuestionar: ¿en donde se palpa esa gigantesca riqueza, y por qué media humanidad –o más- muere en los estragos del hambre; y por qué el África subsahariana, excluida es de toda esperanza; en donde acaba esa cifra? Se ha dicho que la libertad no existe cuando no hay libertad de pensamiento; digo también que, sin la justicia social y la dignidad del hombre, la libertad devendría en una idea abstracta, alejada de todo amarre con la realidad lancinante.
Vemos que todo tipo de poder (religioso, político, científico, cultural, económico) gestan contratos leoninos cuyo fin estriba en la instauración de islas de confort para los hijos y bastardos del Gran Capital (oligarquías y clases medias aburguesadas, respectivamente. Y para obtener dicho fin, se crean mecanismos de control (jurídico, militar, de presión económica, ideológica) encargados del desmantelamiento de todo dique de contención de las zarpas invisibles del mercado caníbal:
“En América Latina –señala Galeano- vivimos tiempos de desmantelamiento del Estado. La hora de la verdad, a cada uno su deuda y cada cual en su sitio. El Estado no merece existir sino para pagar la deuda exterior y garantizar la paz social, lo que significa, en otras palabras: vigilar y castigar…El sistema fabrica a los pobres y les declara la guerra. Multiplica el número de desesperados y de los presos…Los amos del mundo han alcanzado en este fin de siglo un nivel deslumbrante de perfección jamás igualado en la historia humana, en la tecnología de la información y la muerte. Nunca tan pequeño número alcanzó a manipular o a suprimir a un número tan grande…”
Charles Baudelaire pensó que “la mayor astucia del diablo consiste en persuadirnos de que no existe”. En el desorden de cosas actuales –donde el terror al “salvaje” por parte de occidente se cierne sobre todo a Al Qaeda[14]- la mayor astucia de los halcones y los tanques pensantes del pentágono, es decirnos que el sistema de libre mercado es el único capaz de corregirle la plana de la creación a Dios, creando “el mejor de los mundos posibles”. El desproporcionado regodeo en sus dogmas de los atalayeros del poder económico, les hace pensar que todos los hombres son los Cándidos creyendo a pie juntillas esa crasa falacia.
Refiriéndose al slogan de cabecera del gobierno municipal de Othon P. Blanco (“Juntos pulimos el diamante del sur”) una compañera antropóloga del ENAH hizo la exégesis rotunda y lúcida del precitado slogan: “Fíjate en la frase con que se presenta este plan regional de desarrollo. El verbo pulir es demasiado explícito: significa apartar, allanar el camino para las inversiones privadas (no de empresarios locales, esos son minoría), comprando o robando (ya no digo expropiando por que eso no va) tierras ejidales. Pulir el diamante es quitar las aristas, las corrugaciones autóctonas que, en un momento dado –pienso en Atenco, le sugerí –pudieran oponerse a la depuración del diamante. Es una cosa tan cínica decir: “Juntos pulimos el diamante del sur”: ¿Juntos quienes? Desde luego que las trasnacionales hoteleras y sus lacayos políticos.
Este pulimento-acoto aquí- es un ejemplo claro de lo que teoriza González Sousa:
“En la actual fase de globalización de la economía, con crecientes exigencias de eficiencia productiva y competitividad, la calidad del territorio constituye un requisito a fin de lograr comunicarle a las estructuras productivas la velocidad, virtualidad y flexibilidad que demanda el nuevo paradigma de desarrollo”[15].
La calidad de territorio se busca, es decir: se crea la infraestructura necesaria en la región a invertir; pero es necesario quitar de las tierras que entran en el plan a los campesinos, a los indígenas, a los teóricos deconstruyendo el discurso político con opiniones no del todo políticamente correctas.
Si como escribidor consiente de las tremendas cotas tremebundas de iniquidad social que existe en México, se me hace un deber salir de la pleonexia literaria (cito de memoria a Mallarmé: el mundo se hizo para habitar en un libro), no menos cierto es decir que me da flojera escuchar discursos hueros de politicastros veniales. Y de ahí mi agradecimiento a la estudiante de la ENAH por ese detalle que se me venía escapando. Ella ha metido su incisiva inteligencia, descodificando el discurso del poder. Ha hecho talacha de campo en la basura de las palabras, extrayendo ideas invaluables. A propósito de basuras, Leonardo Sciascia, en “El caballero y la muerte”, escribió lo siguiente:
“La ciencia de la basura, la garbaje sciencie: una parábola, una metáfora: ya vamos a por la basura: la buscamos, la manipulamos, la interpretamos; esperamos que nos proporcione algún vestigio de verdad. Las inmundicias…La basura nunca miente: ya se había convertido en un precepto sociológico”.
Algún vestigio de verdad se puede encontrar en las palabras basura de los politicastros autóctonos.
Las concepciones teóricas de las reivindicaciones sociales de los años sesenta o setenta (teoría de la dependencia del oprimido, el imperialismo como fase superior del capitalismo, el neoimperialismo, la liberación educativa teorizada por Freire, el Concilio Vaticano segundo, la lucha a muerte de los condenados de la tierra por ansiar morir de una manera digna y humana) aún son válidas para interpretar las redes de poder que se perpetran en “nuestras repúblicas dolorosas de América”. Nuestro pueblo, Peto, no es la excepción.
Quintana Roo –y en gran medida México entero, por no referirme a la villa, enclave gringo –se podría decir que es un estado bananero; los países bananeros son los dirigidos exclusivamente por un grupo cerrado, elitista, autista, oligárquicamente imbécil. Favor de no confundir el concepto con los países productores de bananas.
El grupo de poder en Quintana Roo, Yucatán y México, sin distinciones, son los comisarios políticos del poder económico ahondando el poder de las trasnacionales. Un ejemplo paradigmático: la principal ciudad de Quintana Roo no es la capital donde se asienta el congreso local y el palacio del ejecutivo, sino Cancún. Cancún es un lugar imaginado, la Venus seductora de muchedumbres famélicas de mayas ex-rebeldes que se pasteurizan como por ensalmo cuando se topan con este no-lugar de la sobremodernidad. Cancún, han sentenciado variadas voces de respeto (antropólogos, urbanistas, ambientalistas, demógrafos, teóricos de la crisis, criminalistas, ingenieros de las estadísticas, filósofos y poetas) es una mierda urbana. Cierto, una mierda que produce, aunque el costo de vivir en ella (no solamente económico) es ineluctablemente inmensurable. Los antropólogos llaman a Cancún como un No lugar, un espacio sin historia, de puros lugares cerrados; los urbanistas dicen: “no concuerdan las arquitecturas de los dos Cancún”; los ambientalistas se dan golpes de pecho por que la salvajada al ambiente (laguna Nichupté, un claro ejemplo) por parte de los hoteles se ha concentrado contra la fauna y la los manglares; los demógrafos vaticinan la Babel tenochca en el Caribe mexicano, y ponen de plazo menos de una generación; los teóricos de la crisis vociferan: esto es una Mierda (compruebo que yo soy un teórico de la crisis); los criminalistas hacen prospectivas: el narcotráfico y el pandillerismo se disparará; los ingenieros de las estadísticas se embrollan con las estadísticas y las estadísticas ni les hacen caso, por que, según ellas, los demógrafos las necesitan; los filósofos –antes vitalistas –se han convertido al pesimismo más extremoso al caminar por el Parián y salir medio trasquilados; y, por último, los poetas, al no ver poesía en el ambiente, deciden seguir el camino de Acuña o Faulkner, es decir, tomar cianuro o largarse a un congal. Esto son los problemas de esta Venus del Caribe mexicano.
Es el turismo en mi opinión –escribe lúcido Eduardo José Torres Maldonado sobre el proceso migratorio y de desarraigo de los pueblos de la zona maya de Quintana Roo hacia el polo Cancún Riviera, válido por supuesto al mismo proceso de reconfiguración y reconstrucción histórica que sufren los mayas del sur de Yucatán: hombres de Peto y sus comisarías, Tzucacab, Tadzhiu –, la estrategia modernizadora que se ha revelado como el instrumento para incorporar al indígena maya a la vorágine del trabajo asalariado…Los jóvenes, sobre todo, encuentran la posibilidad de incorporarse a un mundo moderno, más libre e informal, que les permita trabajar, aventurarse, divertirse, disfrutar –desde lejos y sin ser parte integrante de ella –de la modernidad turística y “ser libres” en un mundo capitalista dorado…En la península de Yucatán se vive hoy un tercer encuentro cultural, similar en dimensiones e impacto al de la Conquista y la Colonia. Quizá ese encuentro sea más poderoso y profundo en sus alcances. Así como hubo esfuerzos denodados para intentar una especie de sincretismo (no siempre exitoso) de las culturas cristiana y maya como base de la ideología de los nuevos katún (ciclos de aproximadamente 20 años), hoy podemos decir que se instala una nueva síntesis en el encuentro de culturas que el turismo provoca…Culturalmente los efectos de la sangría migratoria son también muy profundos y significativos. La migración desliga a los jóvenes de los ritos, fiestas y prácticas religiosas y culturales que crean los lazos comunales de sus pueblos…Un dato curioso, pero no sorprendente, es que el turismo los ha convertido en asalariados, los ha utilizado como trabajadores turísticos, pero no ha provocado el surgimiento de empresarios mayas, que pudieren revertir con mayor eficacia los beneficios para sus comunidades. (Páginas 161-166, del Ensayo “El caribe mexicano hacia el siglo XXI).
Notas:
[1] Impresiones de los ensayos Etnogénesis Maya, “De amigos y Enemigos: La guerra de Castas y la Etnicidad en Yucatán”, y “Repensando la Etnicidad Maya, 1500-1940”; de Mathew Restall, Wolfgang Gabbert y Ueli Hostettler, leído desde un contexto de aculturación indiscriminada en la vorágine etnofágica del siglo XXI yucateco.
[2] Una cita de Don E. Dumond hecho por Gabbert, indica lo siguiente: “Con las líneas divisorias enlodadas entre ‘indios’ y ‘españoles’ en un sentido social, si es que no en uno legal; con la mitad o más de todos los vecinos pudiendo contar una madre, una abuela, o ambas, que había sido indias legalmente antes del matrimonio; con relaciones afectivas vueltas ambiguas…” (Ibídem).
[3] El no reconocimiento podría pensarse y tomarse de varias maneras: a) como una postura racionalizada de la crítica voluntaria del individuo ante tradiciones acedas y castrantes, con el fin de lograr un “cosmopolitismo” negador del nexo comunal o aldeático, y así mutar sus identidades, sus mitos y tradiciones; o b) como un impulso suicida de los individuos de la comunidad ante la hegemonía racista de los grupos dirigentes, de la élite racista. Desde esa óptica, veríamos la des-identidad de las poblaciones de la actual zona maya de Quintana Roo, como un efecto negativo de la vorágine etnofágica de la globalización turística de las costumbres de occidente, en un contexto bárbaro de dominación y depredación neocolonial. Sobrevivientes a despecho de las élites racistas ante el trauma de la Conquista, la Colonia y la violencia de la Guerra de liberación maya de mediados del siglo XIX, el actual Estado nacional –valiéndose de las técnicas educativas, mediáticas y, a últimas fechas, discursivas de los mass media-, ha logrado su cometido integracionista cultural en las zonas donde asentaron sus dominios los hijos de la cruz parlante. En este contexto, López y Rivas escribió que “En muchos países, los Estados nacionales aplicaron políticas que tendencialmente variaban entre el aislacionismo o integracionismo racial y cultural, por un lado, y el diferencialismo segregacionista que separaba a los grupos de las instituciones y las conquistas de las sociedades nacionales. Las dos políticas, el integracionismo y el diferencialismo, mantenían un mismo fundamento racista encaminado a romper con las identidades étnicas a favor de las nacionales en un proceso que los antropólogos denominan etnocidio, esto es, la desaparición de las características culturales de centenares de pueblos que alguna vez formaron parte de las extraordinarias culturas precolombinas”. (López y Rivas, Gilberto, Problemática de los pueblos indígenas en América Latina)
[4] El estudioso de las culturas populares, Margarito Molina, antropólogo de la ENAH, nos da una descripción de este mito maya de liberación que aún se cuenta entre los descendientes de los cruzob: “Estaba yo recién llegado con ellos, con los mayas, y el tema de su historia era fascinante, especialmente el de la Guerra de Castas. Daba por hecho que aquello había tenido un punto final, pero pronto supe que no era así: en el mundo mítico, la guerra continuará, volverá. Para ellos, el tiempo es cíclico, retorna, es como una espiral, como la cuerda de un tornillo y en esos futuros tiempos reinará la abundancia y la justicia.
Ellos hablan de un viejo
[5] Caamal Itzá, Bernardo, “¿Se cumple la profecía de los mayas de Yucatán?”, artículo en prensa virtual del 11 de febrero de 2008, cedido por el autor a este investigador.
[6] Un caso patético del cambio de chaqueta, o coox viramiento, fue el coqueteo de Ana Rosa la ultramocha (ex panista) con el partido de izquierda (PRD) en las elecciones de 2007.
[7]La mayor parte de la población nativa de la villa de Peto que vive en las goteras de la parte urbana y en las comisarías, étnicamente –además de sus usos, costumbres y lengua- es maya. De los grupos blancos y blanqueados, son pocos los que se asientan en barrios marginales. Los primeros cuadros de la villa que rodean al municipio y la iglesia, generalmente son los lugares en donde transcurre la vida cotidiana de los “blanqueados” que detentan el poder político y obtienen mayores ingresos: profesores, médicos, profesionistas, mojados hijos de profesores, comerciantes, vendedores de cervezas, proxenetas, narcos.
[8] El resabio de los edictos coloniales y decimonónicos que criminalizaron el transito en ciertas calles y la plaza de armas de los pueblos de Yucatán, se observa aún en la composición de los que habitan el centro de Peto: ningún Canul, Xiu, Pech, vive en las casonas decimonónicas; en una palabra, ningún macehual habita el primer cuadro de la villa.
[9] A Peto, lugar pre-moderno en las vías de la explotación económica universal, le llegará su hora; por de pronto es cosmopolita al modo que la contracultura de los Estados Unidos le ofrece, y su explotación corre a cuenta de los politicastros autóctonos. Peto es una provincia maya de los Estados Unidos. Si anteriormente la intelectualidad veía hacia el norte -Chomsky, Pound, Faulkner, los principios de El Federalista, las tetas de las actrices de Hollywood, Allen Ginsberg y la generación Beat-, hoy la masa informe –capturados en una uniformación que pulveriza condiciones étnicas o de clase- bebe de los esquemas contraculturales –el cholo que es un pachuco ambivalente postlaberinto de la soledad- del American Way of Life. Como en la mayor parte del mundo, Estados unidos es el monopolizador-productor de las imágenes de felicidad en este pueblo yucateco.
[10] Bonfil Batalla, Guillermo, México Profundo, una civilización negada, CIESAS, SEP, pp. 94-95. (El subrayado es mío).
[11] ¿Creían que iba a escribir “del faisán y del venado”? No hay faisán, y el último venado hubiera sido yo ayer por la noche cuando fui de ronda a ver a mi k’eech (traducción: amante, querida, barragana, concubina, íntima), al toparme con su marido, que me quiso venadear.
[12] “Turismo y Desarrollo Regional: algunas reflexiones para el estudio de la inserción de la actividad turística en las Economías subdesarrolladas”.
[13] “Medio ambiente y desarrollo regional sustentable en el contexto de la globalización económica”, En: II Taller Internacional sobre ordenamiento geoecológico de los paisajes. La Habana, noviembre de 1997, pp. 111.
[14] Cf. el libro de Roger Bartra, “El mito del salvaje”.
[15] Op. Cit

jueves, 9 de octubre de 2008

APOSTILLAS A DESTIEMPO (CARTA ABIERTA) AL LIBRO “SEMBLANZA HISTÓRICA DE PETO”: BOTELLA AL INTERNET


Escribir, por ejemplo, un futuro libro de la historia petuleña que llevase por título “El porvenir de una desilusión”.

“A todos nos persiguen nuestros orígenes”. Emile Michel Cioran.

Mi muy respetable cronista pepenador de ideúcas comunes de su cansino y difunteado ancestro, le escribo. Le escribo desde aquí, enmedio de la náusea de la lectura de su banalísimo libro, tachonado de punta a cabo con desplantes insufribles de megalómano acabado; enmedio de la turbiedad de sus palabras, le escribo: sépase que, en un tiempo (breve) en que estuve convencido que este pueblo se merecía algo más que anécdotas familiares, me dio la casquivana idea de llevar mi vieja Rémington[1] a la Sierrita del Sureste Yucateco para, emboscado y con mi pipa de palo de rosa, con ninguna luz por las noches que no sea la luz de la cazoleta y del fulgor opaco de la luna, realizar una contratesis exhaustiva de su libraco en comento. Pero mi abuelo, que posee una inteligencia schopenhaureana -senil es cierto, pero schopenhaureana-, me dijo que no era necesario, que el libraco no servía más que para una apostilla chambona. Y aquí me tiene, señor cronista, escribiéndole esta apostilla chambona e intempestiva (que en realidad, no es una apostilla sino los comentarios de un lector todólogo a un autor de vaguedades), embotado con el olor agudo de los tímidos jazmines y la frescura intacta de los flamboyanes de la India recorriendo el jardín sereno de mi casa, donde practico el viejo arte de la escritura de a gratis. Yo creo, señor cronista, que sus opiniones de la villa en que nacimos (que son muy respetables, y nadie le impide opinar. Yo mismo lo hago, soy un opinador convulsivo, lo reconozco) se derivan, más que del estudio concienzudo de los hechos, de un encoñamiento avasallante de amor patermaterfamiliar. Eso yo no lo veo con malos ojos: poner por encima de todo a vuestra familia es cosa que todos hacemos, sin ser descastados, a diario…
Pero no se necesita ser la sibila de Cumas, señor cronista, para escribir que el proceso de ficcionalización de la frugal historia -o historieta parvularia- de Peto, llevado a cabo por su pluma afásica –aun a sabiendas de que peca de visión valetudinaria como para realizar las prospectivas sociales y el análisis lógico de las situaciones estructurales de la población-, me parece la forma más atroz y despiadada de manipular la memoria histórica de los petuleños. Con intermitentes sombras y lagunas historiográficas, o con perezas bibliográficas propias de una angosta y atrofiada mirada intelectual, el cronista urde la historia amelcochada de su familia, refocilándose de lo lindo en imaginar, o en tratar de imaginar, que escribe el inapelable y definitorio libro sobre Peto, y que por tanto se siente facultado, él más que nadie, a discurrir de manera indiscriminada sobre los asuntos más disímbolos en que Peto, el imaginario pueblo, llegare a recaer.
Como álbum fotográfico, o como memoria evocativa de sus ancestrales amores familiares, no me interesa; pero usted, señor cronista, ha decidido, sin sombra de duda, a cumplir con la imbecilización exhaustiva de las raquíticas mentes petuleñas, al no respetar la jurisdicción de la realidad objetiva, de los hechos no sólo comprobados sino cotejados, confrontados con la variabilidad de fuentes que un historiador-cronista dispone en su taller de reconstructor del pasado o del devenir constante de los días. Uno de tantos peros que le pondría, y este es, por decirlo de algún modo, el pero más light: la fuente histórica principal que utiliza son las memorias (o desmemorias) de su abuelo, quedando así su libro como calca, sino fiel, al menos no del todo lejano de los muy particulares juicios subjetivos de su ancestro. Incluso en los errores de sintaxis, del modo de conjugar los verbos, de trabajar con palabras híbridas (¡no me destruyas, por favor señor cronista, la lengua de Cervantes, de Paz, o del poeta Orlando Ojeda y Cetina!), ¡para que alargarlo!, de desconocer por completo la redacción más simple que un manual de ortografía pueda otorgar, el señor Arturo Rodríguez sigue, con la perfección de olfato de un sabueso tras su presa, las disquisiciones grises, pueriles y anacrónicas de su ínclito ancestro.
Su semblanza dizque-histórica (o para-histórica, por que en realidad no es una historia, lo que se dice historia, en la cual podamos confiar) es en realidad, como ya cite líneas arriba, un álbum fotográfico, un compendio genealógico y amiguero (la de usted, señor cronista), un “club de tobi” donde sólo entran unas cuantas personas. Créame, no me interesa ser parte de esa historia esquizofrénica.
En dicha "crónica" no veo ahí al indio maya aporreando su humanidad en las lajas yucatecas, pudriéndose de hambre en los días de fiesta; no vislumbro al campesino, no observo ninguna crítica a las familias que se hicieron acomodadas debido al cargo público, a la usura o a la explotación absoluta y totalitaria de los descendientes de Tutul Xiu. Nuestro egotista cronista, ya es hora de decirlo, es un bachillerango pasante de pendolista chabacano, que no comprende que la historia de Peto no es, ni por accidente o equívoco, lo que él y su cascarrabias abuelo idealizaron: su historia, eso sí, es la semblanza para-histórica de un Peto Imaginario, existente a medias…Por estos únicos motivos le hago saber mi desavenencia, mi desacuerdo total y mi incredulidad manifiesta ante su relato de ficción pueblerina, aquejado de lo que los filósofos marxistas denominaran a esa mistificación de la realidad: enajenación de la historia. Tlacaélel petuleño, quiero creer que el señor cronista conoce el libro de George Orwell, “1984”. En esa novela, Orwell narra el proceso de creación y recreación de la historia, según los intereses primos del Gran Hermano, que no duda en reconstruir el pasado de acuerdo a sus fines inhumanos. Eso, mutatis mutandis, salvando la universal diferencia que existe entre Orwell y el señor cronista por supuesto, que ni madera le encuentro para ser escribano público como lo fue su fallecido ancestro ilustre, es lo que más o menos quiso realizar con su escrito de poca monta. En dicho texto, el del cronista por supuesto, sólo encuentro vanagloria solipsista, atrincheramiento esquizofrénico en su yo, autismo en grado sumo que niega voluntariamente o excluye la realidad circundante, entrampando a la inteligencia del lector en la gran noche en que nunca llega el alba…
Del libro en comento del cronista existe una sentencia de Walter Benjamin que me sirve para esclarecer mi posicionamiento: “Todo documento de cultura –escribe Benjamin- es también un documento de barbarie”. Aparte de la intrascendencia de los aspectos históricos,[2] los juicios estéticos del cronista son frívolos, a veces parvularios. Al tratar de escribir acerca del estilo del retablo de la iglesia, se refiere a su objeto de análisis con un juicio demasiado facilón que comprueba su olímpica ignorancia acerca de la arquitectura sacra: “El bonito retablo que existe –escribe Arturo Rodríguez –es de madera tallada, retocado con pintura blanca y dorada.” ¡Esa descripción –solamente y malamente descripción- no se la soporto ni al más deficiente bachillerango!
Confieso que mi radical anticlericalismo no me impide reconocer el religioso fervor que siento por el trazado sobrio del templo católico (“Coloso del sur” le llegó a designar el bardo petuleño Orlando Ojeda y Cetina); sus esbeltas torres viriles ascendiendo hacia la noche caliginosa me producen, siempre que las observo, un silencio cómplice de confraternidad. Pero el contraste de luz y sombra, que le da un aire novohispano al perímetro que vigila, invoca la memoria de sus constructores. ¿Quiénes fueron? Respuesta: Mayas esclavos, los sobrevivientes y vencidos del genocidio despiadado de la Conquista. Neruda, en unos versos desesperanzados de su poema “Alturas de Machu Pichu”, pregunta lo siguiente:

“…Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?"

Y más adelante, en el mismo poema, se explaya con su rabia:

“Devuélveme al esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime cómo durmió cuando vivía.
Dime si fue su sueño
Ronco, entreabierto, como un hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
El muro, el muro! Si sobre su sueño
gravitó cada piso de piedra, y si calló bajo ella
como bajo una luna, con el sueño!"


Y Octavio Paz, en su “Nocturno de San Ildefonso”, escribió lo siguiente:

“golpear con la cruz
fundar con sangre
levantar la casa con ladrillos de crimen
decretar la comunión obligatoria."


Dos poetas hablando sobre el mismo tema: el sufrimiento del indio en las grandes construcciones concebidas por las élites. En Machu Pichu fue la élite inca; en la de Paz fue la gesta nada heroica de las fundaciones que los conquistadores, una vez caída la ciudad de los mexicas, empezaron a levantar “con ladrillos de crimen” sus cotas urbanas de poder.

El tiempo de la tristeza

La justicia histórica al pasado de crímenes nefandos, pasado criminal de los frailes constructores de la iglesia petuleña, en este libro es imposible de encontrar; no se halla ninguna relación de agravios y, error de errores, como si la cosa no existiera, el mundo indígena, de ahora y de ayer, el mundo maya no se vislumbra. El autor escamotea la cuestión, pasa sin querer, brincando con saltitos pequeño burgueses, al decir que “la guerra de castas fue una lucha de exterminio racial pues cada bando trató de acabar con su oponente, hasta la extinción total de sus últimos vestigios de vida…”. Este texto que trascribo es una contumaz falacia de un sicofante. La lucha de castas no se reduce a una guerra simplona y maniquea de la destrucción de dos grupos entre sí. Es impensable que las revueltas mayas del siglo XIX (Léase bien los libros “La Guerra de Castas” de Reed, la novela “Cecilio Chi”, de Javier Gómez Navarrete o “La conjura de Xinum” de Ermilo Abreu Gómez) contra el predominio de los descendientes de los conquistadores, se deba a un hecho solamente: la destrucción sistemática del blanco. Por el contrario, la lucha de castas se mueve en un contexto histórico donde los grupos de poder colonizador, desde el inicio de la conquista, crearon redes de dominación, sometiendo al pueblo maya a exacciones innúmeras, con negación sistemática de su cultura. La lucha de castas fue la explosión de la indiferencia (ante la muerte de un pueblo), la reacción de los oprimidos ante los desmanes desaforados de los conquistadores, el racismo de la casta divina contra los mayas, la explotación inmisericorde en las encomiendas, repartimientos, mitas, naborías, haciendas, la ofensa constante al valor de los mayas como seres humanos dignos de respeto. Los mayas ni por un momento pensaron en el exterminio de los “bebedores de chocolate”, de la cultura de los dzules, profetizado su tiempo hegemónico por el Libro de Chilam Balam de Chumayel de un modo fatalista:

“¡Ay, hermanitos niños, dentro del Once Ahau Katún viene el peso del dolor, el rigor de la miseria, y el tributo! Apenas nacéis y ya estáis corcoveando bajo el tributo, ¡ramas de los árboles de mañana! Ahora que ha venido, hijos, preparaos a pasar la carga de la amargura que llega en este Katún, que es el tiempo de la tristeza, el tiempo del pleito del diablo, que llega dentro del once Ahau Katún”.[3]

Frente a esa negación cultural de los pueblos mayas, el maya, bajo el acaudillamiento de los líderes de la revuelta –en orden de prelación: Cecilio, Jacinto y Manuel Antonio- lo que intentaron fue la reivindicación de lo que desde un principio eran de ellos: estas tierras del Mayab manchadas por las injusticias de los dzules, de los bárbaros casta divina y los frailes pirómanos...Reivindicación que es, a un tiempo, reactivación de sus elementos culturales, de su palabra omitida, su pensamiento “enclaustrado” y sus modos de estructurar libremente su densidad histórica, que imposible fue soslayarla como por ensalmo por el elemento conquistador exógeno. Densidad histórica fraguado por milenios:
"La densidad histórica de los grupos étnicos, su carácter de fenómenos de larga temporalidad, le confieren a la conciencia de la propia historia una importancia especial. La referencia a un pasado lejano, a un origen común, mitificado en muchas ocasiones, se plantea siempre como base de la legitimidad del grupo. En la condición de dominados, la conciencia de una época anterior de libertad le asigna a la dominación un carácter necesariamente transitorio... La continuidad del grupo étnico resulta en una lenta pero incesante acumulación de ‘capital intangible’: conocimientos tradicionales, estrategias de lucha y resistencia, experiencias, actitudes probadas; todo un arsenal difícilmente expropiable, una base creciente de elementos distintivos que posibilitan y fundamentan la identidad." (Bonfil, 1981, p. 27. Utopía y Revolución)
No importa que se perpetre la adoración a la cruz hierática[4] en los templos urbanos de los barbudos, el maya la transforma en cruz parlante en su selva ubérrima y apartada; no importa que la lengua original fuera omitida, por alguna rendija de la gramática hegemónica cruzaron subrepticias las palabras del canto, los nombres verdaderos de los pájaros, los árboles, de los lugares y las pasiones de estos hombres. Atrás, a un lado de las haciendas regidas por la producción a gran escala que quisieron implementar los conquistadores y sus descendientes, la economía de subsistencia de estos pueblos, realizadas desde los umbrales perdidos en el tiempo, persistió con terquedad en la milpa, en el maíz creador de estos hombres, los hombres taciturnos del maíz. La resistencia, la lucha, sus consejas, mitologías, teologías, literaturas orales, cuentos escuchados a los viejos alrededor de las tres piedras del fuego en la choza, la comida, la enseñanza que producen los pájaros y árboles, es capital “difícilmente expropiable”. En el gran crisol de esa “densidad histórica” con que se toparon los conquistadores, el alma de este pueblo venció, a su modo, al duro hierro de los castellanos.
A los nuevos explotadores y denegadores de la historia autónoma del pueblo maya (curas y dzules urdidores de una historia imaginaria, por ejemplo la de esta "Semblanza" que comento), hay que recordarles lo que dijera Nachi Cocom al pirómano de Diego de Landa a través de la escritura del gran Ermilo Abreu Gómez:


“Óyeme, tu. Estas palabras no podrás quemarlas nunca. Esta voz que es mi voz y la voz de los indios, traspasará tus orejas y no podrás olvidarla nunca. Esto que está en mi lengua no podrá repetirlo tu lengua sin caer cercenada. Esto que vuela sobre la tortura y el fuego y la muerte es la Verdad y la razón de la vida de los hombres de esta tierra que tú pisas. Esto que ahora digo quedará alzado delante de tus ojos y tus ojos morirán contemplando el espanto del dolor que causaste.”


Notas:



[1] Comprobará mi respetable cronista, que no cuento con laptop de universitario mimado por papi a mi disposición, ni estilográfica Montblanc de político mafioso que firma cheques a su cuenta personal; un simple porquero como yo sólo cuenta con su vieja Rémington, herencia de mi abuelo, desportillada por los años y el tráfago del tecleo incesante.
[2] Por ejemplo: no conjetura la forma despiadada con que fue realizada la iglesia principal, a punta de esclavitud de indígenas mayas por tonsurados clérigos segados por visiones del infierno; otra conjetura que omite: en el templo inacabado que se encuentra en el descampado conocido como “la placita”, el autor no concluye el silogismo: si fue la primera construcción arquitectónica colonial, la concepción original del centro de Peto no se vislumbró donde actualmente se encuentra. El centro, conjeturo, hubiese sido la placita.
[3] “Libro de Chilam Balam de Chumayel”, con prólogo, introducción y notas de Mercedes de la Garza, editado por SEP cultura en 1985, p. 161.
[4] La palabra para definir la instauración de la cruz parlante entre los mayas rebeldes después de la muerte de los tres caudillos que promovieron la reivindicación por estar sometidos a una discriminación económica, social y cultural sistemática inmediatamente después de que cayera el último bastión de la resistencia indígena contra los españoles en el proceso de Conquista, es el sincretismo. Comúnmente se entiende como aquella disposición de las civilizaciones de conciliar culturas diferentes, doctrinas contrarias, religiones no del todo opuestas. En ese sentido, el sincretismo maya va más allá del concepto y reformula el símbolo de la cruz: la vuelve el baluarte, el imán en el cual gravitan la fe de autonomía de los cruzoob. En 1852, José María Barrera, un mestizo, toma la batuta dejada al garete por Pat; y en un acto de genialidad política y guerrera (tal vez hubiese sido elogiado por Clausewitz o Maquiavelo), y como consecuencia de la cada vez más desesperante persecución a que estaban sometidos los mayas tras la muerte de los primeros caudillos, echó mano de un recurso sobrenatural: No sólo el espíritu, sino incluso hasta la voz de Dios iba a presentarse en la cruz. (Lecturas básicas para la historia de Quintana Roo, Tomo IV, recopilación de textos de Lorena Careaga Viliesid, p. 65). Eligio Ancona, el historiador reaccionario de la Casta Divina que no creía que los mayas tuvieran imaginación, sobre este hecho “sobrenatural” escribe, con la tinta del desprecio, lo siguiente: “La inmensa mayoría de los sublevados sentía un vacío al derredor de sí, al verse desamparada de aquellos signos materiales de la divinidad, y se hacía necesario inventar un medio que neutralizase los efectos de este sentimiento y que hiciera comprender al creyente que se hallaba equivocado. Es preciso decir, sin embargo, que el gran recurso no parece haber brotado de ninguna imaginación indígena, sino de uno de esos hombres de la raza mestiza que desde 1847, venía prestando a la causa de la barbarie, el concurso de su inteligencia y de su valor. Dícese que vagando un día José María Barrera por el despoblado que se extiende á lo largo de la costa oriental de la península, encontró un manantial de agua que brotaba a la entrada de una gruta, y al cual prestaban su frescura algunos árboles corpulentos de aquella selva casi virgen todavía. El descubrimiento de un manantial de agua es un gran acontecimiento en un país árido, como el nuestro, y Barrera marcó el lugar grabando tres cruces pequeñas en la corteza del árbol principal. Pronto se divulgó el hallazgo entre los sublevados y como la fuente se hallaba á ocho leguas apenas de la bahía de la Ascención (SIC), visitada fácilmente por los ingleses, y á notable distancia de los cantones más avanzados de nuestra línea, varias familias indias comenzaron á levantar sus chozas al rededor de la gruta para evitarse la molestia de hacer un viaje diario en busca de agua. Así comenzó a formarse en los siglos anti-colombinos la opulenta ciudad de Chichen, y tal fue también probablemente el origen de todas o casi todas l as poblaciones mayas. Las pequeñas cruces grabadas en la corteza de un árbol comenzaron a ser un objeto de adoración para los moradores de la nueva guarida y con tal motivo sin duda, ésta recibió el nombre de Chan Santa Cruz. El descubridor del manantial comenzó de esta manera á agrupar en derredor de sí un considerable número de sublevados, y temeroso de que desapareciesen las primitivas cruces, mandó fabricar otras de bulto, que hizo colocar en el mismo lugar. Si Cogolludo y el Dr. Sánchez hubiesen conocido á Barrera, habrían dicho de él que era un mestizo muy ladino…Conociendo la inclinación que tiene a lo maravilloso, no solamente el hombre salvaje, sino aun el educado en los países más cultos del antiguo y del nuevo continente, hizo correr la voz de que las cruces que se veneraban en la nueva población, habían bajado del cielo para hacer importantes revelaciones a los sublevados. Pero como por grande que sea la credulidad del vulgo de todos los países, siempre necesita de una prueba cualquiera para hacerse de la ilusión de que ha sido convencido, Barrera asoció á su empresa á un indio llamado Manuel Nauat, de quien se dice que era ventrílocuo, y quien, en las grandes reuniones á que eran llevadas las cruces, pronunciaba largos discursos que parecían proceder de éstas. Estos discursos tenían por principal objeto el de excitar á los indios contra los blancos asegurándoles que pronto iba á cambiar el aspecto de la guerra; y pronto comenzaron a palparse los efectos del fanatismo que se apoderó del ánimo de los primero” (Ibídem, p.65-66). A su vez, Enrique Florescano, en “Etnia, Estado y Nación”, se pregunta si en realidad, la guerra entre los mayas y el gobierno yucateco en el siglo XIX se trató de una “Guerra de Castas”, o bien, fue una lucha de clases o un conflicto agrario (no obstante, no omitamos la negación y el desprecio hacia la cultura de los vencidos por parte de los herederos de los conquistadores). Refiere el hecho evidente de la historiografía existente del conflicto que solamente describe los prejuicios racistas de los historiadores de la clase dominante, que en su mayoría, son criollos muy alejados de la visión rural y selvática de la Península Yucateca. La revuelta indígena fue bautizada por los Baqueiro, los Ancona y los Molina Solís como una conflagración racial, el desprecio de los bárbaros, de los dipsómanos, de los promiscuos, los perezosos e idólatras mayas, contra los civilizados, los sobrios, los continentes, los laboriosos y católicos criollos. Por que dichos historiadores, como refiere Florescano, “eran descendientes de la élite yucateca que acumuló un odio visceral contra los indígenas que resistieron la expansión de la agricultura comercial y el desarrollo capitalista. Consecuentes con sus intereses, elaboraron una interpretación étnica de los conflictos que vivieron sus padres y afirmaron que el origen de la llamada Guerra de Castas fue el odio indígena a la raza blanca, sedimentada a lo largo de siglos” (p. 475, Ibídem).

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